Hace unos días, después del último cacerolazo, el escritor José Pablo Feinmann dio una explicación de por qué algunas personas odian a Cristina Fernández de Kirchner. En una entrevista con una señora imaginaria, el intelectual se expresó de este modo: "? Para usted, señora, es difícil tolerar a Cristina?
Creo que la odia porque encuentra en ella cosas de las que usted carece... Usted se llena de odio, de envidia y resentimiento? su mera existencia (la de Cristina) es la muestra palpable de su mediocridad (la de la señora común)? Usted la odia posiblemente porque no esté contenta con su vida. Porque no haya hecho la carrera que quiso hacer, y se dé cuenta que no tiene la inteligencia de ella, ni podría hablar en Naciones Unidas como habla ella, sin leer un solo papelito, hilando de un modo deslumbrante... o la admira o la odia".
La humanidad ha calificado con el nombre de filósofos a muchísimos pensadores a lo largo de la historia del pensamiento humano. Cuando esos pensadores eran consultados por cualquiera en su tiempo, se decía: "hablemos con el filósofo", es decir, que ya en vida se los llamaba así. Pero para ser llamado con ese mote, tanto en vida como después de la muerte, el filósofo tenía que haber ejercido un ministerio constante, manejar conceptos estructurales del pensamiento humano y haber dicho algo nuevo, o haber hecho una nueva interpretación acerca de la realidad como objeto de la inteligencia.
La pregunta entonces cae de madura: ¿por qué lo llaman filósofo a José Pablo Feinmann? No basta con tener la pose de filósofo para serlo, no basta conducir un programa del canal Encuentro. Si se lo llama así por los libros que ha escrito, tan sólo deberían nombrarlo divulgador de filosofía o profesor de filosofía, que por supuesto, no es lo mismo que ser filósofo.
Con mayor razón habrá que llamarlo de un modo distinto -por ejemplo intelectual o doctrinario ideológico- si lo que hace es fundamentar una postura política de secta partidaria.
El filósofo Feinmann -así se deja llamar él- ha querido demostrar por qué hay gente que odia a Cristina. Sus respuestas son respuestas pronunciadas desde un catecismo ideológico, no son propias de un filósofo.
Poner como únicas alternativas el admirar o el odiar a alguien es tarea de un moralista -dicho esto en un sentido estricto- y no de un filósofo. El filósofo no navega entre las aguas del bien y de mal, o por lo menos no navega sólo en estas aguas. El filósofo se pregunta y profundiza las primeras preguntas con márgenes racionales que superan la dualidad conceptual, busca entender mejor, y para ello, no acude a la expresión ligera ni a juicios pretorianos; el filósofo, cuando categoriza, lo hace para bucear en los claroscuros que hay entre el ser y la nada.
Con un lenguaje de psico-café porteño, Feinmann ha creído encontrar las razones por las cuales mucha gente no soporta a Cristina, o no soporta su discurso, su autoritarismo, su soberbia, sus ataques a la clase media. Y parte para ello de una premisa antojadiza: que a Cristina la odian...
¿Por qué no partir de una premisa más sensata o menos extrema?
¿Por qué no preguntarse sobre el por qué mucha gente está tan sólo cansada de Cristina?
Seguramente la premisa falaz con la que induce sus respuestas, la necesita para descalificar a aquellos que solamente piensan distinto a él y a su carismática e inapelable líder. Si la pregunta fuera por el cansancio de la gente hacia la Presidenta, Feinmann se vería en problemas para responder con más ingenio.
Alguien podrá refutarme diciéndome que el filósofo, como cualquier mortal, tiene necesidades biológicas y espirituales que debe satisfacer, y podrá decirme que el filósofo también se equivoca y puede tener un lapsus. En este caso, cuando Feinmann expresa su fastidio hacia la gente que piensa diferente a la Presidenta, ha tenido una necesidad fisiológica y se ha dispuesto a pensar con los intestinos, como lo hace un fanático, pero si no ha tenido un lapsus, entonces elige no actuar como filósofo porque no quiere, no sabe, no puede o no lo dejan actuar de otro modo.
Cualquiera sea la razón, no parece ser la del filósofo que busca la verdad, aún sabiendo que no la encontrará y que en esa búsqueda, acudirá a los mecanismos de la razón que más elevado lo dejen, o parafraseando a Nietzsche, se parará sobre sus propios escombros para ver un poco más allá.
Las palabras de Feinmann provienen de un militante en el sentido en que lo hace un adicto incondicional al gobierno: "quien no está conmigo está contra mí". Esta es la misma interpretación que hace del concepto de militancia el punto 26 de la agrupación fascista Falange Española: "¡La vida es milicia!".
A José Pablo Feinmann, llámenle escritor, divulgador ideológico, feligrés o aplaudidor presidencial, llámenle militante sectario de barricada partidaria, pero, por favor, no lo llamen filósofo.