27 de octubre de 2012 - 22:23

El populismo y la prensa en Mendoza hace casi un siglo

El autor recuerda la mala relación que el poder político tuvo con la prensa independiente en la Mendoza lencinista. Actitudes muy similares a las que adopta el gobierno nacional actual.

En las elecciones para gobernador de la Provincia de enero de 1918, las primeras que se hicieron con elección directa según la nueva y muy avanzada Constitución de 1916, triunfó la UCR. José Néstor Lencinas, caudillo participante de la fundación del partido nacido al calor de la Revolución de 1890 y revolucionario en 1905, llegaba al gobierno para regenerar la política y las instituciones, degradadas durante medio siglo por la oligarquía conservadora. Su triunfo fue arrasador: 18.300 votos contra 12.695 de Emilio Civit. El 6 de marzo asumió el cargo.

Sus discursos, y los de sus seguidores, partían aguas en la sociedad. De un lado, la oligarquía usufructuaria del poder y los negocios; del otro, el pueblo trabajador explotado y el nuevo gobierno que venía a reparar las injusticias.

El discurso obrerista no quedó sólo en palabras. Entre otras medidas, la sanción de las leyes 731 y 732 de 1918 creaban marcos legales de protección obrera. La primera instauraba la Inspección del Trabajo y reglamentaba el trabajo de mujeres y menores; la segunda, de mayor impacto, fijaba, casi revolucionariamente para la Argentina de aquellos años, la jornada máxima de 8 horas de labor y el salario mínimo.

Sin embargo, esa legislación sólo se aplicaría a los trabajadores del sector público; los privados deberían esperar la reglamentación de la ley, casi una década después. Esta ley sirvió de base para que los gremios demandaran en numerosos conflictos su aplicación plena. Y fue recibida muy favorablemente por sectores populares que veían en Lencinas a un padre, a un intérprete de sus necesidades y sentimientos.

En otro plano, Lencinas y sus seguidores mostraron, desde su ascenso al gobierno, una faceta populista rápidamente creciente. Un líder carismático que actúa y se comunica paternalmente con el pueblo, una élite universitaria que lo acompaña y elogia, un discurso que divide la sociedad entre oligarquía y pueblo trabajador y, por último, situándose por encima de la ley, un desprecio absoluto por la institucionalidad establecida por la Constitución.

En esta dirección, y basado en el amplio apoyo electoral, Lencinas avasalló las instituciones: molesto por sus fallos, puso en comisión al Poder Judicial por decreto y reemplazó a tres ministros de la Suprema Corte de Justicia provincial; controló con legisladores propios los dos tercios del Jury de Enjuiciamiento de magistrados; negó la incorporación de legisladores de la oposición a la Cámara; deportó a periodistas críticos, y sus patotas parapoliciales y policiales infligieron castigos físicos a periodistas y gremialistas; y cometió otra larga serie de abusos.

La prensa de la época era político-partidaria. La Tarde expresaba la opinión conservadora; La Palabra la radical; La Montaña adoctrinaba en lencinismo puro, hoy lo denominaríamos ortodoxo; y El Socialista era la voz del socialismo.

Los Andes, en cambio, era el único diario propiamente moderno, independiente, autosustentable económicamente. Tenía 36 años en la calle cuando asumió Lencinas y brindaba amplia cobertura noticiosa, internacional, nacional y local, además de artículos y editoriales de opinión. Fue muy crítico de la gestión de Lencinas, quien, pese a contar con mayorías electorales crecientes, o tal vez por eso mismo, intentó definir lo que se podía leer. Para ello buscó limitar el impacto que el diario le ocasionaba.

En una entrevista concedida en Buenos Aires a La Época, Lencinas decía antes de asumir: "Mi gobierno? levantará a esa provincia del estado desastroso en que la sumieron los gobiernos anteriores. Justicia, reparación y honradez bastarán por sí solo para que eso ocurra". Y sería consecuente con el pueblo que lo votó, "llevándolo a una vida de libertad y democracia" (reproducido por La Palabra, 18-2-1918).

Nos interesa destacar aquí el modo en que Los Andes señaló las arbitrariedades y contradicciones del caudillo frente al periodismo y la libertad de prensa: "Se recordará que el ciudadano José Néstor Lencinas debutó como diputado? presentando un proyecto de ley nacional de vinos cuyo texto dimos a conocer... con un comentario elogioso que debió haber valido al novel congresista buena parte de su éxito en la elección de gobernador de Mendoza. En aquella ocasión? pronunció las siguientes palabras: ?[? ] Es muy justo que reconozca? que debo el triunfo que aquí me ha traído? al pueblo? lo debo también... al progreso de la prensa del país que, impulsando el movimiento intelectual de toda la República, ha hecho compenetrar en la conciencia nacional el conocimiento y el respeto de las instituciones, siendo ella misma una poderosa institución' [? ]'.

"Eso dijo el Sr. Lencinas desde su banca? Pero ocurre? que aquel diputado, actualmente gobernador de Mendoza, ascendido gracias a la cultura impresa en el alma popular por la propaganda periodística, ha ordenado de un modo terminante que ninguna repartición dependiente del P.E. dé informaciones a la prensa".

"El Sr. Lencinas niega la información a los diarios independientes que, como él sabe, son los más populares [creíbles] y, en consecuencia, los de mayor difusión. Es fácil comprender, entonces, que el gobernador trata [trate] de ocultar al pueblo de la provincia sus actos de magistrado. Alguna razón tendrá para ello" (Los Andes, 25-1-1919).

La posición del lencinismo fundamentalista no tiene desperdicio y cobra plena actualidad. Bajo el título de "Mandamiento radical", expresaba: "[? ] 3º - No leer ni prestar ayuda alguna a ningún diario conservador y menos a La Nación, La Prensa, La Razón y Los Andes, órganos mercenarios, chismosos y embusteros que están vendidos al oro de las empresas extranjeras, que explotan al trabajador argentino y pretenden mandar en el país [? ] 5º- Apoyar y defender al gobierno del Dr. Lencinas, único gobierno radical que de verdad no paga coimas a los periodistas..." (La Montaña, 13-3-1919).

A casi 100 años de este recordatorio, la historia enseña que la cultura cívica sigue ausente y el respeto a las instituciones también; y que los argentinos estamos más cerca de la condición de súbditos que de ciudadanos.

Al poder político siempre le molesta el control, pero si es un personalismo populista, todo se exacerba y se avanza como sea contra la única voz de los que no tienen voz: la prensa libre, independiente de los gobernantes.

No quisiera que las generaciones de jóvenes y niños terminen parafraseando nuestro Himno Nacional y canten: "Sean eternos los populismos que supimos (¿?) conseguir".

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