8 de febrero de 2026 - 13:10

El día en que Batman y Robin rescataron a un español en el Aconcagua

Un rescate improvisado en el Aconcagua, una identidad inventada para convencer a un herido de seguir bajando y el último recuerdo compartido con Mariano Galván. La historia de Fernando Colobini, guía de montaña mendocino, contada desde la cumbre.

La cumbre ya había quedado atrás. En alta montaña, ese momento no es el último, solo una etapa. Muchas veces es apenas un trámite cumplido, un punto exacto en el que empieza lo verdaderamente delicado. Fernando Colobini lo sabía. Estaba arriba, en el Aconcagua, con un cliente. El resto del grupo había descendido antes, acompañado por su asistente. El viento no era un problema, el clima aguantaba, y la jornada había salido como estaba prevista.

Ese día coincidió en la cumbre con Mariano Galván. No habían planificado encontrarse ahí. Simplemente pasó. Galván trabajaba para otra empresa y había llegado con dos clientes y un asistente. Se conocían desde hacía años, se cruzaban en la montaña, compartían códigos y silencios. En la cumbre hablaron poco. Se felicitaron, se sacaron fotos, hicieron lo que se hace arriba y empezaron a pensar en la bajada.

Cuando estaban por iniciar el descenso, la radio sonó. Desde más abajo avisaban que había una situación en la canaleta. La patrulla de rescate no había podido subir porque estaba atendiendo otra emergencia. El jefe del operativo sabía que Colobini estaba en altura y, como tantas otras veces, pidió colaboración. En el Aconcagua, esas cosas no se discuten demasiado: si estás en condiciones y cerca, bajás. Un excursionista necesitaba ayuda.

Colobini y Galván iniciaron el descenso juntos, cada uno con sus clientes. A mitad de la canaleta encontraron al accidentado. Era un español que había intentado el tramo solo, sin guía, sin casco y sin crampones. En ese sector, el hielo está casi siempre. Había pisado mal, se resbaló y cayó. En la caída golpeó la cabeza contra una piedra.

Esa piedra fue decisiva. Lo frenó. Si seguía unos metros más, el tobogán natural de la canaleta lo llevaba directo hacia abajo, sin posibilidades. Ahí el margen es mínimo: no hay segundas oportunidades.

Cuando llegaron, el hombre estaba consciente, sentado, con dos cortes grandes en la cabeza. Hablaba, pero no sabía dónde estaba. Preguntaba por sus lentes, por una chica que no estaba ahí, decía que había llegado en moto. Respondía, pero no registraba. La confusión era evidente.

Colobini y Galván lo curaron como pudieron, con lo que llevaban. La idea inicial era bajarlo caminando, despacio. Pero cada intento duraba apenas unos segundos. El español daba un paso, se detenía, volvía a preguntar lo mismo. Avanzaba otro paso, se volvía a perder. En la canaleta, quedarse quieto es casi tan peligroso como caerse.

Como hacen siempre en situaciones así, lo ataron desde atrás con una cuerda, para poder frenarlo si se resbalaba. Pero no alcanzaba. El problema no era que se cayera: era que no quería —o no podía— seguir caminando. Entonces Colobini sumó otra cuerda, desde adelante, atada a la cintura. El esquema quedó claro: si el hombre caía, Galván lo sostenía desde atrás; si se detenía, Colobini lo tironeaba suavemente hacia abajo para obligarlo a avanzar.

Así estuvieron más de cuarenta minutos. Paso, freno, pregunta. Paso, freno, la misma historia. Hasta que, en un momento, el español levantó la vista y preguntó quiénes eran.

A Mariano Galván se le ocurrió una salida inesperada, casi absurda.

—¿Cómo que no nos conocés? Somos Batman y Robin.

El hombre pidió disculpas. Dijo que no los había reconocido. Colobini entendió al instante que eso podía funcionar y siguió el juego.

—Bueno, Robin, no perdamos tiempo. Hay que seguir bajando.

—Sí, Batman, tenés razón.

Desde ese momento, algo cambió. El español aceptó la consigna. La misión era bajar. Batman y Robin habían subido a ayudarlo y él tenía que colaborar. No era una orden técnica ni una explicación médica: era una historia simple, casi infantil, pero suficiente para sacarlo del bloqueo.

