-Mencionás “Parque Lezama” y no podemos dejar de hablar de Luis Brandoni. Por suerte nos quedó la oportunidad de verlo en el streaming.
-En la película, sí, que la pueden ver ahora para apreciar realmente el trabajo. El motivo grande de hacer la película fue que esas dos actuaciones maravillosas (Luis Brandoni y Eduardo Blanco), que muchos pudieron ver en teatro, pudieran llegar a todo el mundo y quedaran registradas para la historia. Es el consuelo dentro de la tristeza de esto: que haya sido ese su último trabajo, su legado. La verdad que él estaba muy contento con eso también, porque ha sido un actor formidable.
-Volvamos a la obra de teatro donde también está Eduardo Blanco ¿Qué te llevó a escribir esta obra en este momento de tu carrera?
-A mí siempre me interesan los temas humanos, los que van por otro andarivel. Los temas humanos son más o menos siempre los mismos desde el principio de los tiempos, desde las primeras experiencias de teatro. En realidad esta es una obra que originó Cecilia Monti, mi mujer, y escribimos a lo largo de cinco años. Se trata de un hombre, Eduardo, de 66 o 67 años, recientemente viudo de una pareja de toda la vida de 40 años, que bajó la cortina básicamente en cuanto a sus afectos. Y una mujer de 40, recientemente separada de una pareja que pensaba que iba a ser para toda la vida. Ella, si bien no bajó la cortina, está herida y en un estado de fragilidad importante, aunque le pone mucho pecho a la vida con mucho humor y mucha energía. Es el encuentro de esos dos personajes y el tema de las segundas oportunidades; de cuando parece que la vida ya no va. En ese sentido tiene mucho que ver con Parque Lezama, porque hay una temática de no rendirse frente a los problemas que parecen definitorios en la vida. Muchas veces uno dice: "con esto yo ya cierro el kiosco, bajo la cortina, me refugio y espero que llegue hasta el último día". Siempre pasan estas cosas inesperadas que te vuelven a renovar el contrato con la vida.
-Hay una diferencia de edad que introduce un matiz interesante.
-Eso tiene mucho que ver también en la historia: la reacción de la sociedad y del hijo. Hay una actuación de Gastón Cocchiarale que es buenísima; hace dos personajes al mismo tiempo, el exmarido de ella y el hijo de él. Es una cosa brillante: sale de uno y entra en el otro personaje. Él un poco como que simboliza todo lo que es el afuera, la sociedad, la cultura, el ambiente cultural que le pone los obstáculos a esta pareja.
-¿No te parece que está más naturalizado el contexto en donde el varón es más grande que la mujer? Estaba pensando en películas con temáticas similares y recordé una con China Zorrilla y Leonardo Sbaraglia (Besos en la frente - 1996) en donde la situación es inversa.
-No conozco la película, pero por supuesto que también se da al revés. Es una historia interesante de explorar; de hecho, estamos con Cecilia escribiendo una cosa nueva en donde una de las historias tiene que ver con eso. Pero tiene carices distintos por una cuestión de naturaleza. El comienzo de una pareja con un hombre mayor implica la posibilidad de una nueva familia, de nuevos hijos, lo que puede crear problemas con los hijos existentes. Tiene todo ese condimento familiar que cuando es al revés, esa posibilidad está disminuida o no existe. Entonces tiene más que ver con los prejuicios que hay contra el tema de una mujer mayor. Pero en realidad es una historia romántica que todos deberíamos abrazar, no tendría por qué tener repercusiones en los líos de una familia más allá de eso. Está bueno analizarlo, de hecho lo estamos haciendo, pero son distintos temas y se puede ver claramente en los hijos preexistentes cuando va a haber nuevos hijos.
-Después del impacto internacional de El secreto de sus ojos, ¿cambió tu manera de encarar cada proyecto? ¿Tratás de proteger un método propio o explorás nuevas posibilidades?
