La conversación pública ha perdido espesor ante la crispación y el deterioro de argumentos anclados en la polarización ideológica, la batalla cultural y el desplome del sistema de partidos corroídos de propuestas alternativas y la ausencia de liderazgos capaces de interpelar contingentes enormes de desencantados. Las últimas encuestas de opinión arrojan datos esclarecedores de la caída de imagen pública de los principales referentes de la que no escapa el presidente Milei quien sigue pidiendo paciencia porque la economía arroja malas noticias.
La política local suele enturbiar la mirada de lo que pasa a nivel global. Si se desplaza la mirada a los exponentes de las ultraderechas dispersos en este mundo en guerra, se observan situaciones semejantes. Mientras las elecciones celebradas en Hungría pusieron fin al poder construido por el líder de extrema derecha Víctor Orban, los comicios en Francia mostraron el triunfo de los moderados en detrimento de izquierdas y derechas radicalizadas. En el Extremo Occidente, como lo llamó alguna vez Sarmiento, las cosas no son demasiado distintas: el éxito de la derecha chilena meses atrás, resulta casi simultánea a la caída de imagen del presidente Donald Trump de cara a los comicios de noviembre. Naturalmente, la misma tiene como nudo gordiano el abandono de sus promesas de campaña en su propio electorado el cual despierta expectativas entre los agrupados en el partido demócrata, y preocupa a los republicanos al punto de incitar al mismo George Bush a desmarcarse del presidente. La guerra con Irán y su efecto en el aumento del precio del combustible y en el costo de vida opera en el cambio de humor social que fue precedido por políticas migratorias agresivas, redadas del ICE, clausura de agencias estatales, recortes a programas federales en el área de salud, desfinanciamiento del sector científico y universitario, despliegue de tropas en ciudades estadounidenses y la violenta represión contra manifestantes refractarios de las decisiones gubernamentales. El país que supo hacer gala de las libertades públicas, los derechos civiles, la independencia de poderes, el sistema federal y por haber dado origen a la primera democracia moderna a fines del siglo XVIII atraviesa una coyuntura incierta.
Tales consignas vigorizan el movimiento “No Kings”, a instancias de una coalición de organizaciones de la sociedad civil que incita a la ciudadanía a movilizarse para combatir el gobierno de Trump mediante acciones directas no violentas y con valores morales bajo el convencimiento que el poder reside en el pueblo. A lo largo de 2025 las movilizaciones ganaron las calles, y la última del 28 de marzo fue multitudinaria: según las crónicas, se registraron 3100 manifestaciones en grandes ciudades y pueblos del interior de los cincuenta estados de la Unión. La protesta principal tuvo lugar frente al Capitolio del Estado de Minnesota en St. Paul, las ciudades gemelas (como las llaman), que fueron epicentro de la mayor operación de control migratorio en la historia de Estados Unidos y disparó una ola de protestas que dejó como saldo dos muertos.
Las denuncias ya no incluyen sólo los ataques a la libertad de expresión, la feroz política migratoria y los derechos civiles vulnerados por la administración Trump. Ahora se suma la denuncia de la guerra “ilegal” de Medio Oriente porque no pasó por el Congreso y los efectos del gasto militar en las economías familiares multirraciales de los suburbios urbanos. También señalan los riesgos que se ciernen sobre los derechos políticos y la democracia norteamericana: “Trump quiere gobernarnos como un tirano”, arguyen los activistas del movimiento. “Pero esto es Estados Unidos”, por lo que “el poder reside en el pueblo y no en los que aspiran a ser reyes ni en sus compinches o socios multimillonarios”. A juicio de los lideres sociales, la amenaza no queda circunscripta al “pueblo estadounidense” sino que se irradia más allá de sus fronteras por la violencia ejercida en el país y en el extranjero. Tales convencimientos quedaron sintetizados en un lema potente de movilización ciudadana: “No toleramos la monarquía”, una asociación de ningún modo fortuita, sino que se erige en reserva de la plurisecular tradición liberal y republicana.
Un linaje político e institucional radicado en el continente americano a lo largo del siglo XIX en contraste con los partidarios de monarquías constitucionales del que se hicieron eco en Mendoza un puñado de escritores públicos que tomaron partido a favor del gobierno representativo y republicano. Las razones residían en la “historia de los 14 años de la revolución”, la cual mostraba dos etapas: la comprendida hasta 1815 caracterizada por las “expectativas de todos los pueblos para defender su independencia”, y la que arrancaba en 1816 cuando el Congreso que hecho nacer la Patria no había hecho otra cosa que destruirse mutuamente. ¿Pero cuál había sido la causa de esta metamorfosis particular? Los editores del Eco de los Andes lo resolvían sin dudar: “La manía de hacer reyes, las logias y la aspiración insensata de unos cuantos hombres a ser duques y marqueses”, a la que atribuyeron el origen de la “anarquía” y el “aislamiento” de las provincias argentinas ante la ausencia de un gobierno general. Por ello, promovían la adopción de ideas liberales para edificar repúblicas conducidas por gobiernos surgidos de elecciones entre iguales, sin marcas de nacimiento sino derivadas de la virtud cívica. A su vez, la experiencia de gobernarse a sí mismas y el “espíritu de provincialismo” se había convertido en piedra de toque del estado a edificar por lo que dicho diagnóstico los conducía a proponer la reunión de piezas generales y particulares en un artefacto político de unidad inspirado en el modelo norteamericano. De modo que, si la monarquía había sido desechada, y la república representativa constituía la única opción posible, la extensión territorial de la comunidad política debía reunir los requisitos del gobierno republicano y “la fuerza exterior de la monarquía” que no dudaron asociar con el sistema federal.
* La autora es historiadora del INCIHUSA-CONICET / UNCuyo.