Empezó a caminar. Despacio, con ayuda, pero caminó. Cada tanto repetía los nombres, pedía confirmación. Batman adelante, Robin atrás. Así fueron bajando durante cuatro o cinco horas, muy despacio, hasta el último campamento, Cólera.

Ahí llegó finalmente la patrulla de rescate, junto con un médico. El accidentado fue entregado y continuó el descenso hacia el campo base. Colobini y Galván se quedaron esa noche en altura, porque todavía tenían a sus clientes. Recién entonces pudieron detenerse, sentarse y registrar lo que había pasado.

Hasta llegar abajo, para el español, quienes lo habían salvado eran Batman y Robin. La identidad real se la reveló después Ignacio Roger, el médico del campo base, que había seguido toda la intervención por radio. Cada decisión, cada cura, cada movimiento había sido consultado. Roger sabía perfectamente quiénes habían estado ahí arriba.

Para Fernando Colobini, ese rescate quedó marcado por otro motivo. Fue el último contacto que tuvo con Mariano Galván en el Aconcagua. Esa fue su última expedición allí. Después, Galván viajó al Himalaya. Intentó el Nanga Parbat. Una avalancha lo atrapó y murió en la montaña.

La historia de Batman y Robin quedó como un recuerdo compartido, una escena mínima dentro de un escenario enorme, pero también como una despedida involuntaria. Un día de trabajo más, que con el tiempo se volvió otra cosa.

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El inolvidable Mariano Galván.

El inolvidable Mariano Galván.

La montaña, desde siempre

Colobini nació en Mendoza capital. Pasó su infancia y adolescencia en San José, Guaymallén, y a los 19 años se mudó a Luján de Cuyo. Hoy vive en Las Compuertas, sobre el camino a Cacheuta. Ahí armó su vida: se casó, tuvo dos hijas, encontró un lugar para volver después de cada temporada.

Tiene 49 años y empezó en la montaña de chico, a los 14 o 15, con amigos, en la precordillera. Iba por gusto, sin saber que existía una Escuela de Guías de Montaña ni que ese hobby podía transformarse en un oficio. Estudió Educación Física y recién en tercer año se enteró de que había una formación específica para guías de montaña.

Decidió hacer las dos cosas a la vez. Cursaba el profesorado durante el día y la Escuela de Guías por la tarde y la noche. Le gustó tanto que terminó recibiéndose primero como guía y empezó a trabajar casi de inmediato.

Sus primeros pasos fueron en el turismo aventura, en Cacheuta. Después llegó el Aconcagua, primero como porteador. Una temporada cargando, caminando, aprendiendo el ritmo del cerro. Ahí se recibió de guía y al año siguiente empezó como guía asistente. Es el camino habitual: volver antes, acompañar, observar, tomar decisiones que todavía no son finales.

Con el tiempo pasó a guiar como líder. Lleva 16 años trabajando en el Aconcagua, con algunas interrupciones. Una temporada quedó afuera por una lesión en el tendón de Aquiles, jugando al fútbol. Otra fue la Pandemia del COVID. Después hubo un regreso parcial, con una temporada corta. Pero siempre volvió.

Subió 36 veces a la cumbre. En muchas otras no llegó. A veces por clima. Otras por seguridad. Otras porque alguien se cansó. En la última expedición, de seis clientes, fue quedando uno solo. Llegaron hasta los 6.700 metros. El italiano quería seguir, pero el cansancio era evidente. Bajaron. Para Colobini, esa fue la mejor decisión.

Hace siete años también es profesor en la Escuela de Guías. Cuando termina la temporada del Aconcagua, empieza el ciclo lectivo. Da clases de marzo a noviembre y vuelve a la montaña. Así se organiza su año, entre la formación y el terreno, entre enseñar lo que sabe y seguir aprendiendo cada temporada.

Cuando recuerda aquel rescate en la canaleta, Colobini no habla de heroicidad. Habla de procedimientos, de experiencia, de decisiones simples tomadas en el momento justo. Y habla de un amigo. En la montaña, dice, muchas veces las historias más livianas —un nombre inventado, un juego improvisado— son las que permiten seguir bajando. Y también las que quedan para siempre.

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