16 de marzo de 2013 - 22:17

El Papa de los pueblos que emergen

Toda vez que la humanidad se encuentra a las puertas de grandes cambios históricos, dos concepciones filosóficas antagónicas pugnan entre sí para dirigir los destinos del mundo: la que quiere retornar a pasados cerrados versus la que busca avanzar hacia f

Los muy ultra K y los muy anti K suponen que la designación de Jorge Bergoglio como el Papa Francisco es una decisión política de la Iglesia para declararle la guerra al kirchnerismo y al “bolivarianismo” latinoamericano en general, como Juan Pablo II -el Papa polaco- se la declaró al comunismo. Unos se enojan y otros se alegran, pero ambos pecan de la misma visión pequeñita, aldeana y autorreferencial que caracteriza a lo peor de nuestro ser nacional: ver al mundo entero como apenas un territorio ampliado  donde se libran las internas argentinas. El mundo como  apéndice de nuestro país.

Sin embargo, las cosas no parecen ser así. La única interna que le preocupa a la Iglesia es la suya propia y la respuesta que intenta para salir del laberinto es la de mirar hacia el mundo. No la de disputarle el mundo a nadie, sino curar lo de adentro con lo de afuera. Apostar a lo universal como antídoto contra el autoencierro y los vicios que tal aislamiento conlleva. Salir por arriba. Ni siquiera queda claro si lo hace por vocación, pero seguramente lo debe hacer por desesperada necesidad.

El periodista Horacio Verbitsky cree que ahora que las masas se levantan en América Latina, el nuevo Papa viene a tenderles su falsa mano para amansarlas. Literalmente lo acusa de:  “Apostrofar a los explotadores y predicar mansedumbre a los explotados”. El periodista militante K no duda: “Si Wojtila fue el ariete que abrió el primer hueco en el muro europeo, el Papa argentino podrá cumplir el mismo rol en escala latinoamericana”. Y para demostrar que está en lo cierto, le recuerda a Bergoglio su cercanía con el peronismo de derechas a través de su antigua simpatía con el grupo ultra-ortodoxo llamado “Guardia de Hierro”.

Pocas veces en el debate político argentino se vio una dosis tan gigantesca de egocentrismo: Verbitsky invita a luchar contra el Papa Francisco para dirimir otra vez la interna peronista como se  hizo en los años ’70. Una interna ahora latinoamericanizada. Un achicamiento mental imposible de creer. Para colmo, eso de decir que el nuevo Papa hará lo mismo que el Papa Juan Pablo II hizo con el imperio soviético, es calificar gratuitamente al kirchnerismo y a sus amigos bolivarianos como continuadores de un imperio totalitario que cayó más por sí mismo que por la prédica ajena. Es comprarse una historia y una derrota que no nos pertenecen en absoluto.

A diferencia de Verbitsky, y quizá también a diferencia de Juan Pablo II, el Papa no quiere que esta vez nadie caiga, ningún gobierno ni régimen político. Lo único que probablemente hará -como ya lo venía haciendo- es criticar a los presidentes constitucionales que se sienten césares pretendiendo reemplazar el temporalmente acotado mandato popular por su eternización.

Y que para ello intentan cambiar el poder limitado que el pueblo les otorgó por otro ilimitado, como si además de césares también fueran dioses. Así como en los tiempos del primer cristianismo en Roma la Iglesia pedía dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, hoy un buen Papa debería polemizar no sólo contra los césares que se creen dioses, sino también contra los presidentes que se creen césares.

El Papa Francisco no viene a derrotar a nadie, sino, en todo caso -si logra imponer lo mejor de sí- a ponerles límites a los aspirantes al poder absoluto. En los imperios o en las periferias. A sacarles a curanderos y demagogos la cura de las almas, pero no a disputarles el voto, el poder o los gobiernos. Al menos eso es lo que parece insinuar a partir de sus primeras declaraciones y sus primeros gestos.

Con respecto al gobierno democrático de la Argentina, Bergoglio jamás lo vio como su enemigo. Sin embargo, la jerarquía kirchnerista sí lo vio siempre a Bergoglio como enemigo. Y el ala izquierda del cristinismo aún lo sigue viendo así. De Bergoglio a Lorenzetti, pasando por la prensa o el campo, todos ellos fueron enemigos construidos por el gobierno. No enemigos reales, sino inventados desde arriba por necesidades políticas. Nada que ver con Polonia, porque para que haya una guerra se necesita que los dos enemigos se sientan tales y se dispongan a combatirse. Ella no ocurre cuando sólo una parte ve como enemiga a la otra. Y lo de Bergoglio devenido Francisco lo demuestra  a carta cabal, porque no subió al Papado alguien que se sienta enemigo del gobierno sino alguien al que artificialmente el poder decretó enemigo.

