6 de abril de 2013 - 21:09

¿Pueden llegar los pobres a la universidad?

Un interesante análisis acerca de los esfuerzos que se están haciendo en los Estados Unidos para que los estudiantes de menores recursos accedan a las universidades de élite. Para comparar con nuestra realidad, que, por variadas razones, tampoco se muestr

Los paquetes llegaron por correo en octubre a estudiantes que estaban en su último año de bachillerato. Consistían en coloridas carpetas de acordeón con unas 75 hojas. Las hojas contenían información sobre universidades: normas de admisión, índices de graduación y políticas de ayuda financiera.

Los estudiantes que recibieron los paquetes eran de grandes logros académicos pero de bajos ingresos y participaban en un experimento al azar. Las investigadoras que enviaron los paquetes querían determinar si la mayoría de los estudiantes pobres no asistían a universidades selectas porque no querían o porque no sabían que podían.

Ya tenemos los resultados y éstos indican que la información básica puede aumentar sustancialmente el número de estudiantes de bajos ingresos que soliciten ingreso, asistan y se gradúen de las mejores universidades.

Entre un grupo de estudiantes de bajos ingresos con la puntuación académica necesaria para asistir a las mejores universidades -pero que no recibieron los paquetes de información-, solo 30% obtuvo la admisión en una universidad a la altura de sus calificaciones académicas. Entre un grupo similar de estudiantes que sí recibieron el paquete, 54% obtuvo la admisión, según las investigadoras Caroline M. Hoxby, de Stanford, y Sarah E. Turner, de la Universidad de Virginia.

David Coleman, presidente de la Junta Universitaria, me dijo que consideraba que los resultados eran tan convincentes que se necesitaría hacer cambios en su organización, que lleva a cabo los exámenes de aptitud académica: "No podemos quedarnos cruzados de brazos mientras los estudiantes, en especial los de bajos ingresos, se salen del camino y no buscan las oportunidades que se han ganado", indicó. La junta pronto podría empezar a enviar su propia versión de la información del experimento.

Este experimento es parte de una reciente ola de interés por la falta de diversidad socioeconómica en las principales universidades. Coleman, que asumió la presidencia de la Junta Universitaria el año pasado, aseguró que su máxima prioridad era ampliar las oportunidades.
 
Otro estudio reciente de Hoxby y Christopher Avery, de Harvard, encontró que muchos estudiantes de bajos ingresos tenían las calificaciones necesarias en bachillerato para asistir a algunas de las 238 universidades más selectivas del país, pero que no solicitaron su ingreso. Y la Corte Suprema pronto podría restringir la acción afirmativa basada en la raza, lo que presionaría a las universidades para tratar de basarse más bien en la clase.

En conjunto, estos acontecimientos representan una prueba para ver si las universidades realmente quieren decir lo que dicen cuando hablan de la meritocracia y la diversidad.

Los funcionarios universitarios han mencionado desde hace mucho tiempo la diversidad económica como meta. Algunas universidades, como Harvard y en especial Amherst, de hecho han incrementado significativamente sus números de estudiantes de bajos ingresos. Pero en las universidades de élite, el cuerpo estudiantil -aunque diverso en sentido geográfico, étnico y religioso- sigue dominado por los estudiantes pudientes.

Las nuevas investigaciones muestran que existe un elevado número de adolescentes de bajos ingresos talentosos y preparados. Y muchos de ellos querrán asistir a universidades selectas una vez que conozcan sus opciones.

Hoxby y Turner diseñaron los 40.000 paquetes de información que enviaron -así como el material de seguimiento- como una versión adaptada y de bajo costo de la asesoría universitaria que los estudiantes de altos ingresos dan por descontada. Los paquetes señalaban los plazos para presentar la solicitud y las calificaciones de los estudiantes en diferentes universidades. Los estudiantes también recibieron cupones que los eximieron de la cuota de solicitud, lo cual tuvo un efecto particularmente grande. "Queríamos que los estudiantes encontraran las escuelas por sí mismos", explicó Hoxby.

