Voy a opinar sobre el periodismo gráfico, aquel que me acompañó desde mis comienzos en diario Los Andes allá por marzo de 1967, con apenas 21 años de edad, recién egresado de la Escuela Superior de Periodismo que entonces funcionaba en la provincia. Aquel que es de inolvidables recuerdos entre el sonido de las teletipos, la corrección de los cables que llegaban del exterior, el permanente teclear de las máquinas de escribir, la necesaria libreta de apuntes o el grabador en mano para la nota o entrevista solicitada por la dirección, la imprescindible consulta al archivo para agregar un dato que sea de interés y la recepción de las imágenes que llegaban del cuarto oscuro donde los fotógrafos procesaban su material.
Otro periodismo desde luego, distinto al actual, porque hoy los cambios que acompañan esa actividad, que se nutren de esa valiosa herramienta que se llama Internet, favorecen de una manera notable la calidad del artículo encargado. Gracias al aprovechamiento de una valiosa y completa usina de conocimientos que a través de sus distintas vías le otorgan un mayor dinamismo a esa tarea. Otro periodismo desde luego, distinto al actual, porque hoy los cambios que acompañan esa actividad, que se nutren de esa valiosa herramienta que se llama Internet, favorecen de una manera notable la calidad del artículo encargado. Gracias al aprovechamiento de una valiosa y completa usina de conocimientos que a través de sus distintas vías le otorgan un mayor dinamismo a esa tarea.
Por supuesto que es un periodismo mucho más ágil que el de otras épocas como me refiero cuando cuento mi experiencia inicial de los años 60. Lo que no significa de ningún modo, según mi modesta conclusión personal, que sea de mayor calidad que aquel. Deseo incluir en esta particular visión al periodismo radial o televisivo, donde siempre han existido ciclos de opinión exitosos y referentes de renombre con un bien ganado prestigio ante la opinión pública, la sociedad en general. Existen cientos de ejemplos de excelente factura imposible de enumerar, sin olvidar el espacio editorial de un medio escrito o sus ricas columnas de opinión.
Por otra parte, no es mi intención comparar el actual con el de otrora porque estoy seguro que ambos tienen un común denominador. Que es la vocación interior, ese fuego sagrado que acompaña cada día a cada periodista en su labor específica. Porque me parece que también se nace periodista como puede ocurrir con otras profesiones aunque siempre existirá el tiempo para aprender y mejorar. Me permito al respecto evocar aquella vieja y querida “escuelita” del diario Los Andes que existía en el primer piso donde se formaron y crecieron tantos y tantos colegas.
Lo que resulta innegable es que hoy la información por la vía digital se consume de manera inmediata, en la mayoría de los casos con la misma urgencia con que se vive. Por lo general se trata de una visión y lectura rápida, lo que no significa que se esté mal informado, porque todo se sabe y todo se comenta, aunque no sea con un riguroso conocimiento. Lo que resulta innegable es que hoy la información por la vía digital se consume de manera inmediata, en la mayoría de los casos con la misma urgencia con que se vive. Por lo general se trata de una visión y lectura rápida, lo que no significa que se esté mal informado, porque todo se sabe y todo se comenta, aunque no sea con un riguroso conocimiento.
Una de las consecuencias fue la progresiva pérdida por parte de las generaciones más recientes del hábito de la lectura del diario papel que la gran mayoría de los medios que así lo hacían dejaron de imprimir. Finalmente que para quien esto escribe ese diario papel, ese diario impreso, que se hojea página por página, que se tiene en las manos, tendrá siempre un encanto especial. Como nuestro querido Los Andes. Sea como sea, ¡feliz 7 de junio!