A veces, los mejores diagnósticos sobre un problema o una situación determinada aparecen de forma involuntaria. Hace unos meses, Octavio Rodríguez Araujo, reputado estudioso de la izquierda, analizaba en una entrevista el comportamiento electoral del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en las elecciones presidenciales de 2012 en México.
Más interesante que lo que se decía era lo que daba a entender. Explicaba que las expectativas electorales del PRD, que nuclea a la mayor parte de las fuerzas de izquierda, eran negativas hasta que se impuso la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, el hombre fuerte de la izquierda, una personalidad carismática que consiguió superar a la candidata del gobierno, segunda en la preferencia de los electores, y se acercó peligrosamente a la cantidad de votos obtenidos por el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que fue el triunfador.
Contra todos los pronósticos, el PRD terminó redondeando una muy buena performance electoral gracias a la intervención de su caudillo más reconocido y popular.
Pero el reconocimiento de la intervención decisiva de López Obrador no impedía al entrevistado mencionar la urgencia de retomar, el programa tradicional de la izquierda, que empieza por la democratización de las propias estructuras, su fortalecimiento institucional frente a formas caudillistas.
Rodríguez Araujo definía, sin proponérselo, la alternativa de hierro de la izquierda latinoamericana: su crecimiento como fuerza política real se da gracias a fuertes liderazgos personales, que terminan condicionando seriamente su programa de transformaciones políticas, económicas o sociales. En la medida en que consigue prescindir de este tipo de conducción, sus organizaciones y proyectos caen en la irrelevancia.
El precio que la izquierda paga a los rasgos tradicionales de la cultura política latinoamericana -caudillista, clientelar, casi monárquica- enerva su ambicioso proyecto de modernización. Eso es tan cierto en México como en Venezuela o Chile, cuya izquierda más combativa y radical siempre avanzó a través de liderazgos personales fuertes.
Un intento de conciliación teórica es la del connotado Ernesto Laclau. Este autor resuelve la contradicción principal de la izquierda latinoamericana incorporando a su estructura ideológica y organizativa los elementos del liderazgo tradicional, el ejercicio personal y excluyente del poder, a través de un sofisticado aparato de legitimación conceptual compuesto por elementos que provienen del marxismo en su versión gramsciana, la teoría política schmittiana y el psicoanálisis lacaniano.
El resultado es tremendamente atractivo y su éxito se funda en no pocos aciertos y agudos descubrimientos, pero no puede evitar la impugnación que se le ha hecho desde sectores más fieles al marxismo y el pensamiento de izquierda, de encubrir con discurso revolucionario unas tesis intelectualizantes, reaccionarias y funcionales al proyecto neoliberal. Lo explicó Atilio Borón en 1996, mucho antes de que Laclau recibiera los embriagantes favores del poder.
El mayor aporte de Laclau a los movimientos de izquierda latinoamericanos es haberles tranquilizado la conciencia en torno a las contradicciones entre su proyecto de transformaciones y los gobiernos caudillistas. Pero este emoliente sólo es efectivo mientras el líder está en el poder y tiene perspectivas razonables para seguir en él. Y es que esa contradicción puede postergarse o ignorarse, pero es real.
El gobierno unipersonal, caudillista o carismático tiene su lógica interna propia. No deja crecer liderazgos alternativos, porque los percibe como una amenaza. Desarrolla una estructura cortesana, un séquito de obsecuentes y genuflexos sin capacidad de decisión propia. Si el líder es una persona insegura o indolente se proporciona algún favorito o valido, que mantiene sus privilegios en la medida en que no levante sospechas relativas a apetencias personales.
La sucesión no procede al modo de las antiguas monarquías, por vía dinástica y preparación del heredero para las responsabilidades de gobierno, sino casi siempre al borde de la vida política o biológica del conductor, in artículo mortis, cuando la lucha por el poder ya ha comenzado.
En un contexto de fuerte enfrentamiento interno, sin otro líder igual o más poderoso que el anterior, es difícil mantener las conquistas o los cambios operados por el fundador. El éxito de toda revolución consiste en su institucionalización, y es ahí donde la dialéctica de Laclau entre populismo (transformador) e institucionalismo ("conservador") se desvanece por impostada.
Los gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana no se han enfrentado todavía a este horizonte. Laclau puede entusiasmarse, si prescinde de la perspectiva dinámica de la situación. Nadie sabe lo que sucederá en Cuba cuando los Castro dejen el poder por razones biológicas. Chávez no se permite la alternativa de dejar el poder a su adversario político y monitorear desde su poderoso movimiento social la transición, vigilando la preservación de las conquistas. Evo Morales y Rafael Correa no parecen dispuestos a dejar el poder. ¿Qué va a pasar después?
En la medida en que estos líderes devienen en el sostén único de la revolución en marcha, en pilar indelegable de las transformaciones en curso, tanto colaboradores estrechos como adversarios políticos, adeptos y simpatizantes como disidentes, militantes a favor y en contra, es decir, todos, se convierten en amenazas potenciales, en enemigos próximos o remotos, puesto que ninguno de ellos está a la altura de la empresa política que encabezan y lo único que podrían hacer es corromperla o traicionarla.
Esos fervientes militantes de la izquierda en el poder harían bien en preguntarse qué concepto tienen de ellos en las altas esferas que rigen sus destinos.
No es casual que las organizaciones de izquierda que han podido practicar la alternancia en el poder son las que han puesto en marcha un proyecto de gobierno moderado, sin los histrionismos y los dramatismos de sus compañeros de la región: Brasil y Chile. Son asimismo los que han obtenido mejores resultados.
A medio camino entre moderados y radicales encontramos a nuestra Cristina. Se podría objetar la inclusión del gobierno argentino entre los proyectos de la izquierda regional. James Petras ha dado sólidos argumentos para excluirlo de esa categoría. En este caso vamos a dar por buena la autoconstrucción identitaria del kirchnerismo.
La tentación es clara: el ministro De Vido declaró recientemente que "Cristina es la única garante de que el proceso de transformación continúe". Si verdaderamente le interesa que su obra de gobierno perdure, debería empezar a pensar, seriamente y sin oportunismos, en la sucesión. Quizá debería considerar alternativas menos radicales ?en lugar de todo o nada, algo; en vez de nadie, alguien, u otros- que son, en definitiva, los términos más usuales de la acción política.
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