12 de marzo de 2013 - 22:24

Sinceramientos

Es bien sabido que, para los cristianos convencidos, la Cuaresma es un tiempo propicio para el examen y la reflexión sobre el "modo de vivir nuestra fe" -personal y comunitaria- en las complejas circunstancias que se nos presentan cada día, a fin de cambiar (convertir) lo que no esté de acuerdo a aquella fe o, en el mejor de los casos, dar un mayor impulso a nuestro testimonio cristiano. Por eso lo de "sinceramientos".

Ofrezco, en ese sentido, algunas reflexiones personales "mechadas" con otras del dominico español Jesús Espeja, haciendo mías sus palabras de lúcida visión y de profundo significado.

Lo he dicho públicamente y lo repito hoy: la renuncia del Papa Benedicto ha sido un acto de grandísima lucidez, de audaz valentía y de superlativa responsabilidad ante el diagnóstico que él mismo hiciera sobre su persona y su misión al comprobar el "debilitamiento de sus fuerzas físicas y anímicas" y "los graves problemas a que se enfrenta la Iglesia ante el mundo de hoy".

Más allá de que muchos -yo entre ellos- en su momento, no hemos acordado con ciertas opiniones o acciones de su pontificado, se impone destacar este gesto de Benedicto que puede ser considerado -es mi certeza- como el gran gesto y testimonio de su permanencia durante casi ocho años en la sede de Roma. Todo un gesto profético hacia atrás y hacia adelante de la historia de la Iglesia Católica.

Permítanme un paréntesis. ¡Ojalá muchos de nuestros hombres políticos que ocupan cargos públicos en los tres poderes del Estado, tuvieran esa misma lucidez, valentía y responsabilidad a la hora de comprender sus propios límites o los que les señalan los ciudadanos y no quedaran "atornillados" a los distintos cargos que les prodiga, casi de por vida, la casta política! Fin del paréntesis.

¿Sincerar qué?

La comunidad católica deberá volver a descubrir que el ministerio del obispo de Roma es un ministerio del Espíritu para toda la Iglesia, pero él es el obispo de Roma, no es el obispo del mundo. El obispo de Roma es el sucesor de Pedro y, por consiguiente, tiene un ministerio especial cuya misión es colaborar a que se mantenga la unión de todas las iglesias locales que, en sí mismas, con sus obispos, son la Iglesia de Jesucristo.

Esta comunidad-iglesia viene de Jesucristo y de aquellos hombres que vivieron con él y participaron de su Espíritu, tal como se presentan, en Pentecostés, Pedro y sus compañeros. Pero la Iglesia no se puede definir sólo con sus orígenes. La Iglesia tiene que mantenerse fiel a una palabra y a una tarea que ha recibido, y consiguientemente abrirse e "ir haciéndose" en la historia, teniendo como horizonte la plenitud de la fraternidad universal "cuando Dios sea todo en todo".

Es que la Iglesia no se reduce a símbolos, ni a estructuras ni a normas. La Iglesia ante todo es un pueblo reunido por el Espíritu para participar y reflejar en este mundo la vida de Dios revelada en Jesucristo, aunque a esa vocación los cristianos y las estructuras eclesiales respondamos con muchas incoherencias e interrogantes. Sucede que hemos dado tanta importancia a las estructuras, que terminamos creyendo que lo más importante en la Iglesia son las organizaciones visibles.

Por lo que no es acertado el criterio de quienes reducen la Iglesia a una entidad política, financiera o de beneficencia. Seguramente no les hemos "mostrado" el verdadero rostro. Porque la Iglesia es la comunidad de creyentes que se han encontrado con Jesús. La Iglesia son los creyentes en Él, que hacen de esa fe la columna vertebral de sus vidas.

Tampoco es verdadero el sentimiento de tantos cristianos que quieren disculpar a la Iglesia de sus pecados y de sus lacras. La Iglesia no tiene que esconder la cabeza como el avestruz. Debemos aceptar que tiene muchas lacras, porque está creciendo y se está haciendo. Es la misma Iglesia de los Apóstoles, pero se está abriendo a la historia y al mundo que cada día se renuevan.

Además, el poder y la influencia de la Iglesia no se debe medir por los muchos millones de adeptos -las personas inscriptas como católicas en los registros de la iglesia son alrededor de 1.200 millones, poco más o menos que el 18% de los habitantes del planeta Tierra- sino por la calidad evangélica con que esos millones de cristianos se hacen presentes y actúan en la sociedad.

¿De qué se trata?

De lo que se trata es de que nos demos cuenta dónde está el gran problema de la Iglesia hoy. La crisis ante la Nueva Evangelización no está fuera de la Iglesia sino "dentro".

Tenemos que preguntarnos si no somos los mismos cristianos los que hemos puesto excesivo énfasis en las estructuras visibles y no en la fe como experiencia personal del encuentro con Jesús vivo y presente en la comunidad. No es cuestión de conquistar nada sino de ofrecer una alternativa, un talante de vida que, de alguna forma, amplíe el horizonte humano.

Aprender que la evangelización no es tanto ir a sembrar en un terreno barbecho sino a leer lo que el Espíritu está ya haciendo en el mundo: justicia, libertad, autonomía, felicidad... Y, desde el Evangelio, no anular eso, sino ampliar ese horizonte.

A veces reducimos el mundo al mal y lo calificamos de profano. Pero el mundo no es profano -aunque sí profanado por nuestras peores conductas- pues el Espíritu ya está animando al mundo desde su comienzo.

Con lo cual, no se trata de huir del mundo sino de entrar en el corazón del mundo pero sin arrodillarnos ante una serie de falsos absolutos (el tener, el poder, el aparentar, los imperialismos...) que desfiguran la faz de la tierra. Tenemos que tener una voz y una presencia pública. Una presencia pública como la sal, que se mezcla con los alimentos sin pretender quitarles su valor sino aportando un sabor.

A la Iglesia no debe interesar su propia seguridad ni su prestigio social ni el poder. Su apasionamiento debe ser que la humanidad se realice y logre su destino. Que alcance la satisfacción de sus profundos anhelos que, a veces de forma fragmentada, o de forma muy ambigua, están emergiendo, pero que de algún modo responden a la profunda huella de Dios en nosotros. Somos su imagen con nostalgia de infinitud que sólo Él puede llenar.

La necesaria reforma de esta Iglesia no va a depender sólo del Papa ni de los cardenales, ni de los obispos, sino del crecimiento de todos los creyentes en ese encuentro personal con el Jesús de los evangelios.

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