16 de enero de 2013 - 23:08

La palabra, palanca de inclusión social

La lingüista analiza el papel del vocabulario y su incidencia en las diferentes actividades humanas. Revela además que existe un peligroso facilismo en materia de comunicación.

La idea de la inclusión social es prioritaria en este momento histórico-político de la Argentina; es verdad: necesitamos una inclusión que se haga carne en los agentes involucrados y que, al modificar actitudes y conductas, los lleve a insertarse, definida y definitivamente, en los ámbitos académicos, laborales, económicos, culturales o políticos.

Nuestra postura es que una auténtica inclusión debe comenzar desde la adquisición de la palabra, instrumento no sólo de comunicación sino de vida, pues su uso adecuado y pertinente asegura una verdadera inserción del joven, como homo loquens, en los diversos y múltiples caminos que se ofrecen en la intrincada vida del siglo XXI.

La falta de vocabulario indica una deficiencia, en tanto implica la imposibilidad de comprender y de relacionarse. La pronunciación regional, con sus tonadas y marcas inconfundibles, no margina ni excluye pero sí lo hace el habla rústica que provoca aislamiento y hasta irónicas burlas hacia quienes no logran corregirla o modificarla.

El mal uso de la sintaxis (no la práctica de su análisis), las fallas morfológicas, la ausencia sistemática de la normativa y de la ortografía, han ganado la calle y, paradójicamente, se han instalado "para todas y para todos", de manera transgresora y violenta. La ausencia de palabras, la sistemática incorrección, la violación de los principios lingüísticos más elementales, constituyen marcas de exclusión social.

Fracasos

El alejamiento del mundo de la palabra lo va llevando, progresivamente, a fracasos en el orden laboral y en el ámbito universitario, pues no entiende los textos a los que se enfrenta, no puede obedecer las consignas que se le dan ni puede elaborar con solvencia una comunicación escrita, pues sus productos finales no guardan una cohesión ni una coherencia aceptables ni cumplen los preceptos de la normativa ni las reglas vigentes en este siglo XXI, en materia ortográfica.

Entonces, quienes tenemos como misión ineludible la formación de futuros docentes, debemos hacernos cargo de este problema: la inclusión social debe comenzar por la recuperación de la palabra.

De lo contrario, estamos dando cabida a los jóvenes en un mundo ficticio, a través de planes sociales pero, en la realidad, los excluimos del mundo científico, del mundo cultural y del mundo laboral, mientras ellos se recluyen no en una torre elitista de marfil sino en una burbuja gigantesca, cada vez mayor, inflada con una materia prima frágil y a punto de quebrarse y estallar ante el menor movimiento en falso.

Existe una conjunción de causas como determinantes del deterioro lingüístico. Dentro de dicha conjunción no figura como la más importante la falta de medios económicos. En cambio, sí hay varios hechos puntuales que contribuyen a la desfiguración del hablar cotidiano: el primero lo constituye el desinterés por la lectura y, como faz complementaria, el abandono de la expresión escrita con pulcritud, eficacia y decoro.

El segundo está representado por la tendencia al facilismo y a la cultura del instante, con el consiguiente abandono del esfuerzo, de la consecución lenta de objetivos, de la obtención paulatina de metas cada vez mejores y de dificultad creciente. Todo se soluciona con un "corte y pega", sin originalidad y sin avidez ni curiosidad legítimas.

Lenguaje procaz

Por otra parte, la invasión de la violencia en todos los ámbitos de la vida, lo cual implica también el léxico; no sólo por la proliferación del lenguaje procaz, desvalorizante e hiriente, ante el cual ya hemos aprendido a no escandalizarnos sino por el triunfo de lo banal, de lo grotesco y hasta de lo ridículo. Por último, asociado al segundo hecho, no es una novedad afirmar que los estudiantes están inmersos en la red una gran parte de sus jornadas.

En general, no lo están para la búsqueda curiosa: lo están para la solución rápida de algún problema escolar, para chatear o para subir las novedades de sus vidas al "muro" y compartirlas con la sociedad virtual que las recibe ávida, en un intercambio permanente que viola toda privacidad y que, en general, aspira a demostrar quién puede más. "Si no estás en Facebook o en Twitter, no existís".

En la prisa por llevar esta información a esa comunidad ansiosa por devorar novedades, no importa cómo se escribe: las normas ortográficas no existen, la puntuación es algo obsoleto, como todo lo que pueda asociarse a prescripción o normativa. Los grafemas (unidad mínima e indivisible de un sistema de representación gráfica de la lengua) se mezclan con fonemas y onomatopeyas y con números, en una suerte de código jergal que solamente puede ser interpretado por quienes se anotan como jugadores en ese intercambio interminable.

Cuando preguntamos acerca de la responsabilidad de algún agente de tamaño descalabro lingüístico, diríamos que hay una complicidad de responsables: desde el seno familiar, en donde se celebra como "auténtico" el uso de determinados "comodines" que aparecen como vocativos, permanentemente, en la jerga de los diferentes grupos juveniles; la incorporación, por parte de los adultos, de esa jerga desvalorizadora, que parece no conocer la tremenda riqueza del castellano, con el único objetivo de asemejarse a las tribus urbanas en que se enrolan los adolescentes y los jóvenes que se niegan a crecer y siguen utilizando ese lenguaje mutilado.

Generación blanda

El periodismo, sobre todo el televisivo y el radial de determinada franja horaria, destinado al consumidor masivo de noticias fáciles de digerir, también adopta ese vocabulario empobrecido y se aleja de su misión de "medio masivo de educación".

¿Y la respuesta desde la esfera educativa? Existe, sí, aunque reducida a una mirada rápida, que parece temer el inducir al estudiante al pensamiento abstracto. En cambio, prefiere entretenerlo con actividades lúdicas, que le den un viso de amenidad a la adquisición de un léxico más rico, al aprendizaje de la normativa más elemental o a la memorización -palabra satanizada- de las reglas ortográficas. Estamos formando una generación blanda en exigencias, generalizándose un "igual da".

Ivonne Bordelois, prestigiosa lingüista y ensayista, nos dice magistralmente, en el cierre de su obra "La palabra amenazada": En verdad, el lenguaje no nos es suficiente pero nos es necesario; la palabra sola no puede salvarnos, pero no nos podemos salvar sin la palabra.

La derrota de la palabra implica una ceguera letal, un leso crimen de humanidad, un craso fracaso que necesitamos conjurar por todos los medios a nuestro alcance para no descender al infierno que nos proponen nuestros enemigos.

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