20 de abril de 2026 - 19:23

En Aconcagua Radio, los datos controversiales de un censo

Sergio Fadón, de la Fundación Puente Vincular, analiza en Aconcagua Radio el Relevamiento Nacional de Personas en Situación de Calle realizado por el Gobierno.

La escena parece ordenada en el papel: un número, un porcentaje, una serie de datos que buscan dibujar el mapa de una problemática urgente. El Ministerio de Capital Humano, conducido por Sandra Pettovello, presentó hace pocos días los resultados del primer relevamiento nacional de personas en situación de calle. El número central es preciso, casi quirúrgico: 9.421 personas en todo el país. Pero apenas se lo observa de cerca, el dato empieza a deshilacharse.

De las 24 jurisdicciones, cinco no participaron. Las otras 19 aportaron información recolectada en una única noche, mediante un sistema digital que permitió cargar y geolocalizar datos. El informe señala, además, que el 83% de las personas censadas son varones y el 17% mujeres, y que el 92% es mayor de edad. Según esa fotografía, la presencia de niños es marginal.

Sin embargo, desde el territorio, la imagen es otra. Mucho menos nítida, más incómoda.

“Los datos que se difundieron son muy escasos”, advierte Sergio Fadón, voluntario de la Fundación Puente Vincular, una organización que trabaja de manera directa con personas en situación de calle en Mendoza. “No hay una delimitación por provincia, ni por departamentos. Sabemos que hay 9.421 personas, pero no dónde están. Eso deja muchas preguntas abiertas”.

La crítica no se queda en la superficie. Para Fadón, el problema es más profundo y tiene que ver con la lógica misma del relevamiento. “Se hizo en una sola noche. Y la persona en situación de calle es dinámica: hoy puede estar en un albergue, mañana en una plaza, pasado en otro lugar. No es como un censo tradicional donde tocás una puerta y encontrás a alguien. Acá la realidad se mueve todo el tiempo”.

Esa movilidad convierte cualquier intento de medición puntual en una captura parcial, casi azarosa. Una especie de fotografía tomada con la luz apagada.

Desde la Red Calle, un entramado de organizaciones sociales, estatales y eclesiásticas que trabajan en Mendoza, manejan números muy distintos. “Nosotros estimábamos el año pasado unas 1.044 personas en situación de calle solo en Mendoza”, señala Fadón. Y aclara: no se trata solo del Gran Mendoza, sino también de departamentos como San Martín, San Rafael o el Valle de Uco, donde la problemática también se expande, aunque con características propias.

El contraste es inevitable. Si el informe nacional sugiere cifras considerablemente menores para la provincia, la brecha no es solo estadística: es política.

“Decir 421 personas en Mendoza es casi reírse de la realidad”, lanza Fadón, en referencia a los números que se desprenden del relevamiento oficial. Y agrega un dato que, más que cifra, funciona como termómetro: durante el evento “Navidad en las calles”, organizado por la fundación a fines del año pasado, se acercaron unas 700 personas solo a compartir una comida. “Ahí ya ves que el número es mucho más alto. Y lo comprobamos cada domingo, cuando volvemos a encontrarnos con ellos”.

La distancia entre los números oficiales y los territoriales no solo refleja una diferencia metodológica. También expone una tensión más delicada: la de quién define la magnitud del problema.

Porque detrás de cada cifra hay decisiones. Y detrás de cada decisión, consecuencias concretas. “Si los datos son erróneos, las políticas públicas también lo van a ser”, advierte Fadón. La asignación de recursos, la cantidad de albergues, los dispositivos de asistencia: todo depende, en gran medida, de ese primer diagnóstico.

A esa fragilidad se suma otro elemento: la desconfianza. “Muchas personas no quisieron ser censadas. Se alejaban cuando veían a los encuestadores”, cuenta. El motivo es sencillo y complejo a la vez: el miedo a entregar datos personales sin saber qué uso se les dará. En ese gesto de evasión, silencioso pero repetido, también se cifra una parte del problema.

El relevamiento, además, no ofrece información detallada sobre los lugares donde las personas suelen pernoctar ni sobre la disponibilidad real de espacios de alojamiento. “No hay un mapa claro. No sabemos cuántas personas están en plazas, cuántas en paradores, ni cómo se distribuyen por edades. Es todo muy macro, muy por encima”, resume.

Así, el informe que pretendía ser un punto de partida termina funcionando, para quienes trabajan en el territorio, como un espejo distorsionado. Refleja algo, sí, pero no alcanza a mostrar la profundidad ni los bordes del fenómeno.

Mientras tanto, en las calles, la realidad no espera nuevas mediciones. Se desplaza, se reconfigura, se multiplica. Y deja, a su paso, una certeza incómoda: hay vidas que no entran en una sola noche de relevamiento. Hay historias que no se dejan contar en una planilla.

Y hay números que, por precisos que parezcan, no logran decirlo todo.

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