Temazo para el diván y la sobremesa... ¿Por qué nos deprimimos tanto los domingos?

El 70% de los adultos sufre o ha sufrido el famoso agobio dominguero. Por qué está estrechamente conectado con los vínculos en la niñez. Los lunes y la ansiedad frente al mundo real.

Temazo para el diván y la sobremesa... ¿Por qué nos deprimimos tanto los domingos?
La desazón dominguera (para algunos trivial y para otros severa) termina siendo la punta de un iceberg en cuyo fondo yacen las vicisitudes de la biografía personal.

Felipe, el entrañable amigo de Mafalda, era tímido y soñador. Tan bondadoso como enamoradizo, llevaba –a su pesar– una carga sobre sus hombros: ir a la escuela. Ya, los domingos por la tarde, varias horas antes de los lunes de timbre, maestra y tareas, su vida se tornaba sombría. El pobre Felipe también intuía que, a la misma hora, una legión de otros niños repartidos en muchas casas lo acompañaba en su penuria dominical.

Algunas estadísticas sugieren que el 70% de los adultos sufre o sufrió de alguna forma este agobio del crepúsculo dominguero, que aunque no forme parte de la nosología psiquiátrica es, sin duda, un hecho comprobable. Estos datos nos obligan a buscar el hilo conductor que une a aquel colegial tristón con el adulto de hoy.

Los fines de semana son momentos regresivos que facilitan el contacto con los vínculos primarios (padres, hermanos) o quienes los representan en la adultez (pareja, amigos).

A primera vista, resulta sencillo decir que, tras un fin semana divertido o al menos reparador, cualquiera puede sentir pereza por retomar sus obligaciones. Sin embargo, los fines de semana son mucho más que pausa y descanso. Lo son a lo largo de toda la vida, pero, particularmente en la niñez, momentos regresivos permitidos que facilitan el contacto con los vínculos primarios (padres, hermanos) o con quienes los representan en la adultez (pareja, amigos).

Por eso, la depresión del domingo, que reconoce varias causas, es para muchos un signo de ansiedad frente a la separación.

Para otros más desventurados, el fin de semana es encierro y refugio. Necesitan de la reparación y seguridad que les proporciona su aislamiento defensivo. Personas solitarias que prefieren estar en su mundo interior y para quienes el domingo por la noche trae el penoso esfuerzo de salirse de sí mismos.

La ecuación placer/displacer expresa en estas noches bastante más que descanso/trabajo. Con la caída del sol del domingo, para muchos aparecen los fantasmas de una vida con pocos logros, apenas disimulados por la evasión del fin de semana.

Para muchos, la depresión de los domingos es un signo de ansiedad frente a la separación y el desafío de reconectar el lunes con el mundo real.

Pero sea cual fuere el motivo profundo que los retiene en casa, todos (grandes y chicos, felices o tristes) enfrentarán el lunes el mismo desafío: el mundo real, donde los espera el otro. Y este es el punto central de la discusión: la relación que se logra con el afuera y con los demás es una imagen reveladora que muestra en cada uno –como una suerte de radiografía de la interioridad– la autoestima, la fortaleza o debilidad de los vínculos primarios, la capacidad para tolerar incertidumbres y frustraciones, y el lugar que imaginamos para nosotros en el mundo.

Es así como esta desazón de los domingos (para algunos trivial y para otros severa) termina siendo la punta de un iceberg en cuyo fondo yacen las vicisitudes de los procesos de separación e individuación.

Chinos y húngaros evitan decir lunes y lo llaman “primer día”. Los portugueses y árabes van más lejos: lo llaman “segundo día”, tal vez, para darse un envión. Aunque la Biblia no aclara si era o no lunes aquel fatídico día en que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, es fácil suponerlo. Desde entonces, levantarse temprano para la escuela o el trabajo es mucho más que desperezarse: es decidirse a librar una batalla personal.

* Médico psiquiatra y psicoanalista. phorvat@fibertel.com.ar Contenido exclusivo para Rumbos.

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