Esa manera de avanzar no quedó limitada al trabajo. También aparece en su vida personal, en decisiones que modifican por completo una rutina. Hace algunos años adoptó a un hijo adolescente, después de haber trabajado en hogares y programas sociales. No lo plantea como un gesto extraordinario ni como una historia para destacar, lo ubica dentro de un proceso más largo, ligado al conocimiento de esas realidades y a la posibilidad concreta de involucrarse.
A eso se suma otra experiencia que atraviesa su día a día: uno de sus hijos tiene una enfermedad neuromuscular. No lo menciona desde el dramatismo, pero aparece cuando habla de organización, de tiempos, de prioridades que se reordenan. La vida cotidiana se arma en función de eso también.
Nada queda separado
Hoy su presente está atravesado por el teatro. Dirige y actúa en “Adán y Eva, un amor de aquellos", una comedia que escribió y que estrenó en Calle Corrientes junto a Mario Pasik. La obra toma textos de Mark Twain y los cruza con una mirada propia, apoyada en el vínculo de pareja, el paso del tiempo y el humor como forma de decir lo que de otro modo sería más difícil.
En paralelo, sostiene su trabajo como docente. Cada año arma un proceso de montaje con sus alumnos, y este ciclo está dedicado a Shakespeare, con una obra escrita por ella que vuelve a poner en juego la dinámica de grupo, los ensayos, la construcción colectiva. Es un trabajo largo, que empieza meses antes de subir al escenario y que se sostiene en el tiempo con la misma intensidad.
Ensayos, clases, funciones, escritura. La agenda es exigente, pero no aparece como una carga sino como parte de una forma de vivir el trabajo.
Cuando habla de lo que viene menciona proyectos en marcha, fechas, procesos abiertos. Entre esas líneas aparece su regreso a Mendoza con nuevas funciones. Lo dice sin subrayarlo, pero la referencia queda.
Mendoza aparece incluso cuando no es el tema. En los recuerdos de infancia, en ciertas imágenes, en la forma de ordenar su propia historia. No como un lugar idealizado, sino como un punto de partida que sigue presente.
El recorrido continúa, con cambios, con decisiones nuevas, con etapas que se abren y otras que quedan atrás. Sin grandes declaraciones, sin necesidad de explicar cada movimiento. Porque sabe que la vida no necesita explicaciones, sino solo estar presente.
Esta entrevista con Los Andes recorre buena parte de su vida, sobre todo la llegada a Buenos Aires con más ímpetu que certezas, los años de aprendizajes y una actualidad a la que sacude cada tanto para no caer en la serenidad obligada.
—Empecemos por los mejores recuerdos de tus años en Mendoza. ¿Cómo fueron esos años acá?
—Yo me vine no tan chica, a los 24 años. Viví en Mendoza, me casé, terminé el colegio, hice el magisterio, tuve una nena y después me vine. Todo el recuerdo que tengo de Mendoza, sobre todo en mi infancia, en mi familia, es maravilloso. De esa vida tan tranquila y tan libre que teníamos, de no tener que cuidarnos de la inseguridad tanto como ahora. Estábamos mucho en mi casa, una casa grande, con patio grande, en la Sexta Sección, en la calle Granaderos. Mi papá era profesor en la universidad, en Economía. Mi mamá también era maestra, pero cuando nacimos nosotros se dedicó más a la casa, a cuidarnos. Éramos cuatro. Y era una casa muy divertida. Siempre digo que si naciera mil veces, elegiría los mismos padres y los mismos hermanos, y nacer en Mendoza. Sobre todo lo de la familia.
Patricia Palmer y Cecilia Dopazo vuelven con Radojka al Teatro Godoy Cruz
Patricia Palmer, cuando estuvo en Mendoza junto a Cecilia Dopazo, con Radojka.
—¿Fue un acto de rebeldía o te costó irte? ¿Qué perdiste en ese viaje además del contacto cotidiano con la familia?
