26 de diciembre de 2012 - 00:54

El populismo, ante un año de prueba

"El populismo debería radicalizarse. Uno de los problemas del populismo es que no era sustentable, ya que no podía apropiarse de factores de renta importantes. Esto es lo que cambió. Un proceso de estas características necesariamente debería profundizarse. Ganada la batalla cultural contra los medios y con un posible triunfo electoral en ciernes, no tenés límites".

"Es una cuestión de razonamiento; es lo que nos dice la realidad económica porque si la inflación fuera ésa que pretenden, de 25 o 26%, el país estallaría por los aires".

Cuando, en mayo de 2011, el entonces viceministro de Economía y actual presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de Diputados, Roberto Feletti, pronunció la frase de más arriba, algunos se preguntaban si eran sólo palabras suyas. En todo caso, Cristina Fernández de Kirchner (CFK) no lo desautorizó y cinco meses después fue reelecta por el más amplio margen registrado en una elección presidencial en la historia argentina.

Aún antes de iniciar su segundo mandato, sin embargo, la Presidenta admitió cosas que había ocultado en los meses previos: los dólares escaseaban, por lo que impuso el cepo cambiario y trabas al comercio exterior; la cuenta de subsidios ya era insoportable y se anunció un "retiro gradual" de los mismos. La importación de combustibles orillaba los U$S 10.000 millones anuales lo que dio pie, pocos meses después, a la reestatización de la mayoría de YPF.

Lo que la Presidenta no admitió entonces ni después es algo que subyace a todos esos problemas, una inflación no sólo alta, sino también creciente, que cerrará el año a un ritmo superior al 25% anual y que proyecta superar en 2013 la barrera del 30 por ciento.

Por eso la segunda frase en la cabeza de esta nota, con la que la presidenta respondió en setiembre a una estudiante al abrir la "Cátedra Argentina" en la universidad de Georgetown, también tiene visos de premonitoria. Tres meses después fue prácticamente confirmada por una ola de saqueos en Bariloche, Rosario y el conurbano bonaerense, con reverberaciones en Tucumán y riesgo de "contagio" en casi toda la geografía del país.

Es obvio que los saqueos tienen más de un ingrediente: no se niega aquí la existencia de líderes "organizadores" (coordinados o no entre sí), ni el hábito delictivo de algunos participantes, ni que hay más motivos que la pura "necesidad". Se subraya en cambio el hilo conductor de la inflación, en un marco recesivo y de estancamiento del empleo. Una hipótesis mucho más amplia que la pavloviana reacción del jefe de Gabinete que inmediatamente acusó al jefe de la CGT opositora, Hugo Moyano, invirtiendo la carga de la prueba y exigiéndole que pruebe su inocencia.

No es casual que, así como en 1996 los primeros piquetes en reclamo de empleo ocurrieron en Cutral Co, una localidad afectada por la pérdida de fuentes de trabajo asociada a la privatización de YPF, la reciente ola de saqueos se haya iniciado en Bariloche donde, como destaca la socióloga Maristella Svampa, conviven con incomodidad el "Bajo", la ciudad turística, blanca, con chalets de estilo alpino y chocolaterías de sonoridad europea, y el periférico "Alto", de corte mestizo y raíz mapuche, reforzado por una inmigración aluvional y hundido en la pobreza y la marginalidad.

Una ciudad de 150.000 habitantes, un tercio de ellos pobre, y que vive casi la mitad del año con temperaturas bajo cero. La misma que en 2010 exhibió su profunda división cuando la policía asesinó a tres adolescentes "marginales", y que en 2011 entró en "emergencia económica" por la erupción del volcán Puyehue.

La mecha puede ser externa, una interna política, una jugada desestabilizadora (incluso local), cierto momento del año (las Fiestas, con su festival de consumo, propio o ajeno). Pero tiene que haber polvorín.

Vista desde la perspectiva (por cierto no excluyente) de la economía, la ola de saqueos remite una y otra vez a la inflación, y ésta, a cómo se van quemando las etapas de otra experiencia populista.

Aunque gracias a las elaboraciones de intelectuales como Ernesto Laclau haya ganado espacio académico y estilización, el populismo (palabra que no figura en el diccionario de la Real Academia Española) tiene en la práctica la costumbre de asumirse singular.

Todo populista que se precie se cree único. Lo que pasó a otros no le pasará a él (o ella). De esa incapacidad de aprender deriva la tendencia autodestructiva del populismo, manifiesta en la severidad de las crisis en que terminan sus experiencias (explosión inflacionaria, brusca caída del salario real, crisis política, convulsión social, planes de ajuste forzados, recesiones prolongadas y un largo etcétera).

Hace más de 20 años, el fallecido economista Rudiger Dornbusch y el chileno Sebastián Edwards tipificaron cuatro "fases" del populismo económico latinoamericano. En la primera aumentan la producción, los salarios reales y el empleo, la inflación no es todavía un problema, las importaciones alivian las escaseces y hay margen para aumentar el uso de la capacidad instalada. La política macroeconómica es considerada un gran éxito. Es la etapa feliz.

En la segunda fase, a fuerza de políticas siempre expansivas y de invariable estímulo al consumo, aparecen los primeros "cuellos de botella" y empiezan a faltar divisas. Se recurre al control de cambios y a un creciente proteccionismo. El déficit presupuestario aparece (o empeora) al igual que la cuenta de subsidios. La inflación aumenta de manera significativa, pero los salarios -todavía- mantienen su poder adquisitivo. Es la etapa "de aguante".

En la tercera, la escasez se generaliza, se acelera la inflación y se hace muy obvia la insuficiencia de divisas. Hay fuga de capitales y desmonetización de la economía. El déficit fiscal aumenta violentamente. El gobierno intenta estabilizar la situación reduciendo los subsidios y manipulando el tipo de cambio. Los salarios reales empiezan a caer y la política se torna inestable. El gobierno se encuentra en una situación desesperada.

Dornbusch y Edwards describen la cuarta y última fase como de "estabilización ortodoxa" pero ya bajo "un nuevo gobierno, que, con frecuencia, aplicará un programa del FMI". Cuando todo haya terminado, "el salario real habrá bajado hasta un nivel significativamente menor que el prevaleciente cuando se inició todo el ciclo; además, esa declinación será muy persistente, porque la política y la economía del experimento habrán deprimido la inversión y promovido la fuga de capitales. La extrema declinación de los salarios reales se debe a un hecho sencillo: el capital es móvil a través de las fronteras, pero la mano de obra no lo es. El capital puede huir de las malas políticas, pero los trabajadores están atrapados".

La presidencia de CFK ya dejó atrás la segunda fase. Está por verse cuánto más avanza en la tercera o si es capaz de revertir errores y problemas porque sería nefasto que se llegue a la cuarta. En todo caso, la descripción de las "fases" populistas es una tipología, no un oráculo. Cualquier configuración política, económica y social, en un determinado momento histórico es, en su complejidad, singular.

El deseo de esta columna para 2013 es que la singularidad más importante del crisnerismo deje de ser su vocación de encontrar culpables y empiece a ser su capacidad de aprender.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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