Quizá lo más importante es que los paquetes presentaban una serie de tablas que dejaban muy claro que la universidad no siempre es tan costosa como temen muchos estudiantes y padres. Las universidades selectas muchas veces cuestan menos para los estudiantes de bajos ingresos que las locales, pues tienen los recursos para ofrecer mejores becas.

Por ejemplo, en los planteles menos selectivos del sistema de la Universidad de Wisconsin, el costo promedio anual neto por un año de colegiaturas, habitación, comidas y otras cuotas en 2010-2011 fue de casi 10.000 dólares para las familias con un ingreso inferior a los 30.000 dólares anuales, explicó Turner. En el plantel principal de Madison, en cambio, el costo neto equivalente fue de 6.000 dólares. Y en Harvard, esos estudiantes solo pagan 1.300 dólares al año.

Dadas las historias de horror tan mencionadas sobre las deudas estudiantiles, esas comparaciones pueden ser sorprendentes para los adultos que asistieron a una universidad de élite, por no hablar de los adolescentes de 17 años que no conocen a nadie que haya ido a la universidad. No es sorprendente que los paquetes de información hayan tenido tal efecto.
 
Los estudiantes que vieron el paquete enviaron 48% más solicitudes que los del grupo de control. Tuvieron 40% más de probabilidades de presentar solicitud a una universidad a la altura de sus calificaciones académicas.

Claro, a los estudiantes de bajos ingresos que se gradúan de universidades menos selectas les va bien. El problema es que esas universidades tienden a tener un índice de graduación más bajo. Las investigaciones de William G. Bowen, Michael S. McPherson y Matthew M. Chingos señalan que incluso los mejores estudiantes de los colegios comunitarios y de universidades locales con plan de estudios de cuatro años no llegan a titularse, lo que los deja con unas perspectivas bastante disminuidas.

Tienen más probabilidades de graduarse de las mejores universidades, en mayor cantidad, que de las universidades a las que ahora asisten. Y los estudiantes más pudientes (y ligeramente menos meritorios) que desplazarían sólo bajarían un nivel en el espectro universitario, y aun así les iría muy bien. "El ligero goteo no compensaría el gran salto", indicó Hoxby.

El salto, sin embargo, es más costoso para las universidades. Hoy en día, las universidades pueden jactarse de la gran diversidad de sus estudiantes sin tener que quebrar su presupuesto de ayuda financiera. Si la Junta Universitaria y las mismas universidades se volvieran más dinámicas y creativas para reclutar estudiantes de bajos ingresos, se incrementarían las solicitudes de ayuda financiera.

Los optimistas sostienen que un mayor compromiso con la movilidad social también abriría nuevas oportunidades para recabar fondos: desde fundaciones hasta ex alumnos otrora pobres y ahora agradecidos. Anthony W. Marx, presidente de la Biblioteca Pública de Nueva York, que se puso como prioridad la diversidad económica al manejar la Universidad de Amherst, indicó que la campaña hizo que donaran más ex alumnos. Las universidades también pueden ampliar su inscripción, reduciendo el desplazamiento de solicitantes de altos ingresos, que puede ser políticamente delicado.

Empero, hay que ceder algo a cambio. Reclutar más alumnos de bajos ingresos y buen desempeño académico probablemente obligue a los planteles a gastar menos en otros rubros, sea en los edificios, los equipos deportivos o los campos académicos con poca demanda.
Empero, es difícil pensar en una forma de gastar que esté más de acuerdo con la imagen y la misión de las universidades de élite, aparte de las becas para estudiantes de bajos ingresos que han logrado superar las barreras económicas y destacar.

No hace mucho tiempo, muchas universidades de élite parecían escuelas de acabado para varones blancos, protestantes y ricos. En todos sentidos, las universidades han dado un cambio enorme. Ahora se basan mucho más en los méritos que antes. Pero todavía no son tan meritocráticas como dicen ser.

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