Como resultado de la eficacia de buenos gobiernos, en la primera mitad del siglo pasado nuestro país se superaba permanentemente y el nivel de vida familiar era cada vez más elevado porque existía la cultura del trabajo y la voluntad de hombres y mujeres que, activos y optimistas, se dedicaban a diversas actividades. Esta situación hacía posible que las familias tomaran personas para que realizaran las tareas domésticas, lo que a su vez significaba la creación de fuentes de trabajo.
Pero en esos momentos no se tenía un concepto claro de que las personas para el servicio doméstico eran seres humanos con todos los derechos y obligaciones de cualquier ciudadano trabajador.
Entonces, hace cincuenta o sesenta años empezó a cambiar el trato y la consideración que merecían esas personas que compartían muchas horas del día con los miembros de la familia y se comenzó a erradicar los malos hábitos en el trato y consideración del trabajo de chicas o señoras -generalmente muy humildes- que encontraban en tales tareas una ayuda económica que no siempre era justa (en algunos casos trabajaban a cambio de casa y comida, y excepcionalmente las mandaban al colegio porque no sabían leer ni escribir).
No era costumbre -y no había ley que lo exigiera- darles descanso semanal y mucho menos cobertura social. Sólo de vez en cuando les daban permiso para visitar a la familia que, por lo general, vivía en el campo o en un pueblo lejano.
Felizmente, transcurridos los años y considerando que el servicio doméstico había pasado a ser imprescindible (cambios de hábitos familiares, sociales y culturales; dueñas de casa universitarias, profesionales) llevaron a considerar seriamente las condiciones de estas personas limitando entonces sus horas de trabajo.
El aumento de matrimonios y la situación de los hijos que se casaban y se quedaban a vivir con su padres incrementó la demanda del servicio y la mejor preparación de las personas que lo prestaban, lo que obligó a incrementar los sueldos, reconsiderar los horarios y también el trato personal (la relación de los patrones con las chicas o señoras que servían era duro, con el agravante de que en algunos hogares los hijos aprendían el mal ejemplo y también cometían abusos).
Las personas que prestaban servicio doméstico empezaron a orientarse hacia otros trabajos más independientes y mejor remunerados. Ingresaban en tareas de la industria de la alimentación, especialmente en la selección y empaque de frutas, bodegas y empresas que empezaron a incorporar mujeres y que, a la vez, tenían horarios más puntuales, mejor remuneración, francos y vacaciones; aunque algunos eran trabajos temporarios, las reglas eran claras. Las chicas que adoptaban estas tareas empezaron a estar más preparadas, cursaban la escuela primaria y, algunas, también los estudios secundarios.
En 1956 se dictó la ley 326/56 que estableció el Estatuto del Servicio Doméstico que, durante muchos años, no se respetó y que establecía fundamentalmente una obra social y que manejaría la organización del sindicato de servicio doméstico. Logrado un buen número de afiliados se comenzó a prestar servicios médicos, farmacia, viajes de vacaciones.
El sindicato organizó cursos de cocina, de niñeras, choferes, panadería, etc. Se instituyó la bolsa de trabajo, ayuda de escolaridad para los hijos de los afiliados, de 6 a 12 años, regalos y juguetes para el Día del Niño, Navidad y Reyes. Santa Marta fue nombrada Patrona del servicio doméstico.
El Sindicato tiene una sede en San Lorenzo 433 de Capital, donde se da todo tipo de asesoramientos y obligando a cumplir las obligaciones que establece la ley 326/56. En la actualidad, además de estar profesionalmente más preparadas, tienen sueldos ajustados a convenios, horarios y días de descanso y vacaciones anuales de acuerdo con lo establecido por leyes y decretos, con los aportes previsionales correspondientes.
Ahora, además de contar con los beneficios de la jubilación de acuerdo con lo que disponen las leyes previsionales con los correspondientes beneficios que otorga PAMI, reciben ropa, calzado y guantes para realizar tareas especiales. También cuentan con el amparo de la Justicia para los casos de atropello o abusos de cualquier índole.
En la actualidad se paga mejor pero resulta que falta gente que preste este servicio y seguramente que cada vez será más difícil contar con personas responsables, cumplidoras y honestas que ayuden también en las compras y trámites administrativos. Tanto es así, que todo indica que dentro de unos años será muy difícil contar con el servicio; será el momento en que las obligaciones se asuman en familia.
El mejor ejemplo lo tenemos en los países del Primer Mundo, donde prácticamente el servicio doméstico ha desaparecido y las familias se han tenido que organizar inteligentemente para que la casa funcione normalmente aunque todos los miembros trabajen o estudien. Y, por lo general, la familia se reúne al final del día para cenar y compartir novedades, inquietudes y alegrías.
Aunque nuestro querido país no cuente con gobernantes que valoren las riquezas de su pueblo: la honestidad, el respeto y el culto al trabajo responsable, los mendocinos todavía disfrutamos de otros hábitos y podemos contar con amigos, vecinos y un servicio doméstico más tradicional, humano, servicial y confiable, en relación de amistad con la familia.
Hace más de medio siglo, en muchos casos tomar gente para el servicio doméstico estaba reservado a las familias distinguidas y de muy buena situación económica. En sectores medios se daba el caso de que la limpieza general era realizada por la dueña de casa con ayuda de las hijas, aun teniendo la posibilidad de pagar porque entendía que la higiene y el orden del hogar era su responsabilidad y una posibilidad de enseñar a sus hijas a hacer bien las tareas hogareñas; y por entender que les sería muy útil al momento de que formaran su propio hogar.
Hoy, por lo general, las chicas no llegan preparadas para asumir con conocimientos y responsabilidad la conducción de un hogar... y es muy común sentir decir que ya no saben preparar “ni un huevo frito”.