El día jueves 13 de setiembre asistimos a una maravillosa y espontánea manifestación de ciudadanía, protegida por nuestra Constitución Nacional, ya que tenemos el derecho de peticionar a las autoridades sobre actitudes que nos parecen que no nos representan.
En el marco de la heterogeneidad y variedad de personas que se convocaron, básicamente se hizo sentir fuerte un reclamo común y masivo de menos autoritarismo y mayor respeto a nuestra Constitución Nacional.
Gran parte de nuestra ciudadanía le dijo no a la posibilidad de una re-reelección.
Sin embargo se pudo escuchar también la expresión poco feliz: “Que se vayan”, aunque ya se ha demostrado la poca o nula consistencia de esta afirmación en las tristes jornadas de 2001. Pero además de ello, con esa expresión no estamos respetando esa Constitución que queremos defender.
Soy una enorme defensora del sistema democrático, sostenido por sus tres pilares institucionales: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y por ello creo que no debemos pedir “Que se vayan”, ya que a mi entender se cae en una contradicción, porque constitucionalmente se nos marca que nuestra República es representativa, republicana y federal.
Concurrimos masivamente (y así debe ser) a votar para elegir nuestros representantes, y lo hacemos convencidos de que esa acción valida afirma nuestra opinión sobre las personas que nos van a representar.
Por ello, reconozcamos que el problema radica en la importancia y trascendencia, o no, que damos al acto eleccionario y hagamos el mea culpa correspondiente cuando sufrimos las consecuencias de nuestra mala elección.
No nos olvidemos a la hora de nuestra elección de las cosas realmente importantes, sin dejarnos engañar por mensajes poco claros y fiestas de consumo que después tienen un alto precio. Ya la estamos pagando con el “vamos por todo”.
Tal vez el origen del problema radica en el hecho de que no tenemos incorporado el formarnos cívicamente. Debemos esmerarnos más y transformarnos en ciudadanos conscientes de sus responsabilidades cívicas a la hora de la votación y de ese modo sentir respeto por el país que decimos amar. A veces pagamos muy cara nuestra liviandad cívica y entonces seguimos sin aprender de nuestros errores. Decía James Bovard: “La democracia debe ser algo más que dos lobos y una oveja votando lo que van a comer”.
Hace unos días escuché algunos conceptos en la visita del filósofo Santiago Kovadloff presentada por el periodista mendocino Carlos La Rosa. Uno de esos conceptos fue que debemos sostener las reglas del sistema en vez de jugar con ellas.
Acuñé otra frase de los conferenciantes, que comparto plenamente: “Sacar la ciudadanía de la casa”, y con alegría comprobé que en la convocatoria del 13S esto sucedió. Ese día retomamos el camino constitucional de nuestras obligaciones y derechos.
También emitimos un mensaje claro: Nosotros, los representados, les decimos a los representantes que no se equivoquen. Ustedes son sólo eso, nuestros representantes y administradores circunstanciales, y según cumplan bien con su tarea, los seguiremos contratando... o no.
En esa conferencia, que disfruté mucho, se dijo que “un país tiene problemas cuando se queda, sin control, sin futuro, sin clase media”. Y yo agrego, ¿sin Constitución? Esto sería de una gravedad extrema, porque los países democráticos necesitan de leyes rectoras, que pongan límites a los deseos sin límites y fortalezcan desde su contenido la debilidad en que pueden caer nuestras instituciones.
Por ello es importante asumir que la carga pública es también nuestra, de los representados, no la dejemos sólo a los representantes (suelen cometer grandes errores). No nos evadamos cívicamente, participemos con responsabilidad y pongámosle contenidos a nuestro sistema, reflexión, ideas, valores y grandeza de espíritu, construyendo paradigmas genuinos que nos conduzcan a actuar con madurez.