Mis compañeras de la universidad y yo íbamos a la tienda y luego cocinábamos juntas. El único alimento en que nos poníamos de acuerdo era el elote, así que comíamos mucho elote. Mi mamá me habla periódicamente para advertirme con tonos sombríos: “¿Sabes por qué se extinguieron los incas?” Las críticas de mi mamá contra el maíz me dejaban con un profundo temor de ser parte de una civilización que, sin saberlo, practicaba conductas que la llevarían a su extinción.
Lástima para el Partido Republicano, que no tuvo a mi mamá para mantenerlo por el buen camino. Quizá no se nos hubiera puesto apocalíptico, convirtiéndose en la primera civilización de la historia moderna en descender por la espiral de los incas, aztecas y mayas. Resulta que los mayas tenían razón al predecir que el mundo acabaría en 2012. Sólo que se trata de un mundo selecto: el universo republicano de hombres blancos, arrogantes, estirados, mandones, retrógrados y que se sienten con todos los derechos.
Otra tribu más que se desvanece al luchar contra las corrientes culturales y demográficas de la historia. Algún día será el tema de un programa especial de National Geographic o de una película de Mel Gibson, en la que los arqueólogos armarán los fragmentos de lo que era esa tribu, de dónde vino y qué le sucedió. Los expertos rebuscarán en las ruinas de la Biblioteca Presidencial Reagan, los casquillos de la escopeta de Dick Cheney, los jeroglíficos del monitoreo de encuestas ORCA, los restos de los triunfalistas berrinches de Dick Morris en Fox News, las fotos deslavadas de Clint Eastwood y una silla vacía y los trozos de una antigua cinta en la que un hombre alto y tieso, su nombre olvidado desde hace mucho tiempo, rechina los dientes contra el 47% de gorrones y los “regalos” que reciben.
En lugar de viruela, plagas, sequías o conquistadores, la extinción de los republicanos se encontrará en su terca negativa a adaptarse a un mundo en el que también cuentan los pobres, los enfermos, los negros, los cafés, las mujeres y los gays. Como observara el historiador Will Durant: “Una gran civilización no se conquista desde afuera hasta que no se haya destruido a sí misma desde adentro”.
El margen de victoria del presidente Barack Obama se está ampliando conforme se cuentan más votos. Él no sólo derrotó a Mitt Romney: lo sigue derrotando. Pero otro indicio de la negativa de la vieja guardia llegó hace dos viernes, un mes después de la elección. Ese día, el equipo de Romney anunció con gran bullicio que en las últimas semanas de la campaña había contabilizado 85,9 millones de dólares, por lo que sus trabajos de recaudación de fondos fueron “los más exitosos en la historia del Partido Republicano”. ¿De qué se sigue jactando la campaña de Romney? No se puede celebrar en un funeral. Váyanse y aprendan a manejar cifras en internet.
Fuera del reino amurallado republicano de la negativa y las ilusiones, todos los demás pudieron ver que el otrora inteligente y despiadado partido se comportó de una forma tan obtusa y obsoleta que significó su caída. Los republicanos pusieron a un candidato que a nadie le caía bien y que nadie entendía; llevó a cabo una campaña que a nadie le gustó y que nadie entendió. Una campaña animada por la idea de que los siervos indolentes y ambiciosos deben ser reprimidos, aunque eso signifique levantar barreras para no dejarlos votar.
Aunque Stuart Stevens, el estratega de Romney, ahora dice que Mitt “captó la imaginación de millones” y se condujo “con su elegancia natural”, había muy pocas posibilidades de que el torpe megamillonario llegara a ser presidente. Y aun así, cosa rara, los republicanos siguen patidifusos por su pérdida, aferrándose a clavos ardiendo como el huracán Sandy para explicar su derrota.
Algunos representantes republicanos siguen tratando de luchar con el presidente a propósito del despeñadero fiscal. Romney vaga aturdido, sin el cabello perfectamente aplacado. Y sus asesores de campaña siguen expresando su asombro de que una campaña, una convención y un candidato desastrosos, así como la falta de familiaridad con lo que Stevens llama despectivamente “tecnologías rápidas”, puedan desembocar en la derrota.
¿Quién se habría podido imaginar que los negros iban a salir a apoyar al primer presidente negro? ¿Quién habría pensado que las mujeres se apartarían del partido que quiere someterlas a sondeos transvaginales? ¿Quién habría pensado que los gays trabajarían en contra de un partido que los trata como personas inmorales y subhumanas? ¿Quién se habría imaginado que los jóvenes abandonarían a un partido que desdeña la ciencia y tiraniza en cuestiones sociales? ¿Quién hubiera pensado que los latinos despreciarían a un partido que espera que ellos terminen sus quehaceres y se autodeporten?
Los republicanos actúan tan sorprendidos como la alta sociedad del Sur superada por los aventureros yanquis en “Gone with the Wind”. Como dice el panegírico de la película: “Aquí fue la última vez en que serían vistos los caballeros y sus nobles damas, el amo y el esclavo. Búsquenlos ahora sólo en los libros, pues eso no es más que un sueño que se recuerda, una civilización que se la llevó el viento”.