-No es que cambió, sino que se profundizó y me dio más armas. Yo siempre fui, especialmente en las películas, de defender la película que quería hacer contra viento y marea. Tuve muchos problemas en el casting de El mismo amor, la misma lluvia y lo peleé mucho. Incluso El hijo de la novia era una película que nadie quería hacer porque la consideraban muy anticomercial, dramática y triste; no entendían el humor de la mujer con Alzheimer, el hombre con el ataque al corazón y el amigo al que se le muere la familia. Eran elementos que nadie quería hacer y los peleé mucho. Siempre tuve el apoyo del productor Jorge Estrada Mora y de gente que me ayudó en esa época. Lo que me dio El secreto de sus ojos fue un arma, estar en un terreno más firme para seguir peleando eso, cosa que sirvió mucho en todos los proyectos que hice después: Metegol, Parque Lezama y El cuento de las comadrejas. El cambio fue profundización, no otra dirección.
-Esta obra combina humor y emoción. ¿Cómo hacés para mantener ese equilibrio y que no se vuelva una historia predecible o repetitiva?
-Eso no es tanto un método o una fórmula, sino que tiene que ver con la sensibilidad de cada uno. Se relaciona con cómo veo la vida, y cómo la ve Cecilia también. La obra tiene mucho humor, momentos desopilantes, pero también momentos muy emocionantes. Tiene que ver con nuestra cultura italo-judía, acostumbrada a reírse de las cosas dramáticas. A mí no me sale la comedia donde la situación en sí es graciosa; me gusta cuando la situación es dramática, pero en el diálogo o en las reacciones ocurren cosas que la vuelven graciosa, aunque el fondo siga siendo serio.
Todos los guiones que escribimos tienen más humor del que queda en la obra terminada. El chiste sale solo al escribir, pero en los ensayos vemos si un chiste molesta o pincha la emoción y lo sacamos. En teatro es sin red absoluta porque después de dos meses de escuchar el mismo texto, el equipo ya no se ríe. Necesitamos al público; cuando empiezan las risas en la sala, juro que es un alivio.
-Volvés a trabajar con Eduardo Blanco y te distanciaste un poco de Darín. ¿Eduardo es tu actor fetiche actual?
-No es cuestión de fetiche. Con Ricardo decían lo mismo. La palabra suena a talismán, como si lo llamara por buena suerte, y en realidad es por sus capacidades de actor. Yo creo que los actores, hasta los más talentosos, no pueden hacer de todo porque traen un equipaje, una personalidad. En el cine la cámara te descubre quién sos y ve lo que tenés adentro a través de los ojos. Eduardo Blanco entiende a la perfección mi sentido del humor y la manera de trabajar. Con Ricardo siempre hablamos de hacer algo juntos, pero se nos complica por la cantidad de proyectos; los dos somos muy prolíficos y uno ya tiene el plan de trabajo a dos años, entonces encontrarnos es más difícil.
-Hoy la industria pasa por las plataformas. ¿Este escenario te entusiasma o te genera dudas?
-La televisión y el cine antes convivían como dos cosas distintas. Las plataformas vienen por un camino del medio que junta un poco las dos. A mí me entusiasma mucho con respecto a la televisión, pero fue un daño muy fuerte para el cine. Es un problema de demanda: la gente ha dejado de ir a las salas, se le educó a no ir al cine. Si vas por la calle ya no encontrás carteles de películas que se estén por estrenar, todo es para ver en tu casa. Yo voy mucho al cine en Estados Unidos porque me sigue gustando. Con una película muy conocida que ganó el Oscar, fui el fin de semana del estreno un domingo a las cinco de la tarde y éramos ocho personas en la sala. Es realmente triste.
-Hoy las películas nominadas ya no son las más convocantes y parece haber un descreimiento del público con respecto a los premios.
-Es verdad. Cuando llega la época de los Oscars ya no salgo a opinar porque me da vergüenza decir que vi una sola de todas las nominadas. Hubo un año que ganó CODA y yo no sabía ni de su existencia cuando ganó el Oscar; pasó totalmente desapercibida por los cines.
