14 de febrero de 2026 - 14:18

Entrega sin fronteras: la historia del médico argentino al servicio de los desplazados internos en Ucrania

Edgar Zatko dejó el Chaco para vivir en medio del conflicto bélico y brindar atención sanitaria a los más vulnerables del pueblo ucraniano.

Se fue de Argentina para ayudar a un país atravesado por la guerra y poner su vocación médica al servicio de quienes lo perdieron todo. Hoy, en medio del conflicto en Ucrania, Edgar Zatko asiste a poblaciones desplazadas, enfrenta bombardeos, alarmas y carencias básicas, y construye una trinchera humanitaria donde la medicina se vuelve esperanza.

Edgar Zatko, médico oftalmólogo de 37 años, es oriundo del sudoeste del Chaco. Gran parte de su vida transcurrió entre Santa Sylvina, Coronel Du Graty y Villa Ángela.

Llegó por primera vez a Ucrania a principios de 2023, motivado por un deseo personal: “Siempre estuvo en mi corazón conocer la tierra de mis abuelos. Ese fue el principal motivo por el cual me aventuré a venir en un primer momento”, cuenta.

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Edgar Zatko, médico oftalmólogo de 37 años, oriundo del sudoeste del Chaco.

Edgar Zatko, médico oftalmólogo de 37 años, oriundo del sudoeste del Chaco.

El arribo de Edgar a Ucrania no fue solo geográfico, sino también simbólico. El viaje implicó una travesía de al menos tres días, atravesando continentes, idiomas y fronteras hasta ingresar por el este de Europa, en un contexto marcado por la guerra, la incertidumbre y el desplazamiento masivo de personas. “Llegué el 5 de mayo de 2023, después de volar de San Pablo a Dubái, de Dubái a Budapest, y de ahí en colectivos hasta cruzar la frontera con Ucrania. Me tomó casi tres días llegar”, señala.

Pero la decisión también implicaba un desafío: adaptarse a un país diferente, con un idioma totalmente distinto al español. “Todavía estoy en un período de adaptación. La principal barrera es el lenguaje. Sin embargo, siento que hoy puedo hacer un trabajo que otros, por diferentes razones, quizás no podrían realizar”, agrega.

Actualmente, Edgar vive en Leópolis (Lviv), a dos horas de la frontera con Polonia, considerada por ahora una de las zonas más seguras del país. Aun así, por momentos suenan alarmas aéreas: “Llegué a Ucrania en pleno conflicto bélico. La guerra se acerca cada vez más al oeste; ciudades que antes eran relativamente seguras hoy sufren ataques constantes y cortes de suministros como luz, gas y agua”, explica.

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Una mujer desplazada recibe atención médica de Edgar, con la ayuda de una intérprete para la comunicación y la receta.

Una mujer desplazada recibe atención médica de Edgar, con la ayuda de una intérprete para la comunicación y la receta.

Una guerra que no termina

La guerra en Ucrania estalló el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia lanzó una invasión a gran escala tras años de tensiones desde 2014, marcando una de las crisis más graves de Europa en décadas. Desde entonces, los combates se extendieron por múltiples frentes, con ataques a infraestructura civil, bombardeos y uso de drones, provocando millones de desplazados y una crisis humanitaria sostenida.

Actualmente, el conflicto sigue activo, con enfrentamientos y alarmas en diversas ciudades, esfuerzos diplomáticos sin un alto el fuego definitivo y con apoyo internacional continuo a Ucrania, mientras la población lucha por mantener servicios básicos como luz, agua y suministros, ante el desgaste del tiempo y la violencia.

Su llegada coincidió con uno de los momentos de mayor tensión internacional del conflicto, marcado por el riesgo nuclear en torno a la central de Zaporizhia, la más grande de Europa. “Había amenaza de desastre nuclear en la central de Zaporizhia. Mucha gente se estaba autoevacuando del este al oeste. Era un contexto muy caótico”, remarca.

