16 de mayo de 2026 - 07:45

Según la psicología, las personas que crecieron entre 1960 y 1970 desarrollaron una resiliencia única ante la frustración

Investigaciones muestran que la falta de intervención adulta inmediata en los 60 fomentó un "locus de control" interno, clave para reducir la ansiedad actual.

La psicología está redescubriendo la infancia de los años sesenta bajo una nueva lente. Aquellos niños, que crecieron sin supervisión constante ni validación emocional permanente, desarrollaron una estructura interna única. Hoy, ese fenómeno se denomina "resiliencia silenciosa", un mecanismo de adaptación que les permitió gestionar crisis con una flexibilidad que las generaciones actuales parecen haber perdido.

Crecer en esa época significaba convivir con la incertidumbre sin manuales ni acompañamiento constante. La autonomía no era una opción pedagógica elegida por los padres, sino la norma básica de convivencia. Los niños atravesaban la infancia resolviendo conflictos por su cuenta, simplemente porque no había nadie diseñado para protegerlos de cada caída u obstáculo cotidiano.

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El cambio del control externo a la fortaleza interna

Este estilo de vida, que hoy podría parecer áspero o incluso desatento, cumplía una función biológica y psicológica esencial. Al caminar solos al colegio o gestionar sus propios juegos, los niños de los 60 realizaban un entrenamiento invisible. Según el psicólogo Peter Gray, la reducción de este juego libre en las décadas posteriores ha disparado los niveles de ansiedad y depresión, ya que los jóvenes pierden la oportunidad de aprender a gestionar sus propios límites sin mediación.

Uno de los pilares de esta fortaleza es el "locus de control" interno. Mientras que en los años 60 los niños sentían que tenían el control sobre lo que les ocurría porque debían actuar por sí mismos, las investigaciones de Jean Twenge señalan que hoy predomina el control externo. Muchos jóvenes perciben que su vida depende de factores ajenos, lo que elimina el amortiguador natural contra el malestar psicológico que sí desarrolló la generación anterior.

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La clave: la tolerancia a la frustración

La clave de este fenómeno es la tolerancia al malestar. Los niños de los 60 practicaban a diario el aburrimiento, la frustración y la espera sin alivio inmediato. Nadie corría a llenar sus vacíos emocionales o a resolver sus pequeñas peleas de barrio. Esa familiaridad con la incomodidad generó una capacidad de "sentirse mal" sin entrar en colapso, una herramienta que hoy resulta extremadamente rara.

Es cierto que esa época tuvo sombras profundas, como la dificultad para expresar sentimientos o la falta de espacios seguros. Sin embargo, el contraste con el presente es evidente. Al intentar proteger a los niños de cualquier frustración, se les está quitando el margen necesario para que la resiliencia aparezca. La capacidad de adaptarse no surge de la comodidad, sino de ese espacio de dificultad donde nadie interviene y el individuo debe confiar en sus propios recursos para salir fortalecido.

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