Y vamos, y corremos, y socorremos. Que agua, que pañales, que ropa. Que “Yo fui”. Que “Yo también”. Nos miramos entre nosotros, encantados. Y nos convencemos: este país tiene futuro. Tan solidarios, todos. Tan buena gente. “Somos”, pensamos. Y somos en plural y somos muchos, y buenos, y brotan las palabras que tanto nos gustan (“pueblo”, “abrazar”, “ayudar” y por unas cuantas horas que a veces son días -pero que nunca llegan a una semana-, nos sentimos reivindicados.
Y vamos, y corremos, y seguimos corriendo. Que el semáforo en rojo, que el peatón, que qué me importa. Que “Yo no fui”. Que “Yo tampoco”. Nos miramos entre nosotros, espantados. Y nos convencemos: este país no tiene futuro. Tan egoístas, todos. Tan mala gente. “Son”, pensamos. Son ellos, no yo.
Yo soy otra cosa. Yo, argentino. Y brotan las palabras que tan poco nos gustan (“ellos”, “pelear”, “dividir”) y por unas cuantas horas que a veces son días -y siempre mucho más que una semana, porque crecimos escuchando eso- nos sentimos el peor país del mundo.
En el medio debe haber algo, alguna otra cosa. Ni tan optimista ni tan catastrófica. Un espejo menos bondadoso y también menos cínico. Pero, ¿cómo transitar por ese medio si hace rato que no pasamos por allí? Lo nuestro es la gloria o la caída, la gesta o la abyección. Antes del gran agua, de hecho, veníamos de unos cuantos días de autofestejo: que la reina, que el Papa. Entonces llegó la lluvia a empaparnos los pies. A mostrar en qué clase de calabaza andábamos viajando.
Ya nos pasó. Y ya nos volverá a pasar todo: el baile, la fiesta, las doce de la noche y el fin del sortilegio. Quizá por eso la frase de Ricardo Darín -definió a la Argentina como “un país niño”- molestó tanto. Porque estaba en lo cierto. Porque amamos los cuentos de hadas, de héroes y salvadores. Siempre es lo mismo: un restaurador, un conductor, un amado líder, un héroe colectivo. Y, si no lo hay, nos encantamos solos con nuestro propio y distorsionado reflejo. Un país con buena gente.
Que la hay, sin duda, y a montones, y que suele multiplicarse por miles cuando las circunstancias así lo demandan. Pero el impulso solidario del momento no puede -ni debe, en alguna medida- sostenerse en el tiempo ni reemplazar otras cosas. Para eso existe otra instancia. Y esa instancia se llama Estado. La red invisible que sobrevive a toda catástrofe y se ubica más allá de voluntarismos y coyunturas. Más allá de cada uno y más cerca del nosotros.
Natalia, vecina de Floresta e inundada por asalto, mira el cielo plomizo con desconfianza y se permite, después de tantas lágrimas, una ironía. “Es muy conmovedora la solidaridad, pero no nos protege de las próximas lluvias”, dice. Y está en lo cierto, porque quien sí puede hacerlo tiene un nombre mucho menos bonito y fue, por años, torpedeado discursivamente primero y desmantelado en los hechos, después. El Gobierno habla, como de un paciente gravemente enfermo, de su “recuperación”.
Pero que personas como Natalia sigan tratando de leer su destino en el color de las nubes dice alguna otra cosa. Que todavía no hemos logrado recuperar realmente ese todo que es de todos, por ejemplo. Que -demasiado a menudo- seguimos sintiéndonos de visita en nuestro país y mirando, extrañados, eso de lo que alguna vez nos sentimos orgullosos. Pero, y sobre todo, que a la hora de la verdad y los remolinos, con las buenas intenciones nunca es suficiente.