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Mujeres en la clínica esperan la atención médica del oftalmólogo Edgar Zatko.

Mujeres en la clínica esperan la atención médica del oftalmólogo Edgar Zatko.

Edgar descubrió una realidad que contradice la imagen uniforme de un país en guerra: Ucrania funciona en dos planos simultáneos. Mientras una franja del territorio vive la destrucción absoluta del frente de batalla, el resto del país continúa con una vida sostenida por la necesidad: escuelas abiertas, hospitales funcionando y comunidades intentando sostener la cotidianeidad. “La guerra no es todo el país destruido. Hay una línea de frente donde hay muerte total, pero el resto del país tiene que seguir funcionando. Los chicos siguen yendo a la escuela, los médicos siguen atendiendo”, aclara.

Al servicio de los desplazados

Edgar trabaja con clínicas móviles, dedicadas al control básico de la salud visual, similares a los vagones o camiones sanitarios que existen en Argentina. Su objetivo principal son los desplazados internos, personas que debieron abandonar sus hogares por vivir en zonas de combate. Están sin redes de apoyo ni recursos básicos, lo que constituye el núcleo de la crisis humanitaria interna.

También hay quienes escaparon del país y hoy tienen estatus de refugiados en otros países. Pero con los desplazados internos, que han visto sus ciudades totalmente destruidas, es con quienes trabajo directamente”, aclara.

Su labor es independiente del sistema de salud estatal, llegando a comunidades donde la asistencia pública no alcanza. “Hay mucha gente y organizaciones tratando de ayudar, pero esto sigue siendo una crisis humanitaria. Por eso intentamos hacer el mayor bien posible con los medios disponibles”, comenta.

Entre los casos más dramáticos que le tocó atender, Edgar recuerda: “He atendido pacientes jóvenes con ambas piernas amputadas debido a minas antipersonales". Son explosivos diseñados para detonar al contacto con una persona, normalmente ocultos en el suelo, y dejan secuelas devastadoras.

A pesar del contexto, destaca la colaboración entre organizaciones: “Cuando logramos conectar capital humano con recursos, el trabajo se hace mucho más efectivo. Por ejemplo, consigo que me donen lentes y puedo entregarlos a quienes los necesitan. También colaboro con ONGs que organizan los días de atención, el lugar y los pacientes”.

Su recorrido por distintas regiones del país le permitió observar diferencias profundas entre el este y el oeste ucraniano, marcadas por la historia, la cultura y la herencia soviética. Un país fragmentado no solo por la guerra, sino también por identidades y tradiciones distintas. “El este tiene raíces más soviéticas que el oeste. Son culturas distintas dentro del mismo país”, señala.

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Zatko atiende a una adulta mayor en una iglesia que abrió sus puertas para tareas sanitarias.

Zatko atiende a una adulta mayor en una iglesia que abrió sus puertas para tareas sanitarias.

Miedo sí, terror no

Edgar reconoce que siente miedo, pero no terror: “El miedo es un sentimiento saludable que te hace resguardarte cuando hay una amenaza. El terror, en cambio, es desmedido y te hace entrar en pánico. Como creyente, confío en que mi vida está en manos del Creador; Él tiene un propósito para mi vida y nada escapa de su soberanía”.

Cuando suenan las alarmas, se resguarda en sectores sin ventanas, siguiendo los protocolos locales. Explica que todo depende del tipo de ataque: “Por ejemplo, los Shahed son drones de largo alcance, no son veloces y se escuchan pasar como una moto scooter. Son los que más miedo meten, porque pueden caer en cualquier lugar, no necesariamente en un objetivo militar”, precisa.

Los Shahed-136 son drones de fabricación iraní utilizados en Ucrania como una pieza central del conflicto, debido a su bajo costo y su efectividad para saturar las defensas aéreas.

Zonas que antes eran consideradas relativamente seguras comenzaron a ser blanco de ataques, especialmente por su rol logístico y humanitario. Comenta que “ahora atacan puntos de recolección de ayuda, depósitos de donaciones. Está bastante más complicado que hace dos o tres años”.

