Si usted está leyendo esto, probablemente no sea zarandeado por oleadas de terror físico todos los días. Quizá tema quedarse sin empleo o sufrir una pérdida emocional, pero lo más seguro es que no tema que alguien le vaya a rebanar la garganta o que una pandilla invada su casa a la hora de la cena, llevándose a su familia y sus bienes. Damos por sentado un nivel básico de orden.
Pero hay miles de millones de personas que viven en un paisaje emocional muy diferente, envueltas por un terror oculto. Mucha de esta gente vive en el mundo en desarrollo.
Cuando enviamos a jóvenes a ayudar a esas regiones, les decimos que van ahí a combatir la “pobreza”, usando ese término económico con el que nos sentimos cómodos. Por lo general suponemos que la escasez es el gran desafío que debemos enfrentar. Los enviamos a abrir pozos, a llevar mosquiteros, a distribuir alimentos y dinero y, por supuesto, eso es un magnífico trabajo.
Pero como señalan Gary A. Haugen y Víctor Boutros en su apasionante y revelador libro, “El efecto langosta”, esos lugares no solamente están luchando contra la pobreza. También se caracterizan por el desorden, la violencia y otros sufrimientos infligidos por el hombre.
“La implacable amenaza de violencia es parte del subtexto básico de su vida, pero es poco probable que nosotros lo veamos, como también es poco probable que ellos nos hablen de eso. Haríamos bien, empero, en no dejarnos engañar pues, como el dolor, aquello que no podemos ver quizá sea la parte más profunda de su día”.
En muchas partes del mundo, la gente simplemente vive más allá del aparato de la ley y el orden. El distrito de Columbia gasta unos 850 dólares anuales por persona en policía. En Bangladesh, el gobierno gasta menos de 1,50 dólar anual por persona en policía. La policía simplemente nunca llega.
En Estados Unidos hay un fiscal por cada 12.000 ciudadanos. En Malawi hay un fiscal por cada 1,5 millón de ciudadanos. Los fiscales simplemente nunca llegan.
Aunque esté establecido un sistema jurídico, éste no siempre está diseñado para imponer la ley y el orden en el pueblo. Más bien existe para proteger al régimen del pueblo. Las personas con influencias quieren un sistema judicial que pueda venderse y comprarse.
Haugen y Boutros relatan el caso de una niña peruana de ocho años de edad llamada Yuri. Su cuerpo fue encontrado una mañana en la calle, el cráneo destrozado, las piernas atadas con cables y la ropa interior en los tobillos. La evidencia señalaba a un miembro de una de las familias más ricas del pueblo, por lo que la policía y los fiscales la destruyeron. Su ropa desapareció. Una muestra de esperma, que hubiera servido para identificar al autor de los hechos, fue descartada. Un colchón ensangrentado fue rebanado en su tercera parte para poder eliminar una mancha de sangre.
La familia de Yuri quería encontrar a su asesino pero no podían pagarle al fiscal, así que no se hizo nada. La familia vendió todo su ganado para contratar abogados, pero estos sólo tomaron el dinero y abandonaron el caso. Ese tipo de sucesos son completamente típicos, producto de un sistema jurídico que oscila entre lo arbitrario y lo kafkiano.
En el mundo del dinero vivimos al otro lado de un gran umbral global. Nuestra seguridad fundamental fue establecida por nuestros ancestros. Tendemos a asumir que los problemas básicos de la política y la economía y que las injusticias del mundo, pueden resolverse con palancas económicas. Cuando se derrumban los imperios, como la Unión Soviética, enviamos economistas con planes de privatización en lugar de enviar policías para crear un Estado de derecho. Y cuando una autocracia de matones invade a su vecino, lo único que se nos ocurre es aplicar sanciones económicas.
Pero la gente que no tiene nuestras instituciones y vive del otro lado del umbral tiene una realidad muy diferente. Vive dentro del contagio del caos. Vive donde la realidad básica está formada por violencia, robo e incertidumbre radical. Su mundo está gobernado menos por incentivos económicos de largo plazo y más por el puro pavor. En un mundo sin instituciones funcionales, la conducta depredadora y las pasiones de dominación y sometimiento ocultan la lógica económica.
El problema primario de la política no es crear crecimiento, es crear orden. Hasta que no se logre eso, la vida puede ser horrible, brutal y corta.
Haugen es presidente de una organización de derechos humanos llamada Misión de Justicia Internacional, la cual trata de ayudar a establecer instituciones de ley en todo el mundo. Una virtud de este grupo es que mira al mal a los ojos y ayuda a la gente a enfrentarse a los matones, grandes y pequeños, que actúan de una manera cruelmente depredadora con quienes los rodean. No todas las organizaciones asistenciales están preparadas para hacer esto, para enfrentarse a una conducta humana elemental cuando ésta se da sin las limitaciones de una ley efectiva. Es más fácil evitar esa realidad, buscar sólo los momentos gratos del día.
La capacitación policíaca quizá no sea tan edificante como algunas de las demás historias que atraen las donaciones de los filántropos pero en todas las sociedades, el orden tiene que arrancarse de la explotación. A menos que se dome a la crueldad, la pobreza seguirá existiendo.