13 de agosto de 2018 - 00:00

Pescar fantasmas en agosto - Por Javier Hernández

Gente que cuenta historias de apariciones, como la de un hombre al que nunca le han visto la cara y que desaparece de pronto.

Durante el invierno de 2016 y resultado de una obra hidráulica millonaria, El Carrizal alcanzó una cota inédita. El asunto redefinió la silueta del dique y así, más ancho por la mayor altura del nivel, parte de las playas originales de los clubes quedó bajo el agua durante los meses de acopio de riego.

En esa temporada fui con un par de amigos a pescar y ocurrió lo segundo, eso que venía a contarles.

Era noche sin luna y desde la balsa a mitad del dique, solo se adivinaba la costa por las lejanas luces de los clubes. Tampoco había estrellas ni cielo por lo que más allá de la cubierta, iluminada por dos lámparas a gas, el espejo de agua era una negrura impenetrable en la que se hundían nuestras líneas de pesca. A esa hora de la madrugada, el viento casi había cesado y en medio del frío y del silencio que acostumbran regalarse los pescadores, lo único que llegaba abordo era el golpe suave del agua contra el casco de la embarcación.

A mis espaldas, detrás del pequeño camarote, mis compañeros buscaban suerte con los anzuelos a distinta profundidad. Y fue cuando me enderecé en la silla de lona para servirme café que lo sentí a Esteban correr por la cubierta: “Hay alguien en el agua”, dijo apenas me alcanzó, pálido y cubierto por una frazada para escaparle al frío.

- Te digo que sí, que alguien pasó nadando -insistió mirando hacia lo oscuro; enseguida se sumó Gustavo que tampoco entendía nada.

Esteban nos juró que no se confundía, que lo escuchó clarito, cerca del bote aunque fuera de la vista y de luz que proyectaba la lámpara sobre el agua: “Les juro que alguien pasó nadando”, insistió y habló de las brazadas y de la respiración; dijo que fueron unos segundos y que así como llegó, se alejó sin haberse arrimado a la balsa.

Fuimos por su esquina y nada ¿Cuál es la posibilidad de un nadador en una madrugada helada de agosto? Hablamos de eso, de ruidos similares, de remos y de otro bote; de las aves que en la noche se asientan sobre el agua, de bancos de peces que saltan por pura diversión; hablamos de haberlo imaginado, de una grapa de más, del sueño y claro, de algún fantasma. Sin ganas de pescar, terminamos el café y nos fuimos a dormir.

Por la mañana y ya en la costa, el encargado de la cantina me dijo que no era extraño y que Esteban bien podía haber escuchado lo que contaba: “El Carrizal guarda misterios, hay mucho campo y mucha agua”. Me dijo que él mismo, mientras pescaba en la orilla, una noche vio a un hombre salir del agua.

- Iba todo de negro y salió sin decir palabra. No me miró ni se detuvo. Simplemente caminó derecho y se metió en la oscuridad del monte -me contó, como midiendo mi reacción-. No me pude haber confundido porque aquello pasó cerquita mío, a diez metros.

- ¿Y usted qué piensa que vio?

- Una aparición, ¿qué otra cosa? Mire, cuando yo cuento esto hay tres clases de gente: las que me creen, las que no me creen y las que también han visto.

Si uno pregunta un poco, no es tan extraño oír de fantasmas en El Carrizal: historias de pescadores fallecidos y la mayoría de mentas nomás, solo unos pocos dicen haberlas vivido.

Roque se encarga de las balsas amarradas: cuando baja el dique, él afloja las cadenas y evita que encallen. Me contó del extraño que se arrima a los pescadores solitarios: “Lleva gabardina larga y capucha. Aparece de pronto y pregunta por la pesca, da consejos y al menor descuido ¡Puf!, desaparece. Un misterio, nadie le ha visto la cara”.

- ¿Se lo ha cruzado?

- No, pero conozco gente que sí y para mí eso es lo mismo.

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