16 de junio de 2026 - 00:20

La decadencia no era el destino

Argentina dejó de discutir cómo administrar la decadencia y volvió a discutir cómo crecer. Ese cambio de conversación, que parece chico, es gigante. Es la diferencia entre resignarse y construir. Yo creo que las buenas noticias también merecen ser contadas. No para tapar los problemas que existen, sino porque la esperanza se construye, y para construirla hay que contarla. A pesar del helicóptero. A pesar de los pochoclos.

    En la Argentina se había roto algo mucho antes que la economía: la esperanza. Décadas de inflación, crisis y promesas incumplidas nos entrenaron para la mala noticia. Nos acostumbramos tanto a la decadencia que, casi sin darnos cuenta, dejamos de creer que las cosas podían mejorar. Los socios del Club del Helicóptero, mientras nos invitaban a comer pochoclos, apostaban a eso: a quitarnos la capacidad de imaginar un futuro distinto. No lo lograron.

    ¿Se acuerdan de lo que nos decían? Que sin emisión no se podía. Que el equilibrio fiscal era imposible. Que, si se ordenaba la economía, el país estallaba. Eran los mismos que durante veinte años quebraron la Argentina. Hoy la realidad les contesta: la inflación dejó de ser esa carrera imposible que nos corría a todos, el déficit dejó de ser una condena, el país recuperó el superávit energético, volvió a abrir mercados y las inversiones que durante décadas nos esquivaron empezaron a elegirnos. No estalló nada. Lo único que se les sostiene es el relato.

    Porque la desesperanza no es espontánea: tiene gerentes. Los que repiten que "nada cambia" y que "todos son iguales" son los que más cómodos vivían cuando nada cambiaba. Su última trinchera es el cansancio ajeno. Ya lo cantaba Discépolo hace noventa años en "Cambalache": el retrato de un país donde todo daba lo mismo, donde nadie distinguía al derecho del traidor. Noventa años después, algunos siguen necesitando ese empate moral para sobrevivir. Pero no: no es lo mismo el que ordena que el que fundió. No es lo mismo el que dice la verdad que el que vive del relato. No todos somos iguales.

    ¿Falta mucho? Muchísimo. Sería ingenuo pensar que décadas de frustraciones se revierten en un abrir y cerrar de ojos. Pero sería deshonesto negar lo evidente: Argentina dejó de discutir cómo administrar la decadencia y volvió a discutir cómo crecer. Ese cambio de conversación, que parece chico, es gigante. Es la diferencia entre resignarse y construir.

    Tomo un solo dato. Hace días, UNICEF confirmó que más de un millón de chicos argentinos salieron de la pobreza en el último año. Esa noticia no es una isla: es el síntoma de algo más grande. Detrás de cada indicador que mejora hay personas. Hogares donde volvió a haber cena completa. Comerciantes que volvieron a planificar. Jóvenes que dejaron de mirar el pasaporte como única salida. La macroeconomía es un medio; el fin es cambiarle la vida a la gente.

    Y Mendoza tiene mucho por ganar. Nuestra provincia vive del trabajo, la producción y el esfuerzo de su gente. La minería, el petróleo, la vitivinicultura, el turismo y la economía del conocimiento tienen hoy, por fin, un país que premia al que invierte, produce y genera empleo en lugar de castigarlo. Los mendocinos sabemos de qué se trata: convertimos un desierto en un oasis. Capacidad nos sobró siempre; lo que nos faltaba era un Estado que dejara de ponernos palos en la rueda.

    Yo creo que las buenas noticias también merecen ser contadas. No para tapar los problemas que existen, sino porque la esperanza se construye, y para construirla hay que contarla. A pesar del helicóptero. A pesar de los pochoclos.

    La decadencia era el destino que nos escribieron otros. La esperanza es lo que estamos escribiendo nosotros.

    * El autor es diputado Nacional de La Libertad Avanza por la provincia de Mendoza.

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