Cuando era chica vivía en un pueblo, es decir, en un mundo bastante simple. Una casa era una casa, con puertas, ventanas y a veces un portón. Los ricos eran pocos, o al menos, parecía que había pocos porque no derrochaban tanta ostentación. Sólo algunas casas más lujosas en su diseño y amplitud, aisladas, de vez en cuando.
Tampoco había nada muy valioso adentro, algunos adornos que variaban en calidad según el poder adquisitivo. Casas con cochera? casi una rareza, para eso había que tener coche. Todos los chicos íbamos a la escuela pública con guardapolvo blanco.
Hasta en la más humilde de las moradas había una radio que transmitía las noticias, los partidos de fútbol los domingos y los radioteatros. Las puertas de las casas se cerraban para que no entrara el viento Zonda que bajaba sorpresivamente o para que no entraran las moscas. Eso de ponerle llave, era curioso, se hacía de noche y a veces, se olvidaban y así quedaba.
Pero un día llegó la televisión. ¡Caramba! Un televisor era caro, sólo algunos podían tenerlo y otros? envidiarlo. Como la solidaridad era una costumbre aún respetada, los chicos que no teníamos tele éramos invitados a ver algunos programas a la tarde a la casa de los agraciados. Café con leche de por medio y pan casero con arrope, y las madres de los agraciados, seguramente no habían calculado ese costo a la hora de adquirir el tele.
Algo parecido ocurrió con la llegada del Winco, el primer tocadiscos automático que vieron mis ojos, allá por mi adolescencia. Los agraciados sentían que debían recibir en sus casas a la muchachada que quería bailar, porque para eso se tenía, para que la mayoría disfrutara, entonces invadíamos los hogares de los agraciados y nos autoconvocábamos a un "malón". Nunca mejor puesto un nombre. Cuando era sorpresa se le decía "asalto". Segundo gran acierto en las denominaciones. La casa de los agraciados quedaba hechas un desastre.
No sé cuándo ocurrió ni cómo apareció. Esto, de que no compartimos más, digo. Fue como un vértigo. Trabajábamos duro para labrarnos un futuro y no había mucho tiempo para darse cuenta de que las cosas estaban cambiando. Estábamos concentrados en lograr un mundo más justo y comenzamos a ver que el mundo de la tecnología brillaba desde los escaparates. Claro, como era muy caro, no todos podían. De pronto hubo que empezar a cerrar con llave las puertas porque había gente que robaba.
Surgieron los barrios cerrados con sistemas de seguridad que en nada se parecían a la vieja llavecita de las puertas de las casa de mi pueblo. Sólo hubo un paso. Parece que a alguien se le ocurrió que el barrio privado era como inventar la ilusión de la vida en el pueblo antiguo, donde los chicos jugaban en la calle. Claro que para eso hay unas barreras en las entradas donde la única información que uno tiene que dar es su currículum vitae y luego pasar por la mirada escrutadora de un agente de seguridad, quien decide, según tu portación de rostro, si entrás o no...
En versiones más modestas hay un portón automatizado para que cada vecino abra cuando tiene que entrar o salir, lo que es un poco engorroso porque ya sabemos lo que pasa con los controles automáticos que se les descarga la pila o se desprograman. Y en esa vorágine de "Compre una casa en un lugar de ensueño y seguro", nos olvidamos de aquellos que quedaron afuera de la fantasía de la restauración del clima pueblerino antiguo, de los avances tecnológicos y de las paradisíacas tierras prometidas. Esos. Esos son los que roban. ¿Roban? Sí, roban. Y no sólo roban, sino que amenazan con armas, violentan gente y matan. Tal vez a ellos les robaron la ilusión, primero.
Y ahora estamos todos entrampados. Los que más oportunidades tuvieron y aprovecharon, atrincherados detrás de supuestas protecciones tecnológicas, comunicándose por Internet, sin contacto personal con los vecinos del barrio, ni siquiera para pedir una taza de azúcar cuando se olvidan de comprarla. Sólo se intercambian los celulares para protegerse en caso de invasión de los que se quedaron "afuera".
Los de "afuera" consiguen alguna tecnología de avanzada en sus "asaltos", que no tienen ningún parangón simbólico con los de mi adolescencia. Son asaltos en serio. Y vienen como en "malón" dispuestos al saqueo y a lo que sea necesario para llevarse esa tecnología que parece hace la diferencia entre ser o no ser en esta era o su equivalente en dinero efectivo para comprarla y disfrutarla. Ah, eso se lo llevan en el auto que también roban. Lo único que no se llevan es el portón automático porque es muy pesado. La mayoría de las veces les sale bien, pero también están expuestos a que les salga mal, por lo que viven en estado de alerta continuamente escondiéndose en lugares nada paradisíacos, sin finalmente lograr el objetivo de vivir bien a costa de lo que el otro tiene.
¿No era más simple compartir?