Sin embargo, que el kirchnerismo haya puesto a Bergoglio -como a tantos otros- en el lugar del enemigo, no influirá en sus decisiones papales ni la Iglesia lo nombró para eso ni contra eso. Tampoco para hacerle la guerra al resto de los bolivarianos de América. Lo cual no quiere decir que la designación de Francisco nada haya tenido que ver con nuestro continente. Muy por el contrario, lo tiene y mucho, pero para promover espiritualmente a los pueblos emergentes, de los cuales los nuestros son hoy actores protagónicos. Para  que la Iglesia participe en esta nueva versión bíblica de los últimos que están empezando a ser los primeros. Y que lo haga desde el continente más cristiano, más identificado -tanto en lo bueno como en lo malo- con ella, donde su voz retumba desde lo más profundo de la historia.

El Papa podría influir como nadie en el objetivo de que lleguemos a ser naciones y continentes emergentes también en lo cultural, no sólo en lo económico. De devenir países centrales del nuevo mundo, no en contra de los que aún lo siguen siendo, pero sí con otra lógica, con otra actitud. No se trata simplemente de ocupar los espacios que van quedando vacíos, sino ocuparlos de otro modo. Esa es una de las grandes apuestas de este Papa.

Juan Pablo II quiso hacer avanzar el cristianismo por el mundo  frente a la caída de un imperio. Francisco debe hacerlo para espiritualizar un emerger. No se propone la caída de ningún sistema económico ni político, sino ayudar a la aparición de nuevos actores. No viene a luchar contra el capitalismo como Juan Pablo II debió hacerlo contra el comunismo, sino a promover pueblos con otro rostro al centro de las decisiones globales. No se propone la “resistencia” al imperio, sino que todos formen parte del imperio, para que entonces no haya más ningún imperio.

En síntesis, ni Chávez le dijo a Dios que haga Papa a Francisco ni Francisco fue puesto para amargarle la vida a Cristina. Esa autorreferencialidad ideologizada nada tiene que ver con algo mucho más grande que se inició la semana pasada. El Papa piensa en América, y desde allí en todo el mundo. Y claro, ¿por qué no?, reserva en su corazón un lugar especial para su Argentina. Por eso a la primera presidenta que recibe es a la de su patria.

En su  “felicitación”, Cristina le advirtió al nuevo Papa que ojo con los pobres, que ella es la que los defiende. Obama, por su parte, felicitó a Francisco por haber sido el paladín en la lucha por los pobres. Una lo pone a prueba pidiéndole que rinda el examen que ella aún no rindió, el otro lo estimula a que siga por el camino que  Francisco -cuando aún era Bergoglio- ya venía transitando. Son estilos.

No obstante, el reencuentro entre Cristina y Francisco es fundamental para que el Papa sirva a la Argentina y para que la Argentina  sirva al Papa. Ante la grandiosidad de esas tareas, la interna facciosa no debería contar. El Papa no es un opositor que se va ni un opositor que se internacionaliza. Ni la Argentina es Polonia. Francisco es alguien cuyo éxito está muy unido a que sea expresión de la Argentina más valiosa, porque hay -siempre las hubo- dos Argentinas, la mejor y la peor, la universal y la ombliguista. La que se siente, humildemente, síntesis de pueblos y la que se cree única, excepcionalmente mala o excepcionalmente buena. Nunca jamás normal.

El pueblo argentino, como casi todos los pueblos, apuesta al éxito de la misión ecuménica del nuevo Papa, incluidos la inmensa mayoría de los peronistas. La presidenta sólo tiene a su ala izquierda en contra de Francisco. En estos pocos días transcurridos desde el anuncio papal, ella no actuó igual pero tampoco distinto a su ala izquierda, porque hasta ahora venía actuando con Bergoglio como le decía su ala izquierda. De aquí en más, inevitablemente, deberá cambiar; veremos cómo lo  hace. Tanto el Papa como el pueblo argentino quisieran compartir con ella lo que parece una buena nueva. Depende de ella abrirse o cerrarse.

Sería bueno que nadie más que Cristina fuera a la asunción del Papa, que el resto de la élite argentina done la plata del viaje a los pobres (o no se lo haga pagar al Estado), como pidió Francisco. La austeridad de los dirigentes no es una mistificación burguesa, hoy es un enorme reclamo popular. El camino al cielo suele estar más pleno de miles de pequeños gestos y actos buenos que de grandes relatos altisonantes y maniqueos.

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