En la madrugada de este domingo un hombre de 61 años ingresó herido en la cabeza al Hospital Perrupato, en San Martín. El paciente venía derivado de un centro de salud de La Paz, donde había llegado por sí mismo, diciendo que un caballo lo había pateado y le había provocado esa herida. Pero los médicos, después de examinarlo, se dieron cuenta que la herida no era producto de la patada de un caballo sino de un disparo de arma de fuego.
El herido ingresó al Perrupato a las dos y cuarto de la madrugada, lúcido y diciendo que había sido herido por un caballo.
Los médicos descubrieron que no fue un simple golpe
El hombre es de La Paz, tierra de médanos, de corrales y de distancias largas, donde el trato con los animales forma parte de la rutina y donde un accidente con un caballo no suena, en principio, fuera de lugar. Allá, entre polvo y viento, hay historias que no siempre llegan completas a los escritorios de la ciudad.
Sin embargo, la escena empezó a cambiar cuando intervinieron los médicos. Los estudios realizados en el hospital revelaron otra cosa: la lesión era compatible con un disparo de arma de fuego. No había proyectil alojado en el cráneo, pero la marca era clara. La herida no respondía al golpe de un animal, sino al paso de una bala.
El dato no es menor, pero tampoco alcanza para armar una historia completa. Porque el hombre, incluso después de conocer el diagnóstico, mantuvo su versión inicial. Insistió en el caballo, en el golpe, en el accidente rural. Como si esa explicación, simple y conocida, pudiera cubrir lo que en realidad ocurrió o, al menos, lo que él estaba dispuesto a contar.
Según se informó, la lesión había sido sufrida el sábado, al menos, pero el herido no tuvo apuro en buscar ayuda. Recién al día siguiente decidió acercarse a un centro de salud, desde donde fue derivado al Perrupato para una evaluación más precisa. Ese lapso, ese tiempo entre el hecho y la consulta, también generó preguntas.
Las hipótesis que se barajan en la Justicia
Hay varias hipótesis. Puede tratarse simplemente de que el herido no quiere señalar a quien disparó. También puede haber sido una bala perdida: un tiro efectuado a distancia, en medio de una jornada de caza, que terminó encontrando un destino inesperado. Y existe, claro, una tercera posibilidad, más silenciosa: que ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo. Un disparo accidental, alguien cercano, y la decisión de no involucrarlo.
La investigación quedó en manos de la Justicia, que deberá reconstruir lo ocurrido más allá de lo que el propio herido está dispuesto a decir. No es una tarea sencilla cuando el punto de partida es un relato que no coincide con la evidencia médica.
Mientras tanto, el hombre está fuera de peligro. Su estado no reviste gravedad, y la herida, aunque inquietante en su origen, no comprometió su vida. El episodio, sin embargo, deja flotando ese tipo de preguntas que en el campo suelen quedar suspendidas en el aire, como el polvo.
Porque en esos lugares donde todo parece verse a la distancia, hay cosas que igual se ocultan. Historias que se cuentan a medias, versiones que se sostienen por costumbre o por necesidad.