“Nunca estuvo en mi idea salir, era muy familiero”, plantea Cristian Sosa (53) cuando intenta explicar en qué momento empezó a imaginar una vida lejos de Mendoza. Actualmente vive en España, de día trabaja en la construcción y, por la noche, la birome y la libreta son su refugio.
Sus primeros 20 años fueron en Villanueva, Guaymallén. Pero desde hace más de dos décadas vive en Palma de Mallorca, donde trabaja en la construcción como autónomo. En paralelo, la escritura aparece como un espacio propio: “me libera y me desahoga mucho”. Sin una relación directa, ambos mundos se complementan como piezas de encastre: el oficio le ordena el día y las letras le permiten decirlo.
Para él, migrar no fue parte de un proyecto personal inicial. “La idea de viajar salió más tarde, con 22 años”, cuenta. Y esta decisión estuvo vinculada a la salud de su hijo mayor: “nos dijeron que allá había muchas posibilidades para mi hijo”. En ese momento, según menciona, en Argentina “no teníamos diagnóstico ni tratamiento”. En Mendoza, apenas pudieron lograr mover recursos para estimularlo: “conseguimos movernos mucho, llevarlo a natación”, y buscaban también “estabilidad para los otros dos hijos”.
Cristian Sosa
Cristian junto a su hijo mayor, hoy de 31 años, en una salida cotidiana en Mallorca.
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La mudanza definitiva hacia el otro lado del charco sucedió en el 2001. “Me fui yo primero y, a los cuatro meses, envié los billetes para los pasajes para que se fueran mi mujer y los tres niños”. El cambio fue tan concreto que se traduce en una imagen: “llevas veinte kilos en una maleta y con eso tenés que empezar una vida”.
Guaymallén: el barrio, las mesas largas y la familia
Es el menor de tres hermanos y ubica su infancia en una vida de barrio atravesada por la familia extendida. “Recuerdo una infancia muy unida con mis primos, mis tíos”, dice. Completó la primaria y la secundaria quedó trunca tras el primer año. “Dejé la escuela con trece años y ya me dediqué a trabajar”, cuenta.
Sus primeros trabajos fueron informales. A los ocho años iba a un taller de frenos: “iba a limpiar, con ocho años no podía hacer muchas cosas”. Luego pasó por un taller de electrodomésticos sobre el carril Godoy Cruz. Ese inicio temprano será una constante que se repite en su forma de adaptarse: “he trabajado de muchísimas cosas”.
Cristian Sosa
La imagen que Cristian asocia a su crianza en Villanueva, Guaymallén, y a los fines de semana compartidos.
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Calle Bacigalupo es parte del relato, porque ahí se sitúa su crianza, cerca de la bodega Santa Ana. Y también ubica la experiencia familiar como una marca: los encuentros, los fines de semana, la idea de estar cerca de los vínculos. Por eso insiste: “nunca estuvo en mi idea salir”.
Migrar como urgencia impostergable
Padre de tres hijos, Cristian explica que el mayor (31 años) tiene una discapacidad reconocida del 94% asociada a una enfermedad poco frecuente. “Tiene una de estas que se denominan enfermedades raras”, señala. “Es alfa talasemia con retraso mental, ligada al cromosoma X”, precisa. Al recordar esos años, insiste en el punto de partida: “aquí no había tratamiento, no teníamos un diagnóstico claro”.
En ese contexto, la familia amplió el horizonte hacia España por referencias cercanas. “Nos dijeron que había muchas posibilidades para los tratamientos”, recuerda. El primer viaje fue en 1999; después del regreso a Argentina, en 2001 llegó la ida definitiva.
De ese paso, Cristian hace un relato crudo. Señala lo difícil y lo cotidiano. “Llevas veinte kilos en una maleta y con eso tenés que empezar una vida”, repite, como una forma de explicar lo que implica llegar con lo puesto. También marca el choque cultural en lo pequeño: “el idioma es el mismo, pero todo cambia”, dice.
Cristian Sosa
Oficio. Cristian Sosa trabaja en la construcción en Palma de Mallorca, donde se instaló definitivamente en 2001.
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En Mallorca comenzó en la construcción, primero en condiciones informales hasta estabilizarse. Como a cualquier inmigrante, “me dieron un contrato de trabajo y con la antigüedad conseguí meter los papeles y tener permiso de trabajo”, confirma. En paralelo, el acceso a diagnóstico y a un esquema de atención se concretó. “Llegamos a un diagnóstico de la enfermedad y un colegio, con rehabilitación, mucho estímulo”, comenta apuntalando el motivo que alentaba a quedarse.
En ese recorrido, identifica avances puntuales: “ahí aprendió a comer, aprendió a pararse, a caminar”. Lo cuenta como parte de un proceso de adaptación: de su hijo, de la familia, y también de él, sosteniendo la rutina en un país nuevo.
Hoy su hijo tiene 31 años y su vida cotidiana en Mallorca se organiza por horarios escolares y familiares. Cristian cuenta que su día arranca a las 7: “lo llevo hasta una parada de autobús donde lo pasan a recoger”. Luego trabaja: “como soy autónomo, trabajo a mi cuenta. No tengo un lugar de trabajo”. Al describir el presente, lo resume en una frase: “por ahora, somos los compañeros”.
