26 de octubre de 2026 - 22:53

Alimentación emocional: ¿Por qué comemos sin tener hambre?

Una especialista en Nutrición analizó esta conducta y detalló cuáles son las claves para diferenciar el hambre fisiológico del emocional.

Comer como respuesta a una emoción, ya sea ansiedad, tristeza o aburrimiento, es una conducta en la que la mayoría se ha visto envuelta alguna vez. Sin embargo, cuando este comportamiento se repite y se convierte en el mecanismo principal para gestionar lo que nos pasa, deja de ser una cuestión de hambre para transformarse en un hábito arraigado que impacta de lleno en la salud.

Invitada a Aconcagua Radio, la licenciada en Nutrición Lorena Narpe profundizó en las diferencias fundamentales entre el hambre real y el emocional, y brindó herramientas para empezar a registrar qué nos pasa antes de abrir la heladera.

Hambre real vs. hambre emocional: cómo reconocerlos

"El comer emocional es eso, como respuesta a alguna emoción. Ansiedad, por tristeza, por aburrimiento, todo menos por hambre, hambre real. Entonces está bueno a veces reconocernos y saber esa diferencia", introdujo la especialista.

Según detalló Narpe, las características de uno y otro difieren por completo. El hambre emocional aparece de golpe, de manera impulsiva. Generalmente busca un alimento específico y muy palatable ("algo rico"). Al consumirlo de forma rápida, suele dejar una sensación de culpa posterior, ya que resulta imposible llenar un vacío emocional a través de la comida.

El hambre fisiológica (real) responde a una necesidad de energía del organismo. Puede esperar, acepta cualquier tipo de alimento y, al comer, la persona logra identificar claramente el momento de la saciedad.

"A veces esto uno lo hace bastante inconsciente", advirtió la nutricionista, y señaló que cuando esta conducta se repite constantemente y la persona no logra poner en palabras lo que siente, es fundamental "pedir ayuda a equipos interdisciplinarios, sobre todo con la parte de salud mental: psicólogo, psiquiatra, trabajador social y, por supuesto, la nutrición".

De chicos a grandes: el impacto de los premios y castigos

El vínculo con los alimentos se gesta desde la infancia, muchas veces condicionado por la forma en que los adultos gestionan las conductas de los menores. Narpe explicó que los niños nacen con un sistema de autocontrol innato que les permite reconocer con precisión cuándo están saciados.

Sin embargo, ese registro suele alterarse con los años. "Lo corrompemos. porque ahí entra esto del premio o el castigo: 'si te comes toda la comida, te doy el postre'. Y a veces eso hace que se confunda esta saciedad o no lleguemos a reconocerla", graficó.

En la misma línea, remarcó que frente a un niño angustiado, la respuesta inmediata no debería ser ofrecer comida para calmarlo, sino propiciar un espacio de escucha y contención. "La emoción tiene que salir, tiene que hablarse", enfatizó.

Alternativas al piloto automático y el rol de los hábitos

Falta de recursos económicos para acceder a ciertos alimentos, aburrimiento en casa o conductas adquiridas culturalmente: el combo que activa el consumo sin hambre es amplio.

Para aquellos momentos en los que se cruzan la puerta de calle y la urgencia por comer algo dulce o salado tras una jornada estresante, Narpe sugirió buscar alternativas que no involucren a la comida: "Ir a dar una vuelta a la manzana, hablar por teléfono con una amiga, leer un libro o generar un espacio de escucha. La comida es el primer recurso porque es lo que nos enseñaron de chiquitos como consuelo, afecto o recompensa, pero tenemos que aprender a despegarlo".

Por último, la especialista advirtió que las señales de alerta no solo se manifiestan en el exceso, sino también en el extremo opuesto. "Cuando hay emociones no resueltas como la angustia, puede pasar que se te cierre el apetito y no ingieras nada. Hay que estar atentos a cambios de conducta, a comer a escondidas o a hallar papeles en la habitación y la mochila, tanto en niños como en adolescentes, para cuidar que no nos enfermemos", concluyó.

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