Las personas nacidas entre 1950 y 1970 atravesaron infancias muy distintas a las actuales. Según investigaciones sobre desarrollo psicológico, una de sus posibles ventajas no fue la ausencia de dificultades, sino haber tenido más espacios de autonomía, juego libre y resolución propia de problemas.
La afirmación necesita un matiz importante: no existe una superioridad generacional automática. Lo que sí aparece en estudios recientes es una relación entre la pérdida de independencia infantil y el aumento de malestar psicológico en generaciones más jóvenes.
La ventaja no era comodidad: era margen para resolver
Un artículo publicado en The Journal of Pediatrics, firmado por Peter Gray, David Lancy y David Bjorklund, plantea que la reducción de actividades independientes en niños y adolescentes pudo contribuir al deterioro del bienestar mental.
Ese trabajo sostiene que jugar, moverse y tomar pequeñas decisiones sin supervisión constante ayuda a construir una sensación clave: creer que uno puede influir sobre lo que le pasa.
En psicología, esa idea se vincula con el locus de control interno. No significa controlar todo, sino sentir que existe capacidad para actuar, probar, equivocarse y corregir.
Por qué esa generación entrenó más tolerancia a la frustración
Quienes crecieron entre los años 50, 60 y 70 solían tener más tiempo sin adultos organizando cada minuto. Eso podía incluir juegos en la calle, traslados solos, discusiones entre chicos y soluciones improvisadas.
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Ese contexto no siempre fue ideal ni necesariamente más sano. También hubo carencias, silencios emocionales y modelos de crianza duros. Pero, en muchos casos, exigía una habilidad concreta: resolver sin asistencia inmediata.
La ventaja psicológica no está en “haberla pasado mal”, sino en haber desarrollado recursos para enfrentar incomodidad, espera, errores y conflictos cotidianos.
Qué dicen los estudios de cohortes británicas
Investigaciones sobre cohortes nacidas en 1946, 1958 y 1970 muestran que el malestar psicológico cambia a lo largo de la vida y no se distribuye igual entre generaciones.
Estos estudios no prueban que todos los nacidos en esas décadas sean más fuertes, pero sí ayudan a mirar la salud mental como un fenómeno ligado al contexto histórico, social y familiar.