“La posición estratégica más fuerte es informe,
Desde Vietnam hasta Afganistán, y en las actuales tensiones con Irán, se observa una recurrencia: la potencia militar más sofisticada del mundo enfrenta dificultades estructurales para imponerse cuando el adversario no adopta la forma de un sistema jerárquico clásico, sino la de una red autoorganizada. No se trata simplemente de una diferencia táctica, sino de una incompatibilidad entre paradigmas: uno lineal, centralizado y predecible; el otro no lineal, distribuido y emergente.
“La posición estratégica más fuerte es informe,
es una posición que los enemigos no pueden abarcar
porque está en todas partes y en ninguna.”
Sun Tzu, El arte de la guerra.
A lo largo de las últimas décadas, los conflictos armados en los que ha intervenido Estados Unidos han puesto en evidencia una tensión estructural profunda entre dos modos de concebir la guerra —y, más ampliamente, la acción política—.
Por un lado, un paradigma mecanicista, basado en la acumulación de poder, la superioridad tecnológica y la organización jerárquica; por otro, formas de resistencia que operan como sistemas vivos: distribuidos, adaptativos, sin centro definido y con una notable capacidad de aprendizaje.
Desde Vietnam hasta Afganistán, y en las actuales tensiones con Irán, se observa una recurrencia: la potencia militar más sofisticada del mundo enfrenta dificultades estructurales para imponerse cuando el adversario no adopta la forma de un sistema jerárquico clásico, sino la de una red autoorganizada. No se trata simplemente de una diferencia táctica, sino de una incompatibilidad entre paradigmas: uno lineal, centralizado y predecible; el otro no lineal, distribuido y emergente.
Este brevísimo texto propone analizar ese desajuste desde una perspectiva sistémica, interpretando los conflictos contemporáneos como interacciones entre sistemas de distinta naturaleza organizacional.
El modelo militar clásico —particularmente el desarrollado en Occidente durante los siglos XIX y XX— responde a una lógica industrial. Supone:
Es decir: el mismo sistema fabril de la sociedad industrial. Este modelo funciona adecuadamente cuando el enemigo comparte una estructura similar: ejércitos regulares, territorios definidos, objetivos identificables. Sin embargo, comienza a fallar cuando el adversario no es un “objeto” sino un sistema. En términos de dinámica de sistemas, el enfoque tradicional opera como si enfrentara un sistema complicado, cuando en realidad se enfrenta a un sistema complejo adaptativo. La diferencia es crucial: los sistemas complejos no pueden ser controlados desde fuera, porque su comportamiento emerge de múltiples interacciones locales no lineales.
Vietnam fue el primer gran escenario donde esta diferencia se hizo evidente. El Viet Cong no era simplemente una fuerza militar: era una red incrustada en la sociedad, con capacidad de regeneración, aprendizaje y adaptación continua. Afganistán profundizó esta lógica: la estructura tribal, la geografía, y la fragmentación del poder generaron un sistema imposible de “capturar” mediante operaciones convencionales.
Los sistemas autoorganizativos presentan propiedades que, desde una perspectiva sistémica, constituyen ventajas decisivas frente a estructuras jerárquicas rígidas:
Estas características no son accidentales: corresponden a lo que en teoría de sistemas se reconoce como propiedades emergentes de sistemas vivos. En este sentido, la resistencia no es simplemente una organización: es un proceso.
En el caso de Irán, el escenario presenta una complejidad adicional. No se trata de un actor puramente descentralizado, sino de un sistema híbrido: combina estructuras estatales con redes distribuidas de influencia (milicias, actores regionales, capacidades asimétricas). Sin embargo, lo relevante desde el punto de vista sistémico es que su estrategia no depende exclusivamente de un enfrentamiento convencional. Más bien, opera mediante:
No es una lucha contra un ejército, es una lucha contra una parte significativa de la sociedad. La hipótesis de una eventual intervención terrestre —por ejemplo, en zonas estratégicas como la isla de Kharg— no debe analizarse en términos puramente militares, sino como la interacción entre un sistema jerárquico que busca controlar un punto geográfico, y un sistema complejo que no se define por ese punto. En este tipo de escenarios, el control territorial pierde centralidad frente al control de dinámicas.
Lo que emerge de estos conflictos es un fenómeno que podríamos denominar desacople sistémico: una estructura intenta operar sobre otra utilizando categorías que no le son aplicables. Estados Unidos, en tanto sistema altamente estructurado y centralizado, tiende a interpretar el conflicto en términos de objetivos, fases, y resultados medibles. Pero los sistemas autoorganizativos no responden a esa lógica. No buscan “ganar” en el sentido tradicional, sino persistir, adaptarse y erosionar.
Desde la perspectiva de la teoría de sistemas:
Aquí aparece una conexión profunda con Stafford Beer: un sistema viable no es aquel que domina, sino aquel que logra mantener su identidad frente a perturbaciones. En este sentido, muchos de los actores considerados “débiles” han demostrado una extraordinaria capacidad de viabilidad.
Si aceptamos que estos enfrentamientos no son anomalías sino manifestaciones de un cambio de paradigma, entonces se impone la necesidad de repensar la teoría del conflicto desde una perspectiva sistémica.
Algunas hipótesis posibles:
En este marco, la noción misma de “victoria” se transforma. Ya no se trata de derrotar al enemigo, sino de modificar condiciones sistémicas.
El epígrafe de Sun Tzu no es una metáfora poética, sino una intuición profundamente sistémica. La “forma informe” es, en términos contemporáneos, la propiedad de los sistemas complejos de no ser reducibles a una estructura fija.
Los conflictos recientes muestran que las formas organizacionales que mejor se adaptan al siglo XXI no son las jerárquicas, sino las autoorganizativas. Esto no implica una superioridad moral, sino una ventaja estructural. Así funciona el sistema inmunológico de las personas y los sistemas inmunológicos de la burocracia y la corrupción. Por eso son tan difíciles de enfrentar desde nuestros esquemas mentales lineales. En última instancia, la pregunta no es cómo derrotar a un sistema vivo, sino si es posible hacerlo sin transformarse en uno.
* El autor es abogado y profesor universitario.