23 de marzo de 2013 - 21:54

En el séptimo día, lo que triunfó fue el pragmatismo

Crónica de siete días que conmovieron al cristinismo cuando un Papa de origen argentino hizo trastabillar todas las certezas adquiridas, pero que al final, como en un milagro, otras certezas remplazaron a las perdidas, en particular aquella de que para co

En el primer día, un rayo tronó en los cielos y en la tierra se dividieron las voluntades hasta que por fin, al cabo de largas deliberaciones sobre el más acá y el más allá, el humo blanco escribió para sorpresa del pueblo creyente el nombre del elegido.

Y se hizo la voluntad de la mayoría porque así debía ser. Y festejaron entonces los allí reunidos y se lamentaron otros, muy lejos de allí, porque esa voluntad no era la suya. Y se dijeron desgraciados estos últimos. Y se dijeron faltos de fortuna. Pero en la confusión de aquel primer día no tuvieron la sabiduría de ocultar sus sentimientos. Y ése fue el principio de los nuevos tiempos.

En el segundo día, el elegido predicó la austeridad y la humildad y dio ejemplo de ello en acto y palabra, y vio que estaba bien y que en la Tierra los ecos de su voz alcanzaban los rincones más lejanos. Y se vio también aquel segundo día que en el fin del mundo el desconcierto de algunos trocaba en cálculo y el escarnio en elogio, y cundía entre el rebaño de los descreídos un desconcierto aún mayor porque el infierno de antes era ahora cielo. Y llegó la noche de aquella jornada, con más confusión que certezas entre la grey dividida.

Al día siguiente, el tercero bajo el cielo de Roma, arreciaron los vendavales del odio y la descalificación y el elegido tropezó, pero no cayó. Y se alzaron sobre la Tierra las voces en su defensa y ladraron también, acusadores, los portadores de un viejo encono. Y se ensanchó frente a los pies de los descreídos del fin del mundo una grieta profunda. Y a esa grieta se la llamó duda y la duda sembró el reino.

Pasó una noche más y con el nuevo día llegó la palabra misericordia y llegó también la palabra pobreza. Palabras olvidadas en el lenguaje del hombre o caídas en desuso. Y una multitud en la plaza escuchó estas palabras de boca del elegido y supo que algo, quizá, había cambiado.

Y entonces el elegido explicó los porqués de su nuevo nombre mientras lejos de allí, desde lo alto, la orden se hizo escuchar como un rugido: el elegido debe ser nuestro elegido: también por él debemos ir. Y terminó así el cuarto día y todos miraron alrededor y vieron que, hasta allí, la cosa no iba tan mal. Y por un momento en el fin del mundo se acalló, obediente, la furia de los descreídos.

Al amanecer del quinto día, el cielo se abrió sobre la ciudad eterna y la visitante del fin del mundo se hizo presente. Y con ella algunos creyentes entre los descreídos. Y todo fue espera y anticipación de lo que sería en el sexto día. Y la duda, como antes la oscuridad, se hizo a un lado definitivamente y en su lugar reinó una nueva certeza. Nunca hubo confrontación, no la había ahora ni debía haberla jamás. El reino puede ser torpe, pero no es tonto.

Y llegó el sexto día y se encontraron y hablaron, compartieron el pan y el vino, y hubo sonrisas y gestos y armonía. La disputa de los puros moría a los pies del pragmatismo. Y la visitante consideró que lo que estaba hecho estaba bien y la emoción cubrió su rostro. Y se hizo la noche y con el amanecer del séptimo día otra vez la luz brilló y un nuevo nombre ocupó el trono de Pedro. En ese día, la visitante comprobó además que el elegido se quedaría en Roma.

Y se dijo y repitió que Roma, después de todo, está lejos de su reino. Y que la imagen multiplicada de su encuentro diría de ahí en adelante mucho más que mil palabras. Y así terminó el día séptimo. Y el cristinismo miró alrededor y sonrió.

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