Jorge Drexler vuelve a Mendoza: "Sentí que tenía que tomar decisiones sobre quién soy"
A ocho años de su última visita, el músico uruguayo regresa a Mendoza para presentar Taracá, un disco atravesado por la duda, el tiempo y la necesidad de “estar acá".
Jorge Drexler vuelve para presentar su nuevo disco.
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Manuel Velez
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“Tengo los lentes de sol puestos porque tengo una luz de frente” dice sonriendoJorge Drexler al inicio de la charla por zoom con Los Andes, ante su presentación en Mendoza. Efectivamente, el brillo de un reflector se deja ver en los vidrios oscuros que ocultan su mirada, pero que no son óbice para traslucir su calidez.
El regreso de Jorge Drexler a Mendoza, previsto para el 10 de abril en el Arena Maipú, a las 22, y cuyas entradas pueden adquirirse por Ticketek.com.ar, no es una escala más dentro de una gira internacional, sino el punto de partida de un recorrido que, al menos en su dimensión simbólica, representa una etapa particular de su vida y de su obra, en la que las certezas ceden terreno a las dudas casi existenciales que no buscan necesariamente una respuesta, sino que funcionan como motor creativo y, también, como forma de posicionarse ante el paso del tiempo.
No es un dato menor que hayan pasado varios años desde su última presentación en la provincia, un territorio al que el músico no solo asocia con su trayectoria artística sino también con una memoria personal que incluye temporadas en Las Leñas, viajes en auto y experiencias iniciáticas que, aunque puedan parecer anecdóticas, forman parte de ese entramado biográfico que en Drexler suele filtrarse de manera sutil en sus composiciones.
Jorge Drexler
Jorge Drexler vuelve para presentar su nuevo disco.
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"Taracá", el disco que lanzó hace apenas unas semanas y que va a estar presentando en Mendoza, es un trabajo que, más que consolidar una línea estética lo desplaza de los trabajos anteriores tanto desde su estructura como en su tono. El propio Drexler lo reconoce como un álbum atravesado por la duda, en el que las preguntas no solo se manifiestan de manera explícita en varias de sus canciones, sino que además organizan el sentido general de la obra. Sin dudas, este disco está atravesado por un momento de transformación vital profunda.
La muerte de sus padres, la llegada a los 60 años y el hecho de haber cumplido tres décadas viviendo en Madrid constituyen una serie de hitos que no solo marcan el paso del tiempo, sino que lo obligan, según explica en la entrevista, a una reconfiguración de su propia identidad, que, en el plano artístico, se traduce en una lírica más abierta y más porosa, lejos del Drexler racional y analítico de aquella antológica charla TED, “Poesía, Música ¿y algoritmos?” en la que con una coordinación prodigiosa asombró al público explicando el patrón rítmico 3-3-2 de la milonga.
El tambor chico del candombe y el nombre del nuevo disco
El título del disco, lejos de responder a una elección arbitraria, condensa buena parte de estas tensiones, ya que “Taracá” funciona simultáneamente como una onomatopeya vinculada al patrón rítmico del tambor chico del candombe, como un juego fonético que remite a la expresión “estar acá” y como un neologismo que, en su propia construcción, sugiere la posibilidad de un sentido en movimiento.
Esa noción de “estar acá” se vincula con la necesidad de habitar el presente en un momento en el que las coordenadas personales se encuentran en redefinición, lo que explica, en parte, la decisión del artista de trabajar con productores considerablemente más jóvenes, provenientes de escenas musicales diversas, en un gesto que no solo amplía el campo sonoro del disco, sino que también introduce una dimensión colectiva que contrasta con la figura del cantautor, diluyendo los límites de la autoría en favor de un proceso más abierto y colaborativo.
El concierto en Mendoza se presenta como algo más que la puesta en escena de un nuevo repertorio, ya que funciona como una instancia en la que las preguntas y las búsquedas internas encuentran un espacio de circulación que excede el formato del disco, y abren la puerta para que el músico y el público reconfirguren aquellas respuestas de manera conjunta en un encuentro que, como siempre, termina siendo inolvidable.
