9 de febrero de 2013 - 23:40

De saqueos, escraches y riesgos de anarquía

A pesar de que algunos políticos argentinos persistan en reconstruir prácticas autoritarias, el principal problema de la Argentina post-2001 no es el autoritarismo sino el riesgo de que renazca la anarquía: que la sociedad vuelva a descreer de todos los p

Aunque uno disienta con muchas de las políticas que aplicaron desde 2002 a la fecha, primero en forma incipiente el duhaldismo y luego de modo persistente el kirchnerismo, hay una con la que difícilmente alguien pueda disentir: la política que reconstruyó la autoridad política o que, al menos, detuvo la brutal crisis de representación de principios de este siglo, quizá la más profunda de la nación argentina desde 1820.
 
Pero haber detenido esta crisis no implica haberla eliminado porque la misma prosigue subyacente en el interior o el inconsciente de la gran mayoría de los argentinos. Desconocer esta realidad es ser políticamente suicida.

En 2001/2 la sociedad dejó de creer en la política como forma de representación pública pero no pudo (con "que se vayan todos") hallar alguna forma sustituta. La anarquía ("ausencia de Estado o de poder público") se apoderó cultural y estructuralmente de los argentinos y nadie sabe hasta cuándo ni con qué grado de profundidad sigue esta enfermedad inserta en el interior del cuerpo social del país.

Cuando Duhalde toleró, permitió o autorizó la represión en las calles para evitar el renacimiento del caos debido al asesinato por parte de la policía de dos manifestantes, debió anticipar su renuncia.

Néstor Kirchner en su presidencia toleró toda forma de ocupación callejera al aprender de Duhalde que reprimir era imposible y por eso trató de conducir o integrar los manifestantes con métodos no convencionales. Logró así formalmente reconstruir la autoridad política pero el peligro siguió latente.

En 2008 cuando el kirchnerismo comenzó a perder legitimidad por sus torpezas políticas -sobre todo por su delirante respuesta-ataque a las protestas agrarias- fue lo que quedaba de la oposición política quien ofreció una alternativa al renacer de la anarquía.
 
Pero cuando la oposición, premiada por el pueblo con su triunfo en las legislativas de 2009, demostró su incapacidad hasta para ser oposición, fue el renacer de la legitimidad de Cristina Fernández -que la llevó a su impresionante triunfo electoral de 2011- la que contuvo otra vez los peligros anárquicos.

Sin embargo, ahora estamos en un momento complejo, que no se parece a ninguno de los citados. El gobierno cae mucho y rápido en los porcentajes de aprobación popular pero se da la paradoja (propia de una sociedad donde la anarquía sigue existiendo aunque oculta) que ni un solo punto de desaprobación oficialista suma a las arcas opositoras.

El cristinismo se consuela pensando que mientras nadie sume lo que éste coyunturalmente resta, tarde o temprano recuperará lo perdido porque no hay nadie más que el gobierno. Pero no se da cuenta de que eso es mucho más peligroso que si lo que éste resta, otro sector político lo sumara, porque en esta situación lo que se empieza a cuestionar socialmente es nuevamente a "toda" autoridad política, a la autoridad en sí misma, puesto que lo que no cae en alguna alternativa no se queda mansamente esperando la recuperación del gobierno sino que alimenta los riesgos del desgobierno.
 
Que las legítimas protestas populares del 13S y el 8N no se canalicen políticamente o que las agresiones tipo Kicillof amenacen con proseguir pese al repudio casi unánime de toda la élite dirigencial (oficialista u opositora), son cosas que no deberían alegrar a nadie en la Argentina, pero al que menos debería alegrar es al gobierno, que es el principal responsable de conducir políticamente los destinos del país.

Y sobre todo a este gobierno en particular que no acepta compartir con nadie, ni siquiera mínima o simbólicamente, la conducción. Por lo tanto, así como todos le ponen en su crédito haber recuperado la autoridad política, si ella comienza a perderse, la culpa principal será enteramente suya.

 El cristinismo no criminaliza la protesta como intentó hacer Duhalde ni busca integrarla o cooptarla como intentó Néstor Kirchner, sino que lo que hace es politizarla, en el mal sentido del término. Y así, politizando mal pone en riesgo, paradojalmente, a la mismísima autoridad política.

La única herramienta que usa es la de intentar la división de todos aquellos que se le enfrentan, que en general no son enemigos reales sino inventados por su propia intolerancia. Así, politizando mal, despolitiza aún más a una sociedad muy descreída de la política, por muchas y en general comprensibles razones .

No escuchan los gobernantes ninguna crítica porque a todas les atribuyen intencionalidad destituyente, entonces, ante cada crítica que se les hace, duplican lo criticado (a eso lo llaman "ir por más" o "por todo") creyendo que si los critican no es porque algo hayan hecho mal sino porque no avanzaron lo suficiente en lo criticado. Los críticos siempre son malintencionados, destituyentes o manipulados por los golpistas. No hay críticos buenos. Criticar al gobierno maravilloso es ser enemigo de la patria.

