Estableció restricciones en el mercado cambiario para defender la moneda argentina y desinteresar a los compradores de dólares, y hoy el billete estadounidense sigue su marcha ascendente por encima de los 9 pesos sin dejar de venderse por vías marginales. Instrumentó un extraño control de precios que iba a detener la inflación y así proteger los ingresos familiares, y hoy los salarios tienen cada día menor poder de compra.
En medio de una vergonzosa voltereta, tuvo que aplaudir y reverenciar al Papa Francisco, el mismo hombre al que había ubicado en el campo de sus enemigos. Proclamó como un éxito histórico la "década ganada", y decenas de personas murieron en las inundaciones por falta de infraestructura y previsiones.
La lista sigue y es conocida por todos.
Ahora fue el turno de la Justicia. Porque no complace sus deseos, se propuso dar un escarmiento a la Corte Suprema quitándole por ley las facultades administrativas de ser cabeza del Poder Judicial, pero debió retroceder modificando el proyecto enviado al Parlamento. El éxito de la llamada democratización de la Justicia, con el resto de las leyes, todavía está por verse.
En términos políticos el costo a pagar por la Presidenta ha sido inmenso. Tantos errores juntos ya no pasan inadvertidos y los efectos comienzan a reflejarse en las encuestas. Tres mediciones privadas, una de ellas encargada por el propio Gobierno, dicen que la imagen positiva de Cristina Fernández no supera hoy el 35 por ciento.
Pese a que todos saben en el entorno presidencial que esos informes negativos sobre el humor social irritan y mucho a la jefa de Estado, hay otras consecuencias aún más temidas.
Han comenzado a observarse algunas grietas bien marcadas en la cima del poder. Las diferencias de criterios entre los funcionarios que provienen del peronismo y los integrantes de la juventud cristinista nucleada en La Cámpora, ya producen visibles cortocircuitos. Cuentan, los que acceden a la intimidad de Olivos, que muchas veces en los últimos dos meses, los gritos desencajados de Cristina exigiendo disciplina, han evitado intercambios de trompadas.
Ese estado de cosas también es relatado por varios legisladores oficialistas que en privado dicen estar en desacuerdo con las instrucciones presidenciales. Algunos de ellos, en los pasillos del Congreso y antes de la bochornosa votación en Diputados sobre las leyes de la reforma judicial, admitían en voz baja que "esto es una locura". Sin embargo, cumplieron con la obediencia debida.
Otro tanto sucede en las provincias, donde gobernadores e intendentes están cautivos de las promesas de obras públicas o del envío de fondos para pagar los sueldos del personal. Se muestran leales al poder central en lo que le pida, pero a la vez confiesan, a quienes están en el armado de una disidencia peronista que, "llegado el momento, estaremos juntos". Lo que no se sabe es cuándo será ese momento, aunque los tiempos son cada vez más exiguos.
Una reserva
Hace una semana titulábamos esta columna "La Corte y la opción de resistir el ataque". Decíamos que lo que había logrado el Gobierno era "una actitud firme de unidad entre los supremos y el compromiso compartido de no moverse de sus lugares". Luego de las modificaciones al proyecto sobre el Consejo de la Magistratura para que la Corte no quede despojada de su poder administrativo, sus integrantes han ratificado aquel compromiso y uno aún más importante: defender la Constitución.
Eso significa no solamente que esos jueces desmienten cualquier pacto espurio con el Gobierno, como denunció Elisa Carrió, sino que darán todo su respaldo a las instancias inferiores para voltear en los juzgados, por inconstitucionales, los aspectos más avasallantes de las leyes aprobadas. La batalla del Congreso, con un triunfo a lo Pirro del oficialismo, se trasladará entonces a los tribunales donde se espera resistir a derecho el feroz embate contra la independencia de los magistrados.
Las actitudes de grosero autoritarismo del Ejecutivo no ganan adeptos entre los ciudadanos: ni las patoteadas de Guillermo Moreno ni los silencios presidenciales que desconocen la realidad. Por el contrario, son cada vez más evidentes los signos de aislamiento de un gobierno obsesionado en girar sobre sí mismo que ya no construye política. A la inversa, cada día destruye un poco más de lo bueno que supo hacer para ganarse el respaldo popular.