Paren que el señor quiere bajarse; no aguanta tanta tensión. Prefiere sufrir con una novela de esas coreanas que hoy inundan la televisión argentina (¡ahora quiero bajarme yo!) en vez de seguir el clásico maipucino.
Paren que el señor quiere bajarse; no aguanta tanta tensión. Prefiere sufrir con una novela de esas coreanas que hoy inundan la televisión argentina (¡ahora quiero bajarme yo!) en vez de seguir el clásico maipucino.
Porque si Gordillo va a rematar afuera un centro de Gatto, con todo el arco a su disposición, ¡no se puede, viejo! O si el propio “9”, ese que abrió el marcador un rato antes desde los doce pasos, falla tras un centro bajo desde la derecha, hay malos augurios. “No se puede errar tanto”, lanzaba al aire un muchacho mientras se peinaba los últimos rastros de lo que alguna vez pudo ser una frondosa cabellera.
Fueron 45 minutos de buen rendimiento, rompiendo por un lado, por el otro, atosigando en la salida al visitante y ni así pudo irse al descanso con una ventaja mayor que el 1-0. Ese resultado eran apenas monedas para la enorme inversión que había realizado el "Cruzado" durante la primera mitad.
Quienes estuvieron en cancha del "Celeste", hace un mes atrás, dicen que fue exactamente el mismo primer tiempo. Claro, esta vez cambió el protagonista principal.
Gutiérrez, con uno menos desde el fatídico minuto 22, cuando Andrada le cometió penal a Gatto y vio la roja, se aferraba a la esperanza y a la escasa puntería de su rival. Abaurre desarmaba lo pensado en la semana para armar una defensa rota y el medio sufría la desventaja numérica.
Fue el tiempo de Fernández y su enorme sentido de ubicación. El “5” volvió a demostrar que está recuperando la confianza y es referencia para cada uno de sus compañeros a la hora de jugar.
Gordillo, intratable como extremo, fue un dolor de cabeza para Orué (por derecha) y Vizaguirre (por izquierda). Cada vez que decidió encarar, terminó lanzando peligrosos centros que no fueron bien capitalizados por sus compañeros.

Abaurre leyó los errores del primer tiempo y desde el banco lanzó un mensaje que cambió el complemento y el partido. “Nadie se entrega; no estamos muertos”, pareció decir con las modificaciones. Adentro González y Linares. Del 4-4-2 al 4-1-4. Sin escalas. “A la carga, barracas”.
La derrota lo dejaba fuera de toda chance de ascenso y el DT sabía que debía jugarse las últimas fichas. Y Maipú acusó el golpe. Se desordenó y dejó de ser ese equipo arrollador. Se volvió tibio. Ya no llegó con tanta claridad y apenas complicó con algún pelotazo cruzado para Gordillo. La salida de Amaya fue clave para que el “Celeste” recuperara el control del juego.
Creció Vélez en la zona media y sus compañeros empezaron a mostrarse para la descarga. A pesar de estar al borde del nocaut (durante varios pasajes del encuentro), Gutiérrez confirmó su coraje y encontró el premio mayor en un pelotazo cruzado que Moreno no pudo despejar y que permitió a Orué lanzar un centro al segundo palo. Pucheta no logró sacar el balón del área y Linares pasó por caja y firmó la factura.
A esa altura la garganta estaba muda, el corazón partido y los brazos caídos. Otra vez se le escapaba al “Cruzado” un partido donde hizo todos los méritos para quedárselo. No hay caso, en el historial, en esta categoría, manda el “Celeste”. Habrá que mirar el vaso medio lleno. Se zafó del descenso y la próxima temporada habrá revancha.