—Más que un acto de rebeldía fue el camino que me llevaba a cumplir un sueño. Yo siempre tuve el sueño, desde que tengo uso de razón, de ser actriz. En Mendoza no se podía tener esa ilusión de vivir de la actuación. Eso estaba en Buenos Aires. Creo que sigue siendo así. En ese momento era muy fuerte porque la televisión era muy fuerte. Había mucha ficción, novelas, unitarios. Entonces no fue tanto rebeldía sino ir a cumplir mi sueño con el apoyo de mis padres. Ya estando en Buenos Aires estudié psicología. Antes, en Mendoza, estudié profesorado de arte dramático en el Instituto Santa Cecilia, que en ese momento era un instituto muy prestigioso. Me separé y tuve la suerte de que me apoyaran. Yo quería ser actriz, quería probar suerte. Era muy joven.
—¿Cómo fueron esos primeros años en Buenos Aires?
—Difícil, muy difícil. Mucha soledad. Sobre todo, perdí todo lo que tiene Mendoza de lo social, lo familiar, que era un montón. Yo lloré dos años seguidos en Buenos Aires. Imaginate lo fuerte que era la vocación, porque me podía volver, pero lo quería intentar. Era muy difícil la soledad, lo social, era otro mundo. No había celular, no había WhatsApp. Para comunicarme con mi familia tenía que ir a una telefónica, tener plata para pagar la llamada, que muchas veces no la tenía. La comunicación era por carta, y tardaba días en llegar. Era mucha soledad, porque no me podía comunicar con nadie, no tenía amigos ni conocidos. Fue muy difícil. Los primeros años, tres o cuatro, fueron muy difíciles. La sensación general es de mucha soledad y mucho extrañar, pero también de mucha vocación, de muchas ganas de hacerlo. No hubiese podido sin el apoyo incondicional de mi familia que me alentaba. Como dicen, la vocación es un vocablo griego que quiere decir “llamado del alma”. Cuando es así no lo podés desoír, por más que quieras hacerte la distraída. Apenas llegué me puse a estudiar, eso lo hacía más llevadero. Y era una época en donde había muchísima ficción en todos los canales.
—En los 90 fuiste protagonista de una televisión que hoy ya no existe. ¿Hay cosas que hoy no aceptarías o no volverías a hacer?
—No, yo hice siempre todo lo que quise. Tuve la suerte y la determinación. Creo que en eso también tiene mucho que ver la familia. Hice todo lo que hice porque quise hacerlo. Hice novelas, unitarios importantes como Compromiso, Situación límite, Los miedos, hice mucha alta comedia. Todo lo que hice me encantó hacerlo. Tuve la posibilidad de hacerlo. Era una época muy importante para los actores, de mucho trabajo y muy bien pago. Trabajabas un día en televisión y te podías pagar el alquiler de un mes, cosa que hoy no existe. Era otra época en ese sentido. También era un medio más machista. No sé cómo será ahora empezar, pero en ese momento lo era. Yo tuve mucha suerte y también determinación. Tuve algunas situaciones con hombres que hacían propuestas raras, pero fueron muy pocas. La mayoría de la gente con la que trabajé fue muy seria. Me crucé con gente maravillosa como Alejandro Doria y mi primer representante, que me ayudaron mucho.
—Estás con mucho trabajo en teatro. ¿En qué estás ahora?
—Estoy dirigiendo y actuando. Estreno el 14 de mayo en Calle Corrientes con Mario Pasik una obra que escribí, Adán y Eva, un amor de aquellos, con algunos textos de Mark Twain. Vamos a estar el 21 de junio en el Teatro Plaza de Mendoza. También estoy preparando un seminario de montaje que doy todos los años, de junio a septiembre. Este año toca Shakespeare. Trabajamos desde abril con análisis de texto de manera virtual, y después en junio empezamos con la presencialidad a montar una obra, que este año va a ser Berrinche Hamlet, una obra que escribí. Es un grupo de teatro de barrio que quiere hacer Hamlet y no le sale. Es una comedia que toma esos textos. En octubre y noviembre tenemos funciones. Todo eso lleva muchísimo trabajo. Ahora mismo sigo con funciones de Prohibido suicidarse en primavera. Tengo dos hijos viviendo conmigo, así que no me da el tiempo para hacer el programa por ahora.
—¿Cómo fue la experiencia como conductora?
—Fue un programa que tenía ganas de hacer. Apuntaba a un público que quiere reflexionar, meterse en temas más profundos. Funcionó muy bien, fue algo muy lindo para mí. Me ayudó como conductora, porque no sabía si lo iba a poder hacer. Aprendí muchísimo. Me gustaría seguir haciéndolo, pero el tema es el tiempo. El canal me dio todas las posibilidades. Es un canal pequeño, pero con contenido cuidado.
