12 de abril de 2014 - 00:40

El problema es la inflación o Kicillof

El Gobierno aparece desorientado ante los postulados del ministro, que descarga la responsabilidad de la suba de precios en el sector privado, mientras los incrementos siguen firmes a pesar de los programas oficiales.

El gobierno, por las presiones de los mercados, se vio obligado a tomar algunas decisiones que no le gustaban, pero no tenían otro camino. Pero como todo aquél que se ve obligado a hacer cosas que no le gustan, lo hicieron incompleto y se corre el riesgo de volver a caer en cualquier momento en situaciones de tensión.

El eje del problema es la inflación y el personaje conflictivo es el ministro de economía, Axel Kicillof quien, después de negar la inflación, planteó que la misma no tiene nada que ver con el gasto público o el déficit fiscal, sino que es producto del afán de lucro desmedido de los empresarios.

Sobre este supuesto básico el ministro delineó una serie de medidas que corrigen parcialmente el problema pero no abordan la integralidad de la situación y, como toda cosa que se hace a medias, en corto plazo las medidas adoptadas habrán perdido efectividad.

Un paquetito sin moño

El conjunto de medidas adoptadas estuvo motivado por la presión del mercado sobre el dólar paralelo, al que al comienzo despreciaban pero sobre el que tuvieron que actuar para achicar la brecha con el oficial.

Primero, el Banco Central comenzó a acelerar las mini devaluaciones diarias y, hasta el 20 de enero había depreciado la moneda un 17%. Luego, decidieron dar un salto de otro 20% en tres días para llevarlo a 8 pesos.

Para esto, el gobierno contó con la muñeca del presidente de la entidad, Juan Carlos Fábrega que, como viejo lobo de mar en el entramado bancario, sabía dónde tocar. Así fue como se obligó a los bancos a desprenderse de los activos en dólares, limitando su capacidad de intervención en ese mercado informal.

Las decisiones tomadas fueron exitosas, toda vez que hoy tanto el “blue”, como el “contado con liqui” están más baratos que el dólar turista o aquél que se vende para atesorar.

El secreto fue, además de limitar a los bancos, subir muy fuerte la tasa de interés, de manera de absorber la mayor liquidez posible.

Así, lo que se consiguió fue el encarecimiento y la desaparición del crédito, que está complicando mucho a las empresas porque en muchos rubros la cadena de pagos está rota.

Entre la devaluación, la inflación y el crédito caro, las ventas han caído estrepitosamente. Basta repasar la situación de varios sectores: producción de automóviles -17%; construcción -5%; venta de electrodomésticos y motos -20%; créditos  -10%.

La economía está en un franco retroceso y no saben cómo salir. Ahora, con las quitas de subsidios a algunos servicios, esperan mejorar algo la situación fiscal, pero la mejora representa un 10% del gasto total, lo que significa que se gana la bronca de la gente por una mejora insignificante.

Kicillof sabe que su problema es la inflación y con su equipo están delineando una idea. Es la de conseguir financiamiento externo para reforzar las reservas y cubrir en parte el déficit.

Además, ya se aseguró una transferencia de “utilidades” del BCRA por 80.000 millones de pesos. Pero como la utilidad es contable, deberán emitir toda esa cantidad de moneda para poder usarla.

La idea genial del ministro es volver a usar al dólar como ancla contra la inflación. Es decir, dejarlo congelado en 8 pesos y aumentar los controles de precios a tal punto que aumentará la burocracia para pedir a todas las empresas que informes precios y costos, un sistema cada vez más soviético de control total.

De esta manera se evita bajar el déficit y se mantiene una política expansiva del gasto, pero esta expansión se verá reflejada en un renacer del mercado paralelo, más tarde o más temprano.

Hay que aprender las lecciones de la historia. Argentina tuvo dos períodos anteriores cuando el gobierno de turno manipuló el tipo de cambio, manteniéndolo congelado y, en ambos casos, las salidas fueron tumultuosas con devaluaciones muy bruscas.

Según el economista Tomás Bulat, el tipo de cambio es un amortiguador de crisis externas. Si sube la tasa de interés o hay cambios que impactan sobre la competitividad externa, el tipo de cambio se mueve y se adecua haciendo que los cambios externos no impacten tan fuerte como lo harían ante un tipo de cambio fijo.

La conclusión es que si se utiliza el tipo de cambio para corregir o controlar desajustes internos, el país se queda sin amortiguador ante impactos externos. Por esto es imperdonable no asumir el problema de la inflación por sus causas reales y tratar de disimular sus efectos manipulando estadísticas o tipo de cambio.

Atados por las ideas

La presidenta quiere salir pronto del cepo cambiario, porque escucha a Galuccio que le dice que los inversores no vendrán si no pueden repatriar capitales. Fábrega le dice que no se puede salir del cepo hasta que no resuelva el problema de la inflación y, mientras tanto, propone seguir con mini devaluaciones para que el tipo de cambio no se atrase ante la inflación.

Kicillof le dice que no se debe devaluar, que entre los precios cuidados y el dólar anclado controlará la inflación, que es la consecuencia de los malos empresarios y no de la emisión monetaria ni del déficit.

La presidenta está atada de pies y manos y, a corto plazo, deberá tomar decisiones. La peor de todas es decidir entre el ministro y el presidente del Banco Central, y el futuro y las expectativas de los operadores dependerán de la forma en que se defina esta puja.

La actual tranquilidad es sólo transitoria pero no pueden mantener los mercados congelados por mucho tiempo porque el estancamiento de la economía les cobrará muy duro con aumentos del desempleo. Además, el estancamiento generará caída en la recaudación y más problemas fiscales.

La presidenta deberá decidir entre la inflación y atacar sus causas, o entre Kicillof, que milita una ideología antigua basada en modelos teóricos que, cada vez que se quisieron aplicar, fracasaron.

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