La Presidenta Cristina Fernández no podrá brindar esta vez por el cierre de un año caracterizado por los éxitos políticos. La sola comparación de aquel final de 2011, cuando asumió su segundo mandato con el respaldo de una adhesión superior al 60%, con éste de 2012, sirve para mostrar que el balance no le resulta favorable. Hoy los mismos encuestadores del año pasado registran una pérdida de casi la mitad de aquella popularidad.
No es el número lo que más impacta sino las razones por las cuales se produjo la caída. Básicamente fenómenos similares se hacen visibles cuando la política se orienta a la consolidación de un modelo de poder y deja de resolver la agenda que elabora la gente con su realidad particular. El obstinado ocultamiento de la inflación, el desprecio de las quejas ciudadanas por la inseguridad, la ausencia de una palabra contenedora y solidaria en tragedias como la de la estación ferroviaria de Once, o la generación de impunidad para casos relevantes de corrupción, entre otras muchas actitudes similares, demuestran al hombre común que el Gobierno se ocupa de cosas diferentes.
¿Y de qué otras cosas se ocupó este año el Gobierno? Una fue sin dudas profundizar su actitud confrontativa, a la que considera una herramienta necesaria para dar sentido práctico a la consigna del "vamos por todo". En ese camino, y enmarcándola en una supuesta acción revolucionaria, como sería la lucha contra las corporaciones, el oficialismo hizo del pleito judicial con el Grupo Clarín por la Ley de Medios, una bandera que agitó de manera desproporcionada hasta convertirla casi en el fundamento de su gestión.
Los resultados, por cuestiones de procedimientos judiciales, eran tan previsibles, que cuesta entender esa voluntad de apostar tanto en términos políticos para ganar tan poco, aun en el caso de obtener sentencia favorable. Esta cuestión tuvo el agravante de enfrentar al Gobierno con la Justicia hasta el límite mismo de un conflicto de poderes, que puso más en evidencia la vocación hegemónica y autoritaria del proyecto oficial.
La Presidenta siempre encuentra culpables para todo lo que le es adverso, pero lo cierto es que nunca algunos de esos culpables forman parte de la estructura propia ni son la consecuencia de políticas equivocadas. Jamás un reconocimiento de errores y mucho menos un pedido de disculpas por las consecuencias de esos errores. Son todos rasgos de la soberbia, el otro extremo de la humildad.
Pero si se hace un balance de la gestión, no pueden desconocerse algunos aciertos. Son los que pasan por la búsqueda de medidas inclusivas para determinados sectores, hasta ahora olvidados o desprotegidos, y el mantenimiento de ciertas facilidades para franjas de la actividad económica. Pero muchas veces su propia torpeza le ha impedido al Gobierno capitalizar políticamente esas medidas.
Revisar el cuadro de expectativas para 2013 supone reconocer que este año termina con un alto grado de confrontación y nada indica que este clima no pueda extenderse. Las malas relaciones de la Casa Rosada con un bloque importante del sindicalismo como es el que lidera Hugo Moyano, las diferencias menos explicitadas pero existentes con la jerarquía de la Iglesia Católica, y la brutal embestida contra el Poder Judicial, presagian renovadas tormentas.
En ese marco, el oficialismo tiene que desplegar todo su poder y creatividad para afrontar las elecciones parlamentarias de octubre, que serán decisivas para su futuro. Para ello, varios funcionarios admiten en privado que la cantidad de recursos económicos que se destinarán a revertir el clima de descontento social será tal que casi no hay antecedentes de gobierno alguno en el país.
La interna
Entre los varios frentes abiertos que mantiene Cristina Fernández, uno de los principales es el de su propia sucesión. En el peronismo que hasta ahora la acompaña de manera silenciosa, todo es una meditada partida de ajedrez. Allí evalúan cada paso para medir si conviene dejar el barco y cuándo hacerlo. El abanderado de esa actitud es el gobernador bonaerense Daniel Scioli, el que más posibilidades tiene de ser el protagonista de la película.
En el cristinismo, en cambio, los planes son otros. Por todos los medios se intentará conseguir la re-reelección de la Presidenta porque no visualizan quién podría sucederla y porque, además, creen que la única persona capaz de seguir liderando lo que llaman el modelo, es ella.
En eso los monaguillos de la Presidenta parecen no equivocarse. Son tantas las tensiones internas en la cúpula del poder, que sólo el exacerbado personalismo de Cristina puede contenerlas. Por ahora.