—¿Tu formación en psicología te ayudó en ese rol?
—Sí, mucho. Yo estudié psicología, me recibí. Trabajé con grupos, hice psicodrama con Pavlovsky y la escuela de Pichón Rivière. Me interesan mucho los grupos porque creo que tienen un saber que el individuo no tiene. Muchas terapias, como las de adicciones, son grupales. Quería llevar esa experiencia a la televisión. Me dio muchas herramientas, sobre todo la escucha. Escuchando se conoce mucho más al otro, sin juicio, sin una mirada sesgada. Eso fue clave.
—Volvés siempre al teatro. ¿Por qué?
—Es mi raíz mendocina. Yo nací en el teatro en Mendoza. Estudié con Ernesto Suárez, Rafael Rodríguez, Eloísa Cañizares. Empecé muy chica. Actué en el Centro Catalán, en el Teatro Independencia. En las provincias no había televisión de ficción, entonces el actor se formaba en el teatro. Esa es mi esencia. Nunca dejé el teatro. Es mi cable a tierra, el lugar donde puedo volver siempre.
—También grabaste un disco. ¿Por qué no volviste a grabar?
—Porque requiere tiempo. Grabar el disco me llevó un año entero. Me ofrecieron hacer giras, pero no podía dejar mi carrera como actriz ni a mi familia. No se pueden hacer todas las cosas al mismo tiempo. Amo la música, pero tuve que elegir.
—Adoptaste un hijo adolescente. ¿De dónde nace esa decisión?
—Del trabajo social que hice en hogares y en el programa Abrazar desde la psicología. Creo que el amor nace del conocimiento. Cuando conocés, entendés lo que podés hacer. Podés cambiar el destino de una persona para bien. No hace falta más que amor. Así surgió.
—Después de todo lo vivido, ¿qué te sigue dando miedo hoy?
—Me da miedo la vejez, me da miedo la muerte. Y me da miedo que Argentina no pueda salir de esta involución cultural y económica. Me preocupa por mis hijos y mis nietos.
Ping Pong de preguntas y respuestas
—Un lugar de Mendoza:
—Mi casa.
—Un olor que te transporte a la infancia:
—La parra, el patio de mi casa, la uva moscatel.
—Una actriz que admires profundamente:
—Meryl Streep. Y en Argentina, Niní Marshall.
—Un personaje que te haya cambiado:
—Juana la loca y la madre en El pozo.
—Una palabra que te defina hoy:
—Libertad.
—Un momento que te gustaría volver a vivir:
—Mi infancia.
—Algo que aprendiste tarde:
—Hacer.
—Un prejuicio que lograste derribar:
—Juzgar.
—Un hábito que no podés soltar:
—El mate.
—Hoy, la felicidad para vos es:
—Paz, armonía.
Una carrera sostenida entre la televisión, el teatro y la dirección
Patricia Palmer es actriz, directora y dramaturga con una extensa carrera en televisión, teatro y cine en Argentina. Alcanzó gran popularidad en la década del 90 como protagonista de ficciones televisivas en un contexto de alta producción nacional. Participó en ciclos emblemáticos como Compromiso, Situación límite, Alta comedia y Los miedos, entre otros, trabajando con directores como Alejandro Doria.
En teatro, desarrolló su formación inicial en Mendoza y mantuvo una actividad constante a lo largo de toda su carrera. Integró elencos, dirigió obras y, en los últimos años, sumó la escritura dramática a su producción. Actualmente protagoniza y dirige Adán y Eva, un amor de aquellos, comedia de su autoría con textos de Mark Twain, junto a Mario Pasik, con estreno en Calle Corrientes y gira prevista en distintas ciudades, incluida Mendoza.
En paralelo, desarrolla una sostenida tarea docente. Coordina seminarios de actuación y dirige montajes con alumnos, con propuestas que combinan textos clásicos y dramaturgia propia.
También incursionó en música, con la grabación de un disco de folklore, y en conducción televisiva con el programa Siempre a tiempo, emitido por Canal de la Ciudad. Su carrera se caracteriza por la continuidad en el trabajo escénico y la diversificación de roles dentro del campo artístico.