En 1876 con Nicolás Avellaneda llegó el ferrocarril a Tucumán, que hacía 50 años tenía industria azucarera. Se bajarían costos de producción con maquinarias que desde Europa aportarían en poco tiempo para materializar la revolución tecnológica en esa parte del país.
De 82 ingenios de madera de bajísima capacidad, 3.000 toneladas en 1877, quedaron 34 metálicos que en 1890 superaban las 70.000 toneladas.
Tucumán atrajo interesados para el negocio del azúcar. En 1875 llegó el mendocino José Federico Moreno. En el Archivo Diocesano de Mendoza, su fe de nacimiento dice:
"Nació en Mendoza el 9 de abril de 1840, "noble", hijo natural de Sixta Moreno?". En su bautismo, "hijo natural de Facundo Corbalán y de Sixta Moreno". Por una biografía de José Fierro, 1933 y de memoria oral sabemos que vino a Monteros de Tucumán donde instala un negocio, "´ una tienda."; lo alababan como sociable, "amable y educado", generoso con instituciones comunitarias. Fue benefactor de entidades de beneficencia, difusor de la educación y hasta becaba a jóvenes para estudiar. No se sabe el origen de su fortuna, amante de los viajes desde muy joven fue a Europa, y no cualquiera lo hacía en esos años. Era dueño de tierras en La Paz, Mendoza.
De ahí conocía a don Félix Aguinaga, natural de la Biskaia, y en Tucumán se relacionó con Gerardo Constanti, natural de Santiago de Compostela. Se asocian y el 7 de noviembre de 1882 (un año antes de la fundación de Los Andes) abren el ingenio Santa Lucía, 50 kilómetros al sur de la capital tucumana. Constanti y Aguinaga se retiran, quedando en 1887 José Federico Moreno como único dueño del ingenio. En esos años el cultivo, recolección e industrialización de la caña de azúcar era manual, se requerían muchos obreros que debían vivir cerca y por eso se formaron en Tucumán grandes pueblos privados alrededor de las fábricas azucareras. A los efectos oficiales, el "ingenio" era considerado como gran finca con gente viviendo adentro, con propia disciplina, normas y leyes. El santaluceño Juan Maidana, contaba:
"... mi abuelo y mi abuela jóvenes han venido de La Rioja con don Moreno en 1881. Él vivía aquí adentro de la ´anministración'´ Mandaba a los ´conchabadores' a La Rioja y Catamarca pa´que le traigan gente pa´trabajá. Si no les gustaba el trabajo no se podían volver porque don Moreno les decía: ´Trae los documentos o la papeleta' y él se los guardaba, no se podían d´ir a ningún lado sin documento... Hacía eso porque él era el patrón, se quedaban a vivir aquí, después ya venían los hijos... Vivía muy sencillo, desde el principio mi abuela ha sido la cocinera, comían él y los obreros, le pagaba 0,10 ctv por día. Tempranito mi abuela se iba a la ´anministración' y ahí don (J. F.) Moreno le daba los 10 kilos de puchero para el locro, también el maíz, el poroto, las tripas y la sal. En una piecita ahí al lado de la melaza había tachos grandes para la comida y ?tablone largo' de madera pa´que coman todos, también don Moreno".
El mendocino nunca se casó, tenía como servidores a un matrimonio del mismo origen que él. Se dedicó personalmente a la atención del ingenio. Viejos habitantes decían "...andaba a caballo por los cañaverales con breech... Vestía de blusa, poncho, sombrero de grandes alas y altas botas que le cubrían los muslos, recorría el campo...". Moreno contrató operarios franceses; los Elwart fueron mayordomo e ingeniero de las máquinas del ingenio.
Corrían tiempos de abundancia y facilidad para el crédito. José Federico, a pesar de ser rico y conocido industrial, nunca se enroló con bandería política. A Santa Lucía iban a verlo por igual los del gobierno y los opositores. No se relacionó con las familias patricias tucumanas, que tampoco lo invitaban mucho. Después de un segundo viaje a Europa, en 1900, empieza su enfermedad terminal. Cuando volvía de Buenos Aires, murió en la ciudad de Córdoba, el 10 de marzo de 1905, a la edad de 65 años. Fue sepultado en el Cementerio San Jerónimo. En 1977 admiradores tucumanos de José Federico Moreno trajeron sus restos a Tucumán.
Sabiendo su final, fue cuidadoso en su testamento, nombrando albacea al abogado tucumano Luis Beláustegui, quien ejecutó la declaración de su última voluntad: rematar la fábrica y propiedades de Santa Lucía, realizar acciones educativas, de salud y beneficencia. En 1907 el ingenio fue comprado por la Compañía Azucarera Santa Lucía, formada por las familias Avellaneda, Terán y Frías Silva. La mayor parte del dinero, m$n 539.563,87, quedó en Tucumán. Además, se hicieron tres escuelas; en San Miguel de Tucumán, en Monteros y en mi pueblo, Santa Lucía. Lo demás fue repartido a instituciones de Mendoza, Córdoba, Buenos Aires. La sala de maternidad del hospital Luis Lagomaggiore, una escuela y una arteria llevan el nombre de Moreno.