De pronto episodios que siempre han existido en los centros urbanos -como el arrebato de una cartera o el robo de un automóvil-, desatan una histeria colectiva que, reflejada en los medios masivos de comunicación, tiñe la realidad de un engañoso tono monocromático.
En estos días, la polémica por los llamados "linchamientos" de delincuentes por parte de vecinos violentos, atraviesa el debate político y facilita el oportunismo de quienes miran el fenómeno desde afuera, lo comentan, y no se sienten responsables de nada. Hasta la Presidenta de la Nación, máxima administradora de los recursos pero también de las funciones del Estado, se sumó con aquellas características al coro de pontífices.
Cristina Fernández habló en cadena nacional sobre los que cometen esos delitos que alarman a la sociedad. Señaló que "cuando alguien siente que su vida no vale más de dos pesos para el resto, tampoco le podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos".
Lo notable es que lo dijo después de casi once años de tomar decisiones en un gobierno que publicita, como una de sus virtudes, fomentar la inclusión social.
El fallecido politólogo alemán nacionalizado chileno Norbert Lechner tiene entre sus investigaciones notables una referida a los miedos como problema político, que bien puede aproximarse a lo que está de moda hoy en Argentina. Se pregunta Lechner: "¿Qué percibe la gente como una amenaza vital?" Y se responde: "En primer lugar toda amenaza a la integridad física (asesinato, tortura, asalto) y luego lo que pone en peligro las condiciones materiales de vida (pobreza, desocupación, inflación, etc.). Pero junto a los miedos visibles existen miedos ocultos, apenas verbalizados".
Luego de analizar otros aspectos vinculados, el autor señala: "Visto así, el miedo explícito a la delincuencia no es más que un modo de expresar otros miedos silenciados: miedo no sólo a la muerte y a la miseria sino también, y probablemente, ante todo miedo a una vida sin sentido, despojada de raíces, desprovista de futuro".
Nada más directamente relacionado con la política, que debe proponer a la sociedad caminos de verdadera realización y esperanza y no sólo relatos contradictorios. El enfoque es válido para toda la dirigencia política y proyecta una línea de continuidad en la concepción de un Estado presente y contenedor.
La política doméstica, más superficial y menos trascendente, transcurre sin embargo por otros ejes. Como muestra alcanza la interminable exposición que hizo el jueves pasado el jefe de Gabinete en Diputados. Hubo muchas palabras, pocas respuestas y una promesa que sí resulta de interés para los trabajadores. Después de haber negado esa posibilidad horas antes, Jorge Capitanich dijo que el Gobierno está dispuesto a estudiar un aumento del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias.
La cuestión es clave para que gran parte del incremento salarial que se obtenga en paritarias no pierda su valor por ese tributo. El cambio de posición oficial apunta a bajar una bandera a las motivaciones del paro general que los gremios opositores, encabezados por Hugo Moyano, anuncian para el próximo jueves.
Un desafío
El Gobierno está "en operaciones" y en las horas que restan aumentará las presiones para reducir la efectividad de la medida de fuerza. Varios empresarios ya han recibido llamadas en las que se les sugiere acordar paritarias antes del jueves y, en otros casos, como en los transportes, se los conmina a prestar los servicios con personal alternativo.
La orden es no escatimar esfuerzos para romper la huelga, porque en la Casa Rosada evalúan que la imagen de un país paralizado tendría un efecto político difícil de remontar. Funcionarios del área económica, que hablan con ejecutivos de empresas, han comentado que la Presidenta está convencida de que el clima de inquietud y conflicto cambiará notablemente en pocas semanas. Ella imagina que cuando comiencen a ingresar los dólares por la excepcional cosecha de soja, más algunas medidas en preparación que alentarán otra vez el consumo interno, la gente modificará su percepción negativa de la realidad.
Cristina confía en que ese cambio de clima resignificará su gestión y le permitirá encarar el final de su mandato sin que se haga evidente y dolorosa la natural pérdida de poder que sufre un gobierno en retirada.
A eso apuesta, aunque el costo de las contradicciones sea políticamente alto.