Cuadernos, teléfono y publicaciones
Lo que comenzó con un intento de escribir una canción, hoy se traduce en la publicación de dos libros.
La escritura llegó después. En su línea del tiempo la ubica en 2014. “Siempre estaba con pensamientos y con cosas en la cabeza”, dice. Mientras trabajaba, escuchó por la radio una entrevista. Hablaba un profesional sobre cómo escribir podía ser una forma de expresar afecto y también de ordenar ideas. Ahí se reconoció en lo que escuchaba. “No he sido una persona expresiva”, dice. “A raíz de eso empecé a escribir”.
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| Foto: Ramiro Gómez / Los Andes
Empezó con lo que tuviera a mano: papeles sueltos, anotaciones, frases. “Surgen hojas y hojas experimentando”, recuerda. Llegaba a casa, ordenaba lo que había escrito y lo pasaba en limpio. Con el tiempo hizo un curso de escritura creativa y un docente le dio un marco: “me explica que esto puede estar en la rama de la poesía”, cuenta. También recuerda que le regaló dos libros para orientarlo. La música aparece como un disparador recurrente. “Me inspira mucho la música”, señala.
Si bien este confort que implican las letras para él, no las ubica en un horario fijo, puede aparecer mientras trabaja o mientras maneja. “Si voy manejando, paro y lo grabo en el teléfono”, dice. Con al urgencia que demanda escribir un pensamiento que se nos puede olvidar, así lo confirma: “si tengo una idea y no la escribo al momento, ya no vuelve más”.
Durante la pandemia, el camino hacia la publicación se activó por búsquedas en internet. Cuenta que empezó a ver editoriales, envió manuscritos y recibió respuestas, aunque bajo modalidad de edición financiada por el autor.
Cristian Sosa
Sus libros.Páginas al azar (2019) y Relato de un hombre sin corazón (2023), las dos publicaciones de Cristian Sosa Muñoz.
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Publicó su primer libro, Páginas al azar (2019). El título, explica, responde al modo de lectura: “podés abrir el libro en cualquier lado y leer y ya está”. Sobre el contenido, lo define sin vueltas: “hablo un poco de realidad y un poco de ficción”, con referencias a vivencias del viaje y de su vida diaria. En 2023 publicó el segundo, Relato de un hombre sin corazón, también de poesía, con una editorial europea.
Cuando se le pregunta por el sentido de escribir, Cristian no lo plantea como un objetivo económico. “Escribo porque me gusta, el beneficio, ninguno” si lo lleva al ámbito del redito monetario. Pero lo ubica como parte de lo que lo sostiene en lo cotidiano: “trato de mantenerme en forma mentalmente, física y mentalmente”. En esa idea, la escritura aparece como herramienta de estabilidad dentro de la rutina. “Me libera y me desahoga mucho”, repite, como síntesis.
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| Foto: Ramiro Gómez / Los Andes
La acción de tomar asiento frente a su libreta o computadora la ubica en el final del día. El momento en que el bullicio se coloca en mute. El momento en que termina la secuencia de tareas en su casa. Según enumera en las tareas que lo involucra con su hijo, menciona que “lo recojo y tengo que darle la merienda, ducharlo, darle la cena, acostarlo”, cuenta. Recién entonces se abre un margen para sentarse a escribir: “cuando llego a casa, me pongo y lo paso en limpio al ordenador”. A veces ese espacio se estira: “hay veces que se me hacen las doce, la una y estoy escribiendo”. Vuelve a insistir con el mismo motivo: escribir cuando aparece la idea, porque “después se me olvida” y “ya no vuelve más”.
Pertenencia y proyecto de publicar en Argentina
En su balance, Cristian describe un efecto común en trayectorias migrantes: “no sos ni de aquí ni de allí”. En España, aun con doble nacionalidad, dice que sigue siendo “el extranjero”. “Siempre seré argentino”, afirma. En Mendoza, cuando vuelve, percibe el paso del tiempo como una distancia: “la vida ha continuado sin ti”. Y lo ejemplifica con escenas simples: “cuando se junta el grupo de amigos, te quedas como un poco fuera”.
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| Foto: Ramiro Gómez / Los Andes
Aun así, sostiene que su vida está armada en Mallorca, especialmente por la adaptación y los apoyos que tiene su hijo. “Con mi hijo es complicado”, dice sobre una vuelta definitiva. “Él está muy adaptado allí”. La idea de regresar, de todos modos, aparece como posibilidad abierta: “la idea de volver siempre está”.
En su actual visita a Mendoza sumó otro proyecto: publicar en Argentina. Cuenta que su segundo libro circuló en ferias y concursos en distintas ciudades europeas, pero que el idioma limita el alcance en públicos no hispanohablantes. “Me gustaría encontrar una editorial aquí para poder publicar aquí el libro”, comenta. Y completa: “quizás, publicando aquí en Argentina, tenga alguna posibilidad de que llegue a más gente”.