Leyendo a Beatriz Sarlo en su libro "Borges, un escritor en las orillas", (Siglo XXI Editores, 2015), encontré una reflexión interesante sobre esto de la inteligencia artificial, que nos atraviesa por todas partes y que casi nadie sabe o no tiene manera de saber por dónde va a seguir el asunto.
Había escuchado muchas conferencias de la Sarlo, pero en la lectura del papel encontré algo que hasta entonces se me había escapado. Entre ellos, una observación sobre "Funes el memorioso" que parecía escrita para este tiempo.
La comparación con Funes, el chango que "lo recuerda todo", resulta interesante. Aquel joven uruguayo, después de un accidente, desarrolló una memoria absoluta. Cada hoja de un árbol, cada nube, cada gesto, cada perro, cada número, cada instante permanecían intactos en su memoria con una precisión insoportable. Nada desaparecía. Nada se borraba.
Durante mucho tiempo creímos que semejante don era una forma superior de inteligencia. Borges, como siempre, piensa exactamente lo contrario.
La autora resume esa paradoja: "Funes puede recordar infinitamente pero es incapaz de pensar; porque pensar es olvidar, es generalizar, es abstraer y en el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos."
Hay pocas definiciones más precisas sobre lo que significa pensar.
Pensar no consiste en acumular datos. Consiste en perderlos, o mejor dicho, en desprenderse de miles de detalles para descubrir una forma, una relación, una idea.
La comparación con la IA aparece entonces bajo un análisis diferente. Los modelos actuales son capaces de acceder a cantidades inimaginables de información, establecer asociaciones sorprendentes y responder en segundos preguntas que antes requerían horas.
Su memoria parece infinita pero no elimina un problema de disponer de toda la información para no necesariamente comprenderla.
El divulgador catalán Jon Hernández (jonhernandez.education) en la última entrevista en Gelatina, tira una idea que vale la pena escuchar. La inteligencia artificial tiene un enorme potencial para mejorar nuestra calidad de vida, pero también puede convertirse en un riesgo si delegamos en unas pocas empresas el control absoluto de esa tecnología sin medir las consecuencias. El verdadero debate es humano, no tecnológico.
Hernández sostiene que el peligro no es que la inteligencia artificial nos quite el trabajo. El riesgo es que otra persona que sepa utilizarla mejor que nosotros nos corra fuera de la cancha. Como pasó con otras revoluciones tecnológicas, la diferencia no va a estar entre quienes usan o no usan una herramienta, sino entre quienes aprendan a pensar con ella y quienes simplemente la consuman.
Existe además un peligro más silencioso: el sesgo de autoridad. Cada vez resulta más frecuente aceptar como verdadera cualquier respuesta producida por una inteligencia artificial simplemente porque fue redactada con seguridad y fluidez. La facilidad con que responde puede hacernos olvidar la obligación más antigua del pensamiento: verificar, contrastar, desconfiar.
Y volviendo a Borges.
Funes nunca dudaba de su memoria porque su memoria nunca fallaba. Nosotros, en cambio, podríamos terminar dudando cada vez menos de las respuestas de las máquinas, aunque ellas sí puedan equivocarse, alucinar o reproducir errores presentes en los datos con los que fueron entrenadas.
Cuanto más perfecta parezca la memoria artificial, más necesaria será nuestra capacidad de olvidar lo accesorio para pensar lo esencial.
Cada vez que imaginamos a ese tal Funes con sus recuerdos infinitos, uno se pregunta si aquello que hoy inunda dispositivos, teléfonos, pantallas, buscadores y cuanta IA lanzan los capos tecnológicos, no nos enfrenta a la ingenua, contradictoria y no menos desafiante tarea de memorizar menos, para que podamos pensar más.