Una historia de políticos corruptos, pero eficaces (y otros honrados, pero peligrosos)

La historia ofrece lecciones que pueden resultar chocantes: es el famoso caso de los políticos que roban, pero hacen. Y el de los honestos, pero crueles.

Bill Clinton. Fue presidente de Estados Unidos durante dos períodos en la década de 1990. (Wikipedia)
Bill Clinton. Fue presidente de Estados Unidos durante dos períodos en la década de 1990. (Wikipedia)

Con John Emerich, barón de Acton (1834-1902), sucede algo curioso: todo el mundo lo cita sin haberlo leído. Se ignora que este católico de origen irlandés revolucionó la historiografía moderna a comienzos del siglo 20, cuando la Universidad de Cambridge le encomendó una edición en 20 volúmenes, de su obra magna.

Su fama mundial deriva de una de las frases más felices que se hayan escrito nunca:

Otra, igualmente bella, pero menos citada, postula que: “La nación es responsable ante Dios de la labor del Estado”, lo que implica la obligación de los ciudadanos de vigilar los actos de quienes detentan los poderes político y burocrático.

En la balanza de la historia, el platillo de los legados políticos de los hombres de poder suele pesar mucho menos que el platillo donde se acumulan sus manejos dolosos. Hubo corruptos eminentes, como Charles Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838), o Klemens von Metternich (1773-1859), geniales conductores de las diplomacias de Francia y de Austria, respectivamente, que vendían acuerdos y tratados al mejor postor, pero sus culpas son perdonadas porque brindaron a Europa un cuarto de siglo de paz tras la aventura napoleónica.

Clinton y Eisenhower

Es también el caso del expresidente de los Estados Unidos, Bill Clinton (1946), a quien se recordará porque transformó a su país en la locomotora de la economía del mundo, que vivió en los años 1990 una década de expansión inigualada en la historia.

Clinton será recordado, porque con inteligencia y coraje reemplazó a la vacilante Unión Europea y contuvo el genocidio que Serbia estaba perpetrando en los Balcanes con su neonazi “limpieza étnica”.

¿Pero se olvidará que su retiro del poder fue el menos decoroso de cuantos recuerda la historia de los Estados Unidos? Para evitar dar con sus huesos en la cárcel reconoció públicamente que había cometido perjurio –uno de los peores delitos que puedan cometerse en la cultura anglosajona–, cuando juró que no había mantenido relación sexual alguna con Monica Lewinsky.

Mónica Lewinsky y Bill Clinton.
Mónica Lewinsky y Bill Clinton.

Se olvidará también que debió devolver muebles de la Casa Blanca que se llevó a su hogar, cuando es notorio ese mobiliario pertenece por ley al patrimonio nacional.

Y que vendía indultos a granel. Consumó un gigantesco sale off! en el último día de su mandato presidencial. Para ayudar a su esposa, Clinton indultó también a tres de los cuatro miembros prominentes de la comunidad ultraortodoxa judía hasídica de New Square, condado de Rockland, condenados por robar cientos de miles de dólares de sus fieles: ese indulto fue a cambio del compromiso de los hasídicos de votar por Hillary, que ganó Rockland por 1.400 votos.

Los hermanos de Hillary también mostraron los dientes (o las uñas, como se quiera), pues Hugh Rodham debió devolver los 400 mil dólares que cobró por gestionar el perdón presidencial para dos delincuentes convictos, confesos y condenados a prisión; además, Clinton indultó a un narcotraficante colombiano, a pesar de que el Departamento de Estado y la DEA habían ejercido fortísimas presiones sobre el gobierno de Colombia para que lo entregara a la Justicia estadounidense, que lo condenó en tiempo y forma.

Dwight Eisenhower, presidente de los Estados Unidos.
Dwight Eisenhower, presidente de los Estados Unidos.

Nada que ver, por ejemplo, con Dwight Eisenhower. En 1952, poco antes de jurar como presidente de los Estados Unidos, hizo un depósito fiduciario irrevocable de sus activos financieros. “Durante largos ocho años –cuenta en sus memorias Mis años en la Casa Blancaprohibí al fiduciario proporcionarme ninguna información sobre las inversiones o ventas hechos en mi nombre, ni a mí se me permitiría saber qué valores había en el depósito o dar instrucciones al fiduciario con respecto a ellos. La única obligación del depositario consistía en informarme anualmente sobre los impuestos que yo debía pagar, derivados de las inversiones que él hubiese hecho. Evidentemente, de esta forma yo nunca pude saber si las decisiones que yo tomaba como jefe del Estado podían beneficiar o no el valor de mis depósitos”.

Honestos, pero peligrosos

Desde luego, la honestidad en el ejercicio del poder no suele garantizar bien alguno para la nación. Maximilien de Robespierre (1758-1794), llamado con justicia “El Incorruptible” cuando detentó la suma del poder, ejerció el peor de los terrores: el que se administra con cruel frialdad.

Sólo sentía pasión por la Revolución; su amigo de la infancia y posterior biógrafo Henri Beraud afirma en sus memorias, escritas en 1825, que “Maximilien fue un hombre casto, casi un hombre pudibundo. ¿No faltó poco para que se enemistara con Camille Desmoulins, a causa de unos libros picarescos?” Y lloró desconsoladamente cuando se le murió una paloma. El rabelesiano Georges Jacques Danton (1759-1794), que será una de sus víctimas, llegó a comentar: “Se diría que el dinero asusta a Robespierre”.

Raymond Poincaré (1860-1934), presidente de Francia entre 1913 y 1920, era de una honradez intachable, que contrastaba llamativamente con la corrupción (casi argentina) de la clase política de su país. Cuando enviaba a algún ordenanza a una gestión de tipo personal, pagaba de su bolsillo los gastos correspondientes.

Lástima que con su feroz revanchismo alimentado por su intensa germanofobia contribuyó, tanto como Georges Clemenceau, a crear las condiciones que desencadenaron la Segunda Guerra Mundial.

Himmler y su hija, Gudrun.
Himmler y su hija, Gudrun.

¿Y Heinrich Himmler (1900-1945)? Instigador y ejecutor de los peores actos de barbarie del nazismo, responsable directo de la muerte de millones de personas en los campos de concentración administrados por las tenebrosas SS, su máxima creación al servicio del mal, unía a su aberrante pasión por la crueldad burocratizada un manejo tan honesto de los dineros públicos y un uso tan restringido de las prerrogativas del poder que pudo haber sido elevado a la categoría de funcionario ejemplar.

Es fama que cuando sus padres utilizaban alguno de sus automóviles oficiales, Himmler descontaba de su sueldo lo que se hubiese gastado en combustible y lubricantes.

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