A propósito del reciente fallecimiento del escritor y pensador Rolando Concatti, quería recordar la presentación en el Museo Municipal de Arte Moderno, en 2006, de su última novela, “El tiempo diablo del Santos Guayama”. Y así como en aquella oportunidad, hoy también quiero destacar, a modo de homenaje, las características de la obra que nos ha dejado.
La intención es hablar del escritor, mendocino, lujanino, dueño de una fina sensibilidad, que encontró fortaleza en el afecto y fue capaz de transmitirnos las sensaciones que provocan la profundidad del silencio, la luminosidad de la mirada, la paz hallada en lo cotidiano, la soledad que deja la angustia, la emoción que despiertan en nosotros los hijos.
Una breve recorrida por la trayectoria del autor: Nuestra opción por el peronismo, en 1970; La economía argentina en la incertidumbre, en 1976, y Crisis y alternativas para fin de siglo, en 1979. Muchas veces hemos sentido que la realidad supera la ficción y nuestra historia parece tener numerosos sucesos que son una verdadera novela: Nos habíamos jugado tanto, de 1997, Que está de olvido y siempre gris, de 2000 y El tiempo diablo del Santos Guayama son tres obras de matices diferentes, pero comparten un modo de ver la historia, un modo de ver lo que nos pasó, un modo distinto de construir la memoria. Fue así como Rolando se nutrió de una parte de la historia mendocina para formular sus textos y nos permite a los lectores la reconstrucción de un pasado que nos es propio.
De las tres novelas, destaco El tiempo “Diablo del Santo Guayama”. Su origen fue un estudio sobre el bandolerismo social en Mendoza y sobre los levantamientos laguneros en Guanacache, investigación que el autor realizó para una publicación en la revista “Alternativa Latinoamericana”. Este trabajo lo acercó a la zona de las lagunas donde pudo certificar, con asombro, la inexistencia del apellido Guayama en el cementerio, la presencia de un San Roque, criollo, a quien los habitantes de aquel lugar identifican con Guayama. Curiosidad, asombro, percepción, sumados a una atenta imaginación y a una cuidadosa indagación histórica, permitieron el surgimiento de la novela. Así, el texto proyecta relaciones muy cercanas a sucesos reales. Es que la investigación del autor sobre el pasado mendocino y sobre el personaje en particular le permitió documentarse de tal modo que el mundo textual se presenta con estrechas relaciones de semejanzas al pasado histórico de la provincia. La finalidad de la obra es destacar la figura enigmática del personaje a través de la focalización de un narrador que sabe lo que todavía no ha contado la historia oficial y de completar pormenores, ajustes, como un modo de rellenar huecos que los documentos han dejado. Guayama se inscribe, históricamente, como un personaje sin remedio, bandido, traidor, salteador de caminos, sin posibilidad de cambio y, literariamente, a través de la novela se conoce a un ser capaz de confiar, de enamorarse, de llorar por amor, de hastiarse, además de defender sus ideales. Es un personaje cuya identidad se logra no solo a través de sus cualidades sino también de su conducta.
Con un estilo claro, sin ostentaciones lingüísticas pero con impecable precisión en la adjetivación, la narración logra por momentos conmover al lector. La imaginación, la creatividad se transforman en aliadas para esto. Rolando nos ofrece con esta obra la libertad de poder plantearnos el cómo fue Santos Guayama y sus circunstancias.
En un mundo que nos empuja a concebir todo, hasta nuestra cultura, de manera globalizada, en un espacio donde lo nuestro parece perder valor a cada instante, la obra de Concatti nos vuelve la mirada hacia lo nuestro, hacia lo que nos pertenece, a nuestra historia, a nuestros personajes, a nuestras nostalgias, a nuestras sensaciones, a nuestros recuerdos, porque encontró en la literatura otro modo de decir verdades que nos llevan a reflexionar sobre nuestro pasado y sobre nuestra identidad.