-Es que era la remake de la película francesa La Familia Bélier, que es una maravilla. Me indignó que ganara una copia muy por debajo de la original.
-No sabía que es una remake, pero pasa eso: los que vimos la original nos indignamos, a menos que sea algo totalmente distinto. Pero el problema es que el público piensa que al cine se va a ver acción y no emoción, lo cual es un error porque una película no te emociona igual en la tele que en el cine. Por eso las comedias desaparecieron de las salas; esta es la primera década en la que no hay un gran cómico popular.
Juan José Campanella
Juan José Campanella dirige la obra que se presenta a medidados de junio en el Teatro Plaza.
Mentha Producciones
-El humor también se vio afectado por el miedo a la cancelación.
-Eso dañó al mundo en muchísimos sentidos. En las plataformas tampoco se hacen comedias porque en tu casa solo no te reís igual; la risa es social. Esa es la gran ventaja del teatro: sentir a 700 personas largando la carcajada al mismo tiempo es una experiencia rara hoy en día. Además, en el audiovisual han muerto las estrellas; las únicas convocantes son las de antes, como DiCaprio, De Niro, Darín o Francella. No se forma gente nueva porque a pantalla chica, estrella chica. Las plataformas homogeneizaron todo con una estética lavada. Ya no hay películas como Rocky, Fiebre de sábado por la noche o El francotirador, que unían al mundo entero. Todo pasa ahora por internet, que afecta incluso a las relaciones humanas. Todo está medio alterado, aunque ya hay signos de rebelión contra las redes sociales y esperemos que cambie.
-Con esta tendencia a los reels de 20 segundos, ¿creés que los directores van a tener que ajustarse a ese formato o confías en que la humanidad seguirá buscando historias profundas?
-Los cambios sociales son de acción y reacción permanentemente, así que en algún lugar habrá una síntesis. A mí el formato de serie limitada en tele me gusta mucho —Vientos de agua es de lo mejor que hicimos y era una serie cerrada—, pero no quiero hacer más películas para televisión. Yo creo que el reel no reemplaza a una película y esas miniseries en formato vertical de dos minutos no van a andar. Los directores de mi generación no nos vamos a adaptar al reel; nuestro trabajo está movido por la pasión de contar historias largas. Podrá venir una generación nueva que se haya criado con eso y dedique dos semanas de trabajo para hacer un video de un minuto que desaparece a los cuatro días. Tienen un cableado distinto, pero a mí me da la impresión de que la historia larga sigue teniendo vistas.
El crucigrama de las segundas oportunidades
Una sala de espera odontológica parece un lugar poco probable para que empiece una historia de amor. Sin embargo, es allí donde se cruzan Miranda Delgado, una profesora de yoga de treinta y tantos años, y Luis Cavalli, un médico jubilado que atraviesa la viudez mientras intenta encontrar su lugar en un mundo que ya no siempre comprende. Lo que comienza como una conversación casual, impulsada por un crucigrama compartido, termina abriendo una puerta inesperada para ambos.
Juan José Campanella, Eduardo Blanco y Victoria Almeida
Juan José Campanella, Eduardo Blanco y Victoria Almeida.
Mentha producciones
Con diálogos ágiles, humor filoso y una mirada profundamente humana sobre los vínculos, la nueva obra de Juan José Campanella pone el foco en dos personas que cargan sus propias heridas, miedos y prejuicios. A medida que la relación avanza, también lo hacen las preguntas sobre el paso del tiempo, las expectativas ajenas y la posibilidad de volver a enamorarse cuando parecía que ciertas oportunidades habían quedado atrás.
Lejos de los grandes gestos románticos, Empieza con D, siete letras encuentra su fuerza en los pequeños encuentros, en las conversaciones cotidianas y en esa extraña capacidad que tiene la vida de sorprender cuando nadie lo espera. Con el equilibrio entre comedia y emoción que caracteriza a Campanella, la obra recuerda que nunca es demasiado tarde para volver a apostar por la felicidad.