13 de abril de 2013 - 21:02

¿Podrá salvarse la Unión Europea?

El problema básico es que la Unión Europea no es una verdadera unión, sino más bien una colección de Estados que no han cedido, en ningún sentido real, el poder para tomar decisiones a una autoridad central. El resultado es el caos alimentado por los obje

Por fin, Chipre consiguió un plan revisado para un rescate. Grava a los grandes ahorristas que no tienen seguro para que paguen parte del costo de reestructurar a los dos bancos más grandes del país, mientras que no toca el dinero de los ahorristas más pequeños, no asegurados.

Sin embargo, apenas unos días antes, Chipre, con el consentimiento de los banqueros más inteligentes y los ministros de finanzas más inteligentes de Europa, estuvo a punto de adoptar un plan verdaderamente temerario, por el cual habría gravado a los pequeños ahorristas, minado los seguros de los depósitos y arriesgado propagar desastrosas corridas bancarias en otras partes, como Italia y España, las tercera y cuarta economías más grandes de la Eurozona.

¿Cómo es posible que los sofisticados ministros de finanzas europeos -junto con altos funcionarios del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional- hayan propuesto semejante plan de rescate contraproducente? Y si pudieron ponerse de acuerdo en eso, ¿cuáles otras argucias dañinas podrían aprovechar en alguna crisis futura?

Europa necesita con urgencia plantearse esas interrogantes. No se puede decir que el escape de este mes haya sido el primer acercamiento a un desastre autoinfligido en los tres años que lleva la crisis del euro.

En 2010, que los dirigentes de Francia y Alemania hayan hablado en forma vaga y prematura sobre el saneamiento de créditos involuntarios de los préstamos del sector privado asustó innecesariamente a las entidades crediticias. Y es probable que no sea la última vez, a menos que se hagan algunos cambios drásticos, aunque políticamente difíciles, en la obsoleta maquinaria de toma de decisiones de Europa.

El problema básico es que la Unión Europea no es una verdadera unión, sino más bien una colección de Estados que no han cedido, en ningún sentido real, el poder para tomar decisiones a una autoridad central. El resultado es el caos alimentado por los objetivos nacionales en contradicción.

En el caso de Chipre, los políticos alemanes querían minimizar los costos del rescate para los contribuyentes alemanes en un año electoral. El presidente de Chipre esperaba conservar a la isla como un atractivo refugio para los ahorristas extranjeros. El FMI insistió en que no se le prestara a Chipre más de lo que podría pagar.

Y el nuevo dirigente de los ministros de finanzas europeos, el holandés, un orador duro, que pregona la austeridad, quería establecer la importancia de que los deudores paguen sus propios rescates. De alguna forma, todos ellos acordaron inicialmente el menor común denominador: un extraño plan que coloca gran parte de la responsabilidad y la mayor parte del dolor en los pequeños ahorristas, no asegurados, de los bancos de Chipre.

Mentes más prudentes habrían acabado con semejante plan antes de que se anunciara. Aunque se abandonó después la propuesta, la población -justificadamente preocupada de que sus dirigentes pudieran cometer el mismo tonto error otra vez- perdió rápidamente la confianza en el seguro al depósito que se ha ordenado que cada país de la Unión Europea tenga desde 2010 como salvaguarda contra las corridas bancarias. Llevará años reconstruir esa confianza.

Ninguno de estos dirigentes europeos rubricaría tales arriesgados experimentos de política financiera en sus países de origen. ¿Por qué lo hacen en el escenario europeo más general?

Parte de la respuesta está en la forma en que la Unión Europea se integró en las décadas de los años '50 y '60, como una unión flexible de Estados celosamente soberanos, algo parecido a Estados Unidos bajo los artículos originales de la confederación. Eso no representó problemas insuperables para la comunidad de seis naciones carboneras y acereras, ni para la zona de libre comercio que era en esa época el mercado común europeo.

Sin embargo, conforme ha crecido la Unión Europea (Croacia se convertirá en el Estado número 28 a finales de este año) y mientras más ambiciosa es (17 países ahora usan el euro), esa estructura flexible y descentralizada ha empezado a cuartearse en forma audible.

En lugar de preservar la soberanía y fomentar la democracia, ha creado una situación en la que los países mecenas, como Alemania, buscan imponer las preferencias políticas del electorado alemán a los otros Estados, sin considerar las circunstancias económicas. No tiene sentido aumentar los impuestos y recortar empleos cuando las economías ya están en caída libre.

Sin embargo, eso es lo que la Unión Europea está demandando que se haga ahora en todo el sur europeo, con desastrosas consecuencias económicas y políticas. Una Unión Europea mejor gobernada enfatizaría más en reactivar el crecimiento en el sur y estimular la demanda de los consumidores en el norte.

Sin embargo, no hay mucha visión europea entre los principales dirigentes nacionales hoy día. No hay ningún Helmut Kohl o François Mitterrand entre ellos para hacer que sus compañeros dirigentes entren en razón antes de que los motivos políticos locales los conduzcan a cometer errores garrafales en todo el continente.

Hay bastantes políticos listos que asisten a las reuniones cumbres de la Unión Europea y muchos comisionados europeos capaces que mantienen andando a la burocracia en Bruselas. Sin embargo, no hay ningún Alexander Hamilton ni un James Madison que impulsen los intereses de Europa en su conjunto, no sólo los de Alemania, Francia, Finlandia, los Países Bajos o Chipre; aun cuando proyectos ambiciosos, como el euro, han incrementado la necesidad de normas y políticas coherentes y congruentes.

En ocasiones, Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, ha tratado de ingresar en la brecha del liderazgo, pero le recuerdan constantemente que sólo puede ser tan "europeo" como lo permita Alemania, el accionista más importante del banco.

Así es que, si bien es probable que el euro sobreviva a las recientes tambaleadas de Europa con Chipre, sobrevivirá innecesariamente debilitado a causa de errores evitables. Podría ser que algún día Europa produzca dirigentes dispuestos a lidiar con la tarea de construir instituciones económicas europeas sustentables. Mientras tanto, la Unión parece condenada a tambalearse de una crisis mal manejada a la siguiente.

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