“No pueden tener tantas canciones buenas”, dice un reconocido colaborador de este suplemento con la cara empapada, mientras el campo del Luna Park es una caldera humana a los pies de un
“No pueden tener tantas canciones buenas”, dice un reconocido colaborador de este suplemento con la cara empapada, mientras el campo del Luna Park es una caldera humana a los pies de un
Jarvis Coker
hiperkinético e infernal. Para nosotros, para el público argentino, es una primera vez. El onírico encuentro en vivo con la banda que amplió los '90’s desde ese subgénero llamado brit-pop. O que nos amplió y punto. Las canciones de Pulp son aquí y ahora emanaciones de felicidad, siluetas de fina belleza. Y también un pacto nostálgico con ese regodeo tan profundamente pop: si ciertas historias pueden ser mostradas de una forma tan esbelta, qué mejor que entender la vida como una gran actuación.
El inicio
El show empezó con mayúsculas en led y un crescendo de ansiedad intencional, provocado por esas frases que encendieron el escenario del Luna ( "Esto es emocionante"; "¿Están listos?"; "¿De verdad?"; ¿Lo hacemos?"; "¿Sí o no?"). Claro que el despegue, con “Do you Remember the First Time?”, pedal de reencuentro para esta banda que volvió a reunirse luego de casi una década de separación, para nosotros habría de cobrar doble sentido. Sí, es nuestra primera vez con Pulp y claro que vamos a recordar a este Jarvis lanzando chocolatines desde el escenario porteño, convidando porrón y diciendo en español-argentino: “Sacarle el jugo”, “esta es la verdad de la milanesa”.
Hay parejas que no paran de besarse. Una lluvia milagrosa de agua embotellada. El público transpira una danza que pisotea cualquier paso del tiempo, pero también cada uno baila con su pasado, con la primera vez que puso play a “His’n’Hers” (el disparo del éxito de Pulp) y se quedó pasmado.
Un gran hormiguero nos devuelve al 21 del 11 de 2012 porque Jarvis, que ya tiene la camisa empapada, se contorsiona, se cuelga de un cable, se para en el centro y mueve la pelvis como jamás otro hipster podrá hacerlo y “Underwear” y “This is hardcore” estallan en estética y caliente continuidad.
Termina en el piso. Y ya sabemos que ese espasmo entre susurros e histrionismo es lo primero en lo que vamos a coincidir con los amigos que acompañen la cerveza a la salida. Pero para eso falta, porque no vamos a dejarlos ir tan rápido. Porque luego del paseo ineludible por “Different class”, luego de las coreadas “Something Changed” y “Disco 2000”, el cuerpo pide a gritos que Jarvis Cocker, Candida Doyle, Nick Banks, Steve Mackey, Mark Webber y el reciente Leo Abrahams nos arrojen al pogo febril en “Common People”. Aquí, donde la chica del tema sería una careta insufrible, en esta ciudad donde la gente hace nidos para dormir en los umbrales, bajo de los puentes, donde los comunes han tenido que sacrificar ahorros porque la entrada al recital costaba casi 500, igual nos hacemos eco y reventamos en aplausos.
No, no los vamos a dejar ir fácilmente. Viene la arenga y el primer bis. Regresan los lasers a dibujarnos las caras agotadas y sonrientes y se encienden de nuevo las perillas del sonido del Luna Park (que no es muy bueno, hay que decirlo) para meternos en la banda sonora de “Trainspotting” con “Mile End” hasta pretender saciarnos con “Mis-Shapes”.
Pero no, tras el apagón nadie se mueve. El campo aplaude, grita. Es nuestra primera vez, punto. Y cuando vuelven, ya los músicos literalmente largan la toalla que les acaban de poner al cuello. Megáfono en mano, el frontman de 49 introduce “Party Hard”, y por efecto la noche queda ahí, suspendida en una obscena y eterna juventud.