Jorge Drexler
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Lejos de la comodidad que podría ofrecerle una trayectoria consolidada, el músico uruguayo elige, una vez más, el camino menos previsible, apostando por una obra que no se propone confirmar lo ya sabido, sino explorar aquello que todavía permanece en suspenso, en un gesto que, más que una estrategia, parece responder a una necesidad genuina de seguir interrogando el mundo y, en ese movimiento, redefinir también su lugar dentro de él.
Por eso mismo, esta entrevista con Los Andes fue más que una formalidad de promoción del espectáculo, fue entrar al mundo interno del artista que generosamente él abrió para responder preguntas no tanto acerca del disco como de aquellos resortes internos que motivaron cada verso y cada fraseo musical que le dio sentido.
Embed - "En el fondo, todo se reduce a amar y ser amado". Jorge Drexler habló vía Zoom con Los Andes
— ¿Por qué pasó tanto tiempo para que volvieras?
—La verdad es que no sabría decirte. He tenido la suerte de que en los últimos años el trabajo ha crecido en muchos lados, entonces tengo mi familia y mis hijos en Madrid, y me cuesta siempre irme más de dos o tres semanas de viaje. Además viajo con una banda de gente de Madrid; en este concierto seremos ocho arriba del escenario más un equipo técnico muy numeroso. A veces se consigue llegar a los lugares y a veces no. Desde luego, lo que sí te puedo decir es que no es por falta de ganas, porque tengo un recuerdo de Mendoza maravilloso de todas las veces que fui, desde antes de irme a España, cuando pasaba por Las Leñas. Tuve contratado un tiempo para tocar en Las Leñas. Fue la primera vez que intenté esquiar y casi me mato por intentarlo. Los uruguayos no tenemos ni montaña ni nieve, es como un saudí haciendo surf, no tenés dónde practicar.
—Empecemos por el nombre. ¿Qué significa “Taracá”?
—Uno va conociendo el disco cuando ya lo soltó. “Taracá” tiene una bisagra en el medio, porque se pueden cambiar las sílabas, pero en realidad es “taracá” porque tiene sentido de “estar acá”, de estar en el presente. Un nombre puede ser un capricho o puede anticipar elementos del disco, y este pertenece a ese grupo. Para empezar, es una palabra muy rítmica, que ya da una pauta de que el disco no va a ser estático. También es la onomatopeya que describe el patrón rítmico del tambor chico, uno de los tres tambores del candombe, al que le dedico una canción. Es un tambor que da un golpe con la mano y dos con el palo: “taracá, taracá”. Además, quise acercarme con respeto al candombe, que es un hecho cultural muy importante en la cultura afrouruguaya, con códigos éticos y espirituales muy marcados. Le pregunté a gente del género qué les parecía la onomatopeya, y Facundo Balta me dijo que le sonaba a “estar acá”. Yo no me había dado cuenta de eso, y a partir de ahí reescribí una parte de la canción desde ese concepto. El candombe es un ritmo de trance, se toca hacia adentro, en un estado casi meditativo. Por otro lado, es un nombre con todas las letras A, que es la vocal más directa, la que no ofrece resistencia al aire. El disco empezó siendo muy procesado y terminó siendo más directo, más crudo. Y, por último, es un neologismo. Me gusta inventar palabras.
—Escuchando el disco, siento que hay más preguntas que certezas. ¿Puede ser?
—Estoy completamente de acuerdo. Es un disco con muchas preguntas; de hecho, hay tres canciones con signo de interrogación. Creo que es un disco de crisis, entendido retroactivamente. Tiene que ver con un cambio de etapa: es el primer disco que hago sin mis padres, está dedicado a mi padre. Así como “Frontera” fue el primero que hice con un hijo, este llega en un momento en que paso de ser hijo y padre a ser solo padre. Cumplí 60 años y 30 en Madrid al mismo tiempo, dos efemérides muy potentes. Sentí que tenía que tomar decisiones sobre quién soy. Hay una idea en el disco sobre el GPS que indica que te estás alejando, y me di cuenta de que quizás era yo el que se estaba alejando. Eso me dio miedo y volví hacia atrás, pero no desde la seguridad, sino para trabajar con gente muy joven: productores de 20 y pico. Es un disco muy colectivo.
Jorge Drexler
Jorge Drexler vuelve para presentar su nuevo disco.
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—Se siente como si algunas canciones respondieran a otras. Por ejemplo, “¿Cómo se ama?” y “Te llevo tatuada”.