Por otro lado, los desesperados que cometen saqueos en supermercados son meros delincuentes manipulados por golpistas y los que escrachan son gorilas manejados por periodistas ultragorilas.

Aún así, está muy bien que la Presidenta salga a pedir cordura a los que cometen tales actos, pero la pena es que lo hace porque los agredidos son los suyos, cuando jamás pidió cordura para calmar a los suyos cuando se dieron los lujos -empezando por ella misma- de todas las agresiones posibles contra todos los enemigos posibles.

Es que en su particular lógica, cuando los suyos agreden es porque están haciendo la revolución, pero cuando los otros agreden es porque son destituyentes (y aunque no agredan también lo son, simplemente porque son los "otros"; puro razonamiento ideologista de facción).

En vez de calmar todas las agresiones, porque todas son malas, desde lo más alto del poder político se las estimula o se las censura según convenga. Esto, en algún momento, pasa a tener más costos que réditos para el oficialismo, porque mientras siga diferenciando entre agresiones buenas y malas seguirá creando el caldo de cultivo para que ambas -las "buenas" oficialistas y las "malas" opositoras- se multipliquen incrementando las broncas mutuas.
 
Ésa es la consecuencia de quien jamás deploró una agresión de los propios, con lo cual las sigue estimulando, y a la vez jamás dejó de deplorar una agresión hacia los suyos, con lo cual también estimula a éstas.

Este gobierno se siente muy democrático porque no reprime a los que no piensan como él -lo cual está muy bien-, pero a la vez cree que todos lo que no piensan como él no son democráticos sino golpistas solapados, lo cual está muy mal. En realidad un gobierno es plenamente democrático cuando, además de tolerar al que piensa distinto, también cree que los pensamientos distintos son tan democráticos como el propio.

Eso el cristinismo no lo acepta, la democracia para éste llega como máximo a la aceptación de las diferencias por resignación, jamás por convicción. No se cree en la autenticidad democrática de las ideas ajenas, simplemente se las tolera. Es que cuando se hace del conflicto permanente la principal política de Estado, todo aumento del mismo se lo ve positivo; por eso si no hay conflicto se lo inventa. Pero eso le sirve al gobierno mientras el que gesta los principales conflictos es el mismo gobierno.

Sin embargo, si se le empieza a responder con la misma moneda, el conflicto deviene un búmeran. Entonces allí, un gobierno acostumbrado a gritar, retar y amonestar a todo el mundo, no tiene la menor tolerancia cuando lo gritan o lo agreden. El tolerante acepta con tolerancia el agravio, en cambio al intolerante y agraviante -ése que goza con el agravio propio- se le hace más insoportable que a nadie que se lo agravie a él.

Para el cristinismo las agresiones a los suyos son por venganza mientras que las agresiones de los suyos son por justicia, por lo cual lo que le hicieron a Kicillof y Boudou es la venganza contra la justicia.

Es cierto que los saqueos como los escraches son siempre indefendibles y repudiables, los cometan quienes los cometieran y por las razones que fueran, pero no se puede decir que ocurren porque los que los hacen son borregos manipulados por una mano oculta.

Primero, porque es falso; segundo, porque creerse esa falsedad es políticamente peligroso. Es minimizar los riesgos de la anarquía creyendo que lo único que hay son conspiraciones planificadas, ignorando así las broncas reales, ésas que nadie maneja.

Si durante años se buscó generar el conflicto y la división social debido a que un grupo de iluminados creyó que tensar la cuerda de los enfrentamientos en vez de atemperarlos era hacer la revolución, después quejarse porque en vez de la revolución lo que aparece es lo peor de todos nosotros, es, cuanto menos, hipócrita y además no sirve de nada, porque se seguirá saqueando y escrachando aunque todos los dirigentes y comunicadores, incluso los "opositores", digan que está mal.
 
Es que si los dirigentes no tienen prudencia y hacen del agravio una política, menos se puede pedir prudencia a los dirigidos cuando estos reaccionan tan mal como los dirigentes, aunque la experiencia indica que los de abajo aprenden más rápido de sus propios errores que los de arriba. En ese sentido cabe la esperanza de que la anarquía no vuelva a renacer, aunque hoy la gran mayoría de la sociedad no simpatice con ninguna opción política.

En síntesis, está muy bien indignarse contra todos los saqueos y escraches, porque los hagan quien los hiciera y por las razones que los hicieran, siempre está mal hacerlos, pero la santa indignación que no busque causas y no proponga soluciones, que se quede en la mera arenga moralina acerca de lo que está bien y lo que está mal, en el fondo suena a lavado de manos o a mera impotencia. Muy poco para quien se precie de ser dirigente y entonces busque conducir en vez de sólo amonestar o comentar.

LAS MAS LEIDAS