¡Los robots ya llegaron y se dice que quieren arrebatarnos nuestro empleo, nuestra vida y probablemente también a nuestro perrito!
¡Los robots ya llegaron y se dice que quieren arrebatarnos nuestro empleo, nuestra vida y probablemente también a nuestro perrito!
Un informe alarmista del programa “60 Minutes” fue la más vívida de una reciente serie de reportajes, en revistas y medios informativos respetables, que advierten el desplazamiento generalizado de los trabajadores.
Profesores de la Universidad de Cambridge y uno de los fundadores de Skype van a crear el Centro de Estudios de Riesgos Existenciales, que investigaría la posibilidad de que se realice el libreto de “Terminator”, en el que las súper computadoras se sublevan y destruyen a sus amos humanos, presuntamente tramando todos sus ardides en ceros y unos.
Tan solo en Nueva York hay cuatro obras que se presentan este mes con el tema de la cibernética fuera de control. Una de ellas es la reposición de “R.U.R.”, obra del checo Karel Capek de 1920, que fue el abuelo del género de máquinas rebeldes y que originó el significado moderno de la palabra “robot”.
La ansiedad por los androides tiene una larga historia. John Maynard Keynes escribió del “desempleo tecnológico” durante la gran depresión. Durante la revolución industrial, los trabajadores descontentos -entre ellos los luditas originales- destrozaron los telares y las trilladoras automáticas que les habían “robado” su trabajo. En el siglo XV, los escribas protestaron por la imprenta, con un celo inútil rivalizado quizá solo por los periodistas contemporáneos.
Ya Aristóteles había predicho que la automatización nos libraría de la necesidad de trabajar, observando que si “la lanzadera tejiera y el plectro tocara la lira sin mano que los guiara, los capataces no querrían sirvientes ni los amos, esclavos”.
A lo largo del siglo XX, los escritores de ciencia ficción establecieron los criterios de la cultura popular sobre la tiranía tecnológica. Entre los más sonados está “Piano Player”, obra de 1952 de Kurt Vonnegut, sobre un futuro disfuncional en el que la mecanización ha desplazado a las clases bajas y asignado la riqueza del mundo a los ingenieros y gerentes.
Incluso podríamos fechar el origen de esta línea literaria al Golem de Praga, la leyenda judía del siglo XVI sobre un autómata de arcilla que acaba destruyendo a quien estaba destinado a proteger. Esta historia también gozó de una reciente reposición en el distrito teatral de Nueva York.
Hay algo casi freudiano en estos terrores por la dominación de las máquinas, que prevén que la tecnología que prohijamos se levantará en nuestra contra, volviéndonos obsoletos o incluso extintos.
No está del todo claro, empero, qué es lo que suscita estos miedos, que parecen surgir tanto en buenos tiempos económicos como en malos. Podría ser la aceleración real del cambio tecnológico. Pero Andreas Bauer, funcionario de la Federación Internacional de Robótica y ejecutivo de una empresa alemana de robótica, asegura que tales miedos son desconocidos en las economías modernas de Japón y de Europa, igualmente mecanizadas.
En Japón, indica, a la gente le gustan los robots antropomórficos que producen escalofríos a los estadounidenses. Las fábricas en Alemania organizan fastuosos eventos de relaciones públicas para anunciar sus inversiones en automatización, cosa que los empresarios norteamericanos no se atreverían a divulgar.
La mano de obra también está más protegida en esos otros países desarrollados, lo que dificulta despedir trabajadores cuando se implementan procesos de manufactura más eficientes. De hecho, en Japón, por ejemplo, los contratos laborales siempre han prohibido despedir obreros desplazados por la automatización. En los años ochenta, los economistas atribuyeron a esas cláusulas contractuales la productividad de la manufactura japonesa, pues los obreros tenían incentivos para proponer medidas que incrementaran la eficiencia.
En retrospectiva, los miedos al cambio tecnológico parecen tontos, dado que la automatización ha elevado el nivel de vida y hecho que las jornadas de trabajo sean más seguras y más cortas. Por ejemplo, en 1900, cuando casi la mitad de la fuerza de trabajo en Estados Unidos estaba dedicada a la agotadora agricultura, el trabajador promedio registraba unas 2.300 horas al año, según Joel Mokyr, historiador económico de la Universidad Northwestern. Hoy esa cifra ha bajado a 1.800 (de creerle a “Los Supersónicos”, para 2062 estaremos trabajando solo dos horas a la semana; Keynes tenía previsiones similares).
Aun así, la destrucción creativa es sin duda dolorosa. A lo largo de la historia, los hijos de los trabajadores desplazados se han beneficiado de la mecanización, pero el obrero desplazado por lo general queda obsoleto de manera permanente.
“Todo invento que haya habido ha hecho que alguien pierda su empleo”, advierte Mokyr. “En una buena sociedad, cuando esto ocurre, al trabajador desplazado le dan unos palos de golf y un departamento en Florida. En una sociedad mala, lo ponen en asistencia pública para que tenga lo suficiente para no morir de hambre, pero eso es todo”.
Erik Brynjolfsson, profesor de economía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y uno de los autores del libro “Race Against the Machine”, sostiene que ya hemos llegado a un punto de inflexión en el crecimiento de la productividad. Se necesitó un costoso equipo de capital para revolucionar la agricultura y la manufactura. El costo marginal de las tecnologías (software, etcétera) que están produciendo el aumento de eficiencia más reciente es casi cero. Cualquier trabajo que pueda reducirse a un algoritmo será automatizado, provocando el desplazamiento de trabajadores en todo tipo de industrias, como el menudeo y la radiología.
Eso no quiere decir que no habrá nuevos empleos para llenar el hueco. Apenas podemos imaginar las industrias y ocupaciones que florecerán cuando se ajuste la economía, tal y como los pensadores del siglo pasado no pudieron concebir a los expertos en nano física o los consultores de medios sociales de la actualidad. El problema, por supuesto, es capacitar a los trabajadores al ritmo necesario para que ocupen los nuevos papeles, que requieren mayores calificaciones.
Un optimista como Mokyr puede decir que la economía de hecho se esmera en escalar los programas de capacitación precisamente cuando más los necesitamos. Después de todo, el choque tecnológico que afectó la manufactura y la gestión de oficinas ahora se está infiltrando en la enseñanza: con los cursos en línea, un experto puede enseñarle a 60.000 estudiantes a la vez, en lugar de los 60 ante los que Mokyr pronunció su conferencia el martes.
A Mokyr no le preocupa lo que esto signifique para su propia subsistencia, a pesar de los despidos masivos que avances cibernéticos similares han provocado prácticamente en todas las industrias que ha estudiado.
“La tecnología podría desplazarme pero de todos modos no pueden despedirme”, afirma. “Soy titular de la cátedra”.