Mientras el General Manuel Belgrano luchaba por nuestra libertad en el Norte del país, en Buenos Aires se sucedían gobernantes y el himno -recientemente aprobado por la Asamblea del Año XIII- atravesaba gargantas entusiastas en diversos rincones patrios; en Mendoza, José de San Martín comenzó a desplegar su gran hazaña.
Sin embargo no podía cruzar los Andes sin una declaración de independencia. Con este fin se reunió el Congreso de Tucumán, en marzo de 1816.
No todas las provincias estuvieron representadas. Asistieron diputados de Buenos Aires, Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán, La Rioja, Córdoba, Salta, Jujuy, Catamarca, Charcas, Chichas, Mizque y Cochabamba. En total fueron treinta y tres hombres entre los que se encontraban fray Justo Santa María de Oro, Narciso Laprida, Tomás Godoy Cruz, Juan Martín de Pueyrredón, Pedro Medrano, Antonio Sáenz, Mariano Boedo —vicepresidente del Congreso y padre de Damasita, famosa amante de Lavalle—, fray Cayetano Rodríguez y Juan Agustín Maza.
También concurrieron Tomás Manuel de Anchorena, José Severo Malabia y José Ignacio Gorriti.
Expectante el Libertador escribió a Tomás Godoy Cruz en abril: "¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y, por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos. Esté usted seguro de que nadie nos auxiliará en tal situación (...). Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. Veamos claro, mi amigo, si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo éste la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir a Fernandito".
¿Por qué dudaban tanto los diputados? Fundamentalmente porque declararse independientes era colocar sus vidas en manos de los verdugos realistas, de imponerse nuevamente España. Era dejar de lado una falsa fidelidad al Rey Fernando que los protegería en caso de un triunfo español. Desde luego no era tarea fácil.
Los titubeos y las largas deliberaciones dieron espacio a la épica y, desde las entrañas del histórico hogar tucumano, una nueva nación brotó sobre la faz de la tierra. El 9 de Julio de 1816 nos declaramos independientes.
En la actualidad, como contracara a estos personajes certeros -que supieron tomar decisiones contundentes en momentos claves-, hallamos una clase política ambivalente que parece variar de acuerdo a las opiniones de sus fans en las redes sociales.
Es fundamental entender, de una vez, que la solución nos abarca a todos. Independientemente del partido o no al que cada uno pertenezca.
Sigue siendo primordial la generación de acuerdos que garanticen políticas de Estado, pensando -como alguna vez especificó Churchill- en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.