Mamar odio
Como acto social, escupir tiene un significado inequívoco, prácticamente universal. Escupir un objeto, una persona o hacerlo frente a alguien equivale a manifestar un espectro de actitudes que van desde el desprecio hasta el odio.
Conscientes del significado cultural del gesto, a los muchachos de una ignota agrupación llamada La Poderosa no se les ocurrió mejor idea, para conmemorar el aniversario correspondiente a 2011 del Golpe del 24 de marzo de 1976, que organizar una especie de instalación callejera.
Con el título de "juicio y castigo también para los cómplices" se reproducían las imágenes fotográficas a tamaño natural de connotadas celebridades y periodistas -Mirtha, Grondona, Gelblung- que habrían colaborado con el gobierno militar. Sobre el rostro de las figuras se había dibujado una diana y por encima de ellas se podía leer un cartel que decía "escupí la bronca".
Más allá del total desatino y el mal gusto, el asunto no sería particularmente grave si no se hubiera podido ver, en fotografías que están circulando profusamente en los medios y las redes sociales, a unos cuantos niños de no más de 10 o 12 años escupir y golpear a las figuras, bajo la mirada complaciente, aprobatoria y festiva de varios adultos.
Se trataba de pibes de clase media-alta. El dato es importante. No son unos pobrecitos de las villas, que a su corta edad ya han podido experimentar directamente la marginación, la exclusión y la violencia. Es un odio inoculado artificialmente, por vía familiar. Esta breve descripción y las imágenes sobre las que se basa hacen ociosa toda consideración.
Diversas formas de desaparecer
Conscientes -o no- del funesto efecto contraproducente de aquella performance, los integrantes de otra ignota agrupación, la Juventud Kirchnerista de Izquierda, insistieron este nuevo aniversario sobre el mismo concepto. Un "juego" supuestamente destinado a familias, pero con un claro objetivo de instilación de odio a niños: "descuelga tu propio cuadro". Esta vez los elegidos fueron Lanata, Buzzi, Magnetto, Macri, los infaltables Mirtha y Grondona, y el mítico Tío Sam.
La inspiración provino del famoso episodio en el que Néstor Kirchner retirara de los muros del Colegio Militar de la Nación los retratos de los presidentes de facto, en una interpretación literal del conocido (y un tanto forzado) eslogan: "descolgando un cuadro, formaste miles". Esta vez, los niños a los que sometieron a tan penosa representación fueron aún más pequeños.
Cuesta pensar sus creadores e impulsores no hayan advertido el poderoso carácter alegórico de las acciones que proponían. Ocultar un retrato equivale suprimir la imagen de una persona, eliminar su presencia o su memoria, borrarlo del reconocimiento de otros: en definitiva, des-aparecerlo.
En un sentido, el juego del salivazo es más grave que el de descolgar el retrato: se trata de una agresión directa contra la figura de una persona. En otro sentido, descolgar el cuadro es más grave que el salivazo: es borrar su identidad, negar su condición de "otro", eliminar incluso su reconocimiento como enemigo ideológico. El odio como agresión, el odio como supresión.
Se trata ni más ni menos que de la representación simbólica, asertiva, festiva y proactiva de aquello contra lo que legítimamente se manifiestan: hay diversas formas de hacer desaparecer a una persona.
Del salivazo al tiro de pistola
Para concluir esta reflexión, una referencia histórica. Durante la década de 1930, en Occidente se hizo bastante común que las organizaciones políticas se militarizaran y realizaran desfiles, en los que participaban niños vestidos con los uniformes y los símbolos partidarios.
España no fue una excepción a esa regla. Existen abundantes testimonios fotográficos, algunos de ellos captados por la cámara del genial Robert Capa. El fenómeno llegó a tal punto que en 1937, a un año de iniciada la Guerra Civil, las juventudes de la Federación Anarquista Ibérica publicaron un afiche en el que se pedía a las fuerzas políticas del bando republicano evitar esa práctica.
Con el fondo de unas camisas partidarias (la roja de los socialistas, la negra de los anarquistas, la azul con corbata roja de las milicias antifascistas) puede verse el rostro en lágrimas de un niño pequeño y un rótulo en el que se lee: "¡No envenenéis a la infancia!"
Los militantes de La Poderosa y la Juventud Kirchnerista de Izquierda todo lo contrario: a esos niños les habrán hecho escupir saliva y bronca (quizá), pero también les han hecho tragar el veneno químicamente puro del odio y el desprecio. Los han hecho protestar contra la desaparición de forzada de personas, pero les han hecho practicar otra forma de desaparición.
Hizo falta una despiadada lucha fratricida para que los españoles advirtieran tan funesto y ominoso error. ¿Tendremos que pasar por una tragedia similar para que nosotros también caigamos en la cuenta? ¿O más bien será que la guerra civil pasó por aquí y algunos todavía no se enteraron?