—Sí, es interesante. “¿Cómo se ama?” plantea una duda que todos tuvimos alguna vez: qué le pasa al otro cuando siente algo que uno no está sintiendo. “Te llevo tatuada” es una canción de amor eterno, de alguien que ya está en vos de cualquier manera, pase lo que pase. Incluso dice “no en la piel, pero mucho más adentro”. No había percibido ese vínculo entre las dos canciones y me acabas de hacer un regalo con esa lectura. También veo “¿Cómo se ama?” como parte de una familia con “Amar y ser amado”, que no explica el cómo, pero sí el porqué. En el fondo, todo se reduce a eso: amar y ser amado.
—Saliendo del plano romántico, también aparece la inteligencia artificial en el disco. ¿Cómo te relacionás con eso?
—Soy bastante inconsciente en ese sentido, porque hay mucho temor con la inteligencia artificial, con razón, por el gasto de recursos y la concentración de poder económico. Pero también la veo como una especie de biblioteca total, como la que imaginaba Borges: todos los libros escritos por la humanidad contenidos en una sola entidad. Me recuerda a esa idea del Aleph, de una entidad que lo contiene todo. Me da envidia, incluso, pensar en tener ese nivel de conocimiento. Aunque también sería abrumador tener todos los libros del mundo en la cabeza al mismo tiempo.
—¿En “Cuando cantaba Morente” hay una mezcla de sonoridades que incluye guitarras cuyanas?
—Sí, y me alegra que lo notes. El vínculo entre las guitarras de la milonga y las guitarras cuyanas es muy claro. Ambas usan la guitarra como un instrumento orquestal. Tuve dudas de incluir esa canción porque Morente no es muy conocido en Uruguay, pero para mí representa la valentía artística, la combinación entre tradición e innovación. Cuando él cantaba, lograba algo muy fuerte: canalizaba el dolor y hacía que uno dejara de sentirlo. Era como un pararrayos emocional.
—La frase “la gente pasa, pero las palabras quedan” es impactante. ¿Qué lugar ocupan hoy las palabras para vos?
—Ese texto lo escribí en 2017 como un poema. Mucho tiempo después le puse música. Había una parte que no me convencía porque sonaba demasiado aleccionadora, y no me gusta dar consejos en las canciones. Entonces encontré la solución en que esa voz no fuera la mía, sino una especie de coro, como en la tragedia griega. En Uruguay, esa función la cumple la murga, que es la voz del pueblo. Pensé especialmente en Falta y Resto, una murga con gente de todas las edades, que puede representar a la sociedad. Ahí esa voz sí puede decir “usemos las palabras, busquemos sutileza”. El resto de la canción es un homenaje al poder de la palabra, a su capacidad de crear sentido, de ordenar el mundo. Está dedicada a mi padre, que tenía una fe muy grande en las palabras y en los libros.
El improbable talento de mezclar ciencia, algoritmos y amor
Jorge Drexler nació en Montevideo en 1964 y su recorrido artístico no siguió un camino convencional. Antes de dedicarse por completo a la música, estudió medicina y ejerció como médico, una formación que dejó una marca clara en su manera de escribir: en sus canciones hay observación, análisis y una tendencia a pensar lo humano como un sistema complejo, incluso cuando habla de amor.
A mediados de los 90, su carrera dio un giro cuando Joaquín Sabina lo escuchó en Uruguay y lo impulsó a instalarse en Madrid. Desde entonces, construyó una obra que combina la tradición rioplatense con búsquedas contemporáneas, ampliando su alcance sin perder identidad.
Jorge Drexler
Jorge Drexler vuelve para presentar su nuevo disco.
Manuel Velez
El reconocimiento internacional llegó en 2005 con el Oscar a Mejor Canción Original por “Al otro lado del río”, de Diarios de motocicleta, un hito que consolidó su proyección global. A partir de ahí, su discografía se volvió cada vez más conceptual, con canciones que no solo cuentan historias sino que también proponen ideas.
En ese cruce aparece una de sus marcas más singulares: la capacidad de integrar pensamiento científico y emoción. En “Todo se transforma”, la noción de cambio permanente funciona como una forma de explicar los vínculos; en “Transporte”, el movimiento y la conexión organizan el relato; y en “La trama y el desenlace”, el amor se presenta casi como una estructura que se arma y se desarma.