El servicio militar era un orgullo hace medio siglo

En estos tiempos en que reaparece la discusión acerca de las ventajas y desventajas del desaparecido servicio militar obligatorio, el autor recuerda cómo era en los viejos tiempos.

Históricamente, cuando los jóvenes argentinos cumplían veinte años, hacían el servicio militar obligatorio y se preparaban para un año especial que los alejaba de familia, amigos y hábitos barriales. Al finalizar el año bajo bandera, salían con planes para ordenar su vida asumiendo el compromiso de terminar estudios, retomar el trabajo y, algunos, de concretar su boda con la novia que los esperaba. Egresaban con un concepto distinto de la vida porque habían aprendido y aprehendido el valor de la responsabilidad, de la disciplina, del orden, del compañerismo y, fundamentalmente, de los afectos.

Era una época en que el conscripto salía de franco los fines de semana y caminaba orgulloso vistiendo el uniforme de soldado argentino; en su barrio, amigos y vecinos lo saludaban con respeto.

El cumplimiento del servicio militar era un año de vida disciplinada, de aprendizaje de tareas útiles, de ejercicios en el cuartel. Cuando eran dados de baja salían ciudadanos formados que habían aprendido a cultivar la amistad que, en muchos casos, duraba toda la vida. También era común que jóvenes de diferentes provincias se aquerenciaran en la ciudad o pueblo donde tenía asiento el distrito milita. Allí conseguían un trabajo y formaban una familia.

Son inolvidables los encuentros entre amigos de un mismo barrio, entre los que ya habían cumplido y los que aún debían enrolarse. Durante horas, los primeros contaban todo tipo de vivencias del cuartel; lo aprendido, las obligaciones cumplidas y especialmente cómo se pagaban las incumplidas: repetidas prácticas de cuerpo a tierra, carrera march, tranco de pato, salto de rana, etc.

También los cuentos y chistes que aprendían en el cuartel y que, al repetirlos, provocaban iguales carcajadas. Hay grupos que aún se reúnen anualmente en comidas y otros que han formado alguna entidad deportiva o de bien público con éxito en su comunidad; las anécdotas del momento de la incorporación, cuando algunos suboficiales preguntaban a cada uno por sus conocimientos, experiencias, oficio o profesión.

Entonces, al que sabía conducir automotores lo tomaban como chofer de autos oficiales; otros, al mantenimiento de jardines y espacios verdes y, la sorpresa jocosa, era cuando a algunos de los muchachos que se declaraban administrativos, oficinistas -o sabían otro idioma- los mandaban a la cocina a lavar las "morochas", que eran ni más ni menos que las grandes ollas donde hacían la comida para la tropa.

Los muchachos que no habían terminado los estudios básicos o no sabían leer ni escribir recibían instrucción de maestros de escuela y cumplían sus estudios primarios completos dentro del año. Así, durante la incorporación ordenaban su vida, aprendían a respetar las órdenes, los horarios y a realizar las tareas que les asignaban; el buen comportamiento en los comedores cuando se servían las diferentes meriendas que se desarrollaban en un ambiente de cordialidad, orden, camaradería y alegría.

Lo positivo de todo esto era el aprendizaje de la disciplina. No tenían problema de ropa ni de alimentación; cumplían rigurosos horarios, mantenían su higiene personal y aprendían la responsabilidad de cuidar todos los elementos que recibían para su uso personal. Los que no cumplían con sus obligaciones recibían sanciones disciplinarias que generalmente afectaba las salidas de franco los fines de semana y arrestos dentro del cuartel.

El rédito era una enseñanza para la vida civil, especialmente familiar. Difícilmente un ex soldado se implicaba en actos delictivos ya que en la instrucción los preparaban para actuar como hombres respetuosos de la ciudadanía y de la propiedad privada.

Al reflexionar sobre lo expuesto pienso que la delincuencia salvaje de los últimos años la practican hombres que no han cumplido el servicio militar obligatorio y nunca han recibido instrucción disciplinaria, educación personal y respeto por sus semejantes. Se han transformado en ciudadanos peligrosos, inclinados a la vagancia, a las drogas u otros vicios que los convierten en seres sin amor, sin temor; así se lanzan a una vida de delincuencia.

Así, los peligros nos acechan en cualquier lugar que nos encontremos y son protagonistas hombres que no han recibido jamás una mínima instrucción, no han aprendido de respeto ni de responsabilidad, de lo que significa el cumplimiento del deber. Lamentablemente el Gobierno -nacional y provincial- no se ocupa de la inseguridad que estamos viviendo.

Hubo un gobierno que livianamente tomó la medida de suprimir el servicio militar obligatorio sin realizar estudios e investigaciones serias y profundas que justificaran una medida tan trascendente.

Quitó a numerosos jóvenes la oportunidad de cumplir un año bajo bandera con todos los beneficios que recibían como ciudadanos en formación.

La suspensión del servicio militar obligatorio fue dispuesta por el gobierno del presidente Carlos Menem, el 31 de agosto de 1994, y el único argumento esgrimido fue el asesinato del soldado Omar Carrasco, aunque en realidad tenía el objetivo de ahorrar en el presupuesto de la Nación y derivar la gruesa suma a dudosos destinos.

Es interesante tener en cuenta que por el Ejército Argentino pasaron millones de jóvenes que cumplieron su año bajo bandera en el Ejército y dos en la Armada Argentina, durante los noventa y tres años que tuvo vigencia la medida, que fue instituida por ley nacional Nº 4.301 de 1901 por el gobierno de la segunda presidencia del Gral. Julio A. Roca y del ministro de guerra Gral. Pablo Riccieri. Entonces, la noticia del servicio militar obligatorio fue muy bien recibida por el pueblo y valorados los beneficios que recibirían los jóvenes argentinos.

La participación de los soldados en los desfiles patrios, luego de cumplir con todas las exigencias necesarias, les significaba un orgullo. Eran aplaudidos a su paso por un público numeroso compuesto por la comunidad y autoridades presentes en días tan caros a nuestra nacionalidad, como el 25 de Mayo y el 9 de Julio.

Al volver a la vida civil se sentían felices por la libertad que recuperaban y por considerarse hombres ya preparados para afrontar la vida con responsabilidad y experiencia. Se sentían hombres maduros, preparados para defender a la patria y a su comunidad. Muchísimos de ellos sintieron que el tiempo en el cuartel finalmente había sido corto y, en el balance final, se encontraban con la nostalgia de todo lo bueno que habían vivido.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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