El país también vive bajo una lógica de control permanente. Retenes militares, controles de documentación y restricciones de circulación forman parte de la vida cotidiana, especialmente para los hombres en edad militar. Explica que “los varones ucranianos no pueden salir del país. Hay controles y retenes constantes. Yo como extranjero tengo libertad de movimiento”.

La resiliencia del pueblo ucraniano

Edgar fue testigo de la transformación radical de ciudades enteras. Lugares que alguna vez fueron espacios de vida cotidiana hoy son zonas destruidas, convertidas en ruinas por la guerra, lo que genera un impacto emocional profundo al ver desaparecer escenarios que alguna vez estuvieron llenos de gente. “Estuve en Pokrovsk, vi madres con bebés en las plazas, comí en un restaurante ahí… y después vi ese mismo lugar en las noticias, totalmente destruido. Eso me tocó mucho”, sostiene.

A pesar de la guerra, Edgar observa la fortaleza de la población: “Es un pueblo con valores, como la familia, la fe y la libertad, y por ello son capaces de dar la vida. Ellos saben que lo que se disputa no son tierras, sino la libertad y el derecho de ser ucranianos”.

Lo que más lo impacta es la resiliencia y “la capacidad de que te tumben y volverte a levantar, sacudirte el polvo y seguir trabajando, seguir dando a luz, seguir viviendo”.

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Desplazados internos dentro en una iglesia que presta el espacio para atenciones médicas.

Desplazados internos dentro en una iglesia que presta el espacio para atenciones médicas.

El cementerio queda chico

Cerca de donde vive, Edgar observa las consecuencias de la guerra: “Vivo cerca del cementerio de los soldados, el Campo de los Héroes. Cada día parece más lleno, y eso que es solo para los soldados de esta ciudad. Tristemente no es solo una sensación, porque el otro día confirmé que inauguraron un nuevo cementerio que pronto también quedará chico”.

Esta experiencia cambió su forma de ver la vida: “Empezás a valorar la libertad desde otro punto de vista. No es solo poder expresar lo que quieras, sino ser libre de elegir tu destino”, señala.

Su conexión con Argentina

A pesar de la distancia, mantiene contacto diario con su familia en Chaco: “Por la diferencia horaria es un poco más complicado tener un diálogo fluido, pero estamos hiperconectados gracias a las redes sociales. Ellos me extrañan, pero están contentos de verme servir en Ucrania. Lo que más extraño es a mi gata Selva, jaja”, sostiene.

Edgar Zatko y su gata Selva
Edgar y su gata Selva, a quien extraña mucho.

Edgar y su gata Selva, a quien extraña mucho.

Actualmente, Edgar trabaja como voluntario, sosteniendo su labor con ahorros personales y sin remuneración fija. Su compromiso no responde a una estructura económica, sino a una lógica de servicio, misión y vocación. “No percibo sueldo. Trabajo como voluntario. Me sostengo con mis ahorros. Eso me da la libertad de estar acá”, enfatiza.

Su trabajo no se limita a lo sanitario: para Edgar, la salud visual también es una forma de restitución de dignidad, autonomía y esperanza, especialmente en personas que lo perdieron todo y no tienen acceso a recursos básicos. “Si una persona vuelve a ver, vuelve a leer. Y si puede leer, puede tener esperanza. Para mí eso también es parte del servicio”, explica.

El acompañamiento de los argentinos también es fuerte: “Creo que muchos se sienten identificados por el tipo de injusticia que está sufriendo Ucrania. Y así como en la historia de David que enfrentó al gigante Goliat, sabemos que al final el bien siempre triunfa. No es fácil, no es gratis, pero el bien prevalece”, concluye.

Y así, desde una clínica móvil en Ucrania, un médico del interior de Argentina construye, día a día, un frente distinto: el de la salud, la dignidad y la vida.

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