Prometer ya no se usa
¿Cuál fue la última promesa que hiciste o que te hicieron? Marina Garcés abre su libro El tiempo de la promesa (Anagrama, 2023) con esta pregunta. Parece simple, pero obliga a reconocer que hemos perdido la costumbre de la palabra empeñada.
Prometer ya no se usa. Se usa planificar, gestionar, anunciar. Pero esas palabras no producen el mismo espesor. Una promesa implica un salto de fe, un contrato con el tiempo. Y eso es justamente lo que hoy esquivamos.
En este ensayo la filósofa catalana ofrece una clave para rever el poder de la promesa y su valor, en un futuro amenazado y un presente incierto.
Futuros cancelados
Garcés advierte: ¿cómo prometer en un tiempo que ha clausurado el futuro? Vivimos un presente acelerado y sin continuidad, una especie de vértigo donde todo se consume antes de madurar. El futuro aparece como un producto vencido en la góndola. Lo miramos, lo tocamos, pero ya no es útil.
En este clima, la promesa parece un gesto ingenuo, casi romántico. Pero también es, justamente por eso, un acto de resistencia.
La inflación del vacío
Si algo abunda en nuestra contemporaneidad son las promesas de los políticos. Pero ahí ocurre un fenómeno paradójico: sobran los anuncios y escasea la palabra que pese. Los discursos de oficialistas y opositores son una fábrica de promesas rotas que se repiten con el tono de una publicidad. Solo slogan.
Lo que antes era compromiso hoy es marketing electoral. Lo que era palabra empeñada hoy es claim de campaña. La consecuencia es devastadora: la sociedad ya no cree, ni siquiera cuando algunos pocos hablen con honestidad. Estamos frente a una inflación de promesas falsas que devalúa las verdaderas y todo se transforma en frustración, en enojo. “Mejor que prometer es realizar!” decía el general… pero la realización de la política actual no llega nunca.
La promesa del algoritmo
También están las promesas peligrosas de la tecnología y de la IA. En el dominio total de los algoritmos predictivos se ofrece un futuro empaquetado en datos, como si el tiempo pudiera ser reducido a cifras sin fisuras. Pero el tiempo de la promesa es, justamente, el de la incertidumbre: un espacio abierto donde todavía cabe la duda, la espera y hasta el delirio de imaginar lo imposible. Ponernos en manos del oráculo del algoritmo es aceptar la amenaza permanente de ser traicionados por la perfección, cuando en realidad la riqueza de la promesa reside en su capacidad de mantener vivo lo no dicho, lo que todavía no se cumple ni se clausura.
Las promesas construyen vínculos, y ahí está el verdadero desafío: sostener el tiempo compartido de lo que todavía no sabemos, sin querer cancelarlo en una predicción matemática.
El reino del accidente
Mientras tanto, transitamos lo que Garcés llama “el tiempo del accidente” El accidente fascina porque rompe la linealidad, pero también nos condena a vivir en sobresalto permanente. Donde antes estaba la promesa —ese hilo que unía pasado, presente y futuro—, hoy está el tuit viral, la catástrofe, el escándalo que dura apenas un scroll.
Prometer, significa decir “hay futuro” incluso cuando todo alrededor lo niega. Una promesa reconoce la fragilidad, pero se planta frente a ella como quien tira una bengala en la oscuridad. En un mundo atravesado por el cinismo y el cálculo, prometer vuelve a ser un acto profundamente político.
Soberanas y menores
La humanidad se ordenó históricamente en torno a tres grandes promesas: La religión prometió la salvación divina, el estado. la protección y el capitalismo, la prosperidad. Todas esas soberanas promesas hoy tambalean. La fe religiosa se fragmenta, el estado se retrae y el capitalismo multiplica riqueza para muy pocos y desigualdad para casi todos.
¿Qué queda entonces? Las promesas menores: las íntimas, las personales, esas que no se proclaman en cadenas nacionales, sino que se conversan en la cocina, en la mesa familiar. Son esas las que sostienen la trama invisible de la vida.
Cultura como promesa
Frente a esto, la cultura se levanta como un espacio interesantísimo de promesas posibles. Cada libro, cada película, cada canción, cada obra, cada vez que intentamos recuperar la historia, son acciones arrojadas al futuro. Se hacen con la esperanza de que alguien, algún día, encienda de nuevo su sentido. La cultura no garantiza cumplimiento, pero sí garantiza señal. Es una manera de decir: otro mundo todavía puede ser prometido.
El regalo interminable
Borges lo intuyó en The Unending Gift -Elogio de la sombra (1969)-. Allí, el cuadro que nunca tendrá pero que le pertenece para siempre se convierte en metáfora de esa promesa: algo que no se agota, que permanece como posibilidad. La cultura es ese regalo que nunca deja de abrirse. Dos frases fascinantes de JLB: “( Solo los dioses pueden prometer, porque son inmortales)” y concluye “(también los hombres pueden prometer porque en la promesa hay algo inmortal)”.
Las señales
Una canción de Cerati habla de la esperanza y de las promesas como señales. Este temazo opera como recordatorio colectivo que prometer sigue siendo vital, incluso cuando todo alrededor parece suspender el futuro. La promesa como nueva melodía, como refugio, como empuje.
El libro de Marina Garcés no es un diagnóstico pesimista; es una invitación para volver a habitar el tiempo de la promesa.
La cultura, la creatividad y la memoria son espacios donde todavía se pueden trazar horizontes. Aunque sean frágiles, aunque sean inciertos.
Esa es nuestra zona de promesas: un territorio abierto y un tiempo donde la palabra todavía puede crear.
Y aunque tarde en llegar, como escribió Gustavo Adrián, al final… hay recompensa.
* El autor es presidente de FilmAndes.