9 de julio de 2026 - 00:15

San Martín, la fuerza transformadora de Cuyo y la Declaración de Independencia

En nuestra tierra el general San Martín moldeó la voluntad de un pueblo y la arquitectura de una nación al servicio de un ideal superior, como fue la libertad de América

Docente y escritor

La gesta de nuestra emancipación no fue un suceso aislado, sino el corolario de un largo y complejo proceso que tuvo sus cimientos en aquel mayo de 1810 y que encontró en la figura de José de San Martín a su arquitecto estratégico más lúcido. Desde su llegada al Río de la Plata en 1812, el Libertador trajo consigo los elementos que serían determinantes para el triunfo de la causa: la estrategia militar, la experiencia en la guerra de recursos y logística, el conocimiento político y el manejo de las sociedades secretas, herramientas que perfeccionó durante veinte años de lucha en Europa y que puso de inmediato al servicio de la libertad americana.

Sin embargo, para 1814, el panorama era sombrío: la pérdida del Alto Perú, la caída de la "Patria Vieja" en Chile y el retorno al trono de Fernando VII habían dejado a la revolución en su punto más crítico. Fue en ese abismo donde San Martín, con una visión que trascendía lo inmediato, comprendió que se necesitaba una base de operaciones sólida. Así, por su propia "instancia y solicitud", fue designado Gobernador Intendente de Cuyo el 10 de agosto de 1814, convirtiendo a esta región en la columna institucional, estratégica y de recursos, que sostendría el plan de liberación continental y su posterior cruce de Los Andes, sino también la convocatoria y sostenimiento del Congreso de Tucumán.

Desde su "Ínsula Cuyana", San Martín demostró que el liderazgo es, ante todo, gestión, equilibrio, templanza, acuerdos y ejemplo. Su jornada comenzaba antes del alba, cerca de las 4:30, y se extendía hasta entrada la noche, dividiendo sus horas entre la preparación logística, la formación del ejército y la construcción de un Estado presente y capaz de brindar todo lo necesario para la “Epopeya”. Aplicando principios económicos inspirados en las enseñanzas de su gran amigo Manuel Belgrano, impulsó la agricultura, la industria y la educación, convencido de que solo una provincia fuerte y pujante podría solventar la “Gran Empresa de la Libertad”. Mendoza, San Juan y San Luis se transformaron bajo su mando, en la fuente inagotable entregando recursos que superaban sus propias capacidades, lo que llevó al General a exclamar con orgullo: “...estoy en la Inmortal Provincia de Cuyo y aquí todo se puede, todo se hace...”.

Pero el plan de liberación continental de San Martín no podía avanzar sin un sustento jurídico. Su pluma, desde el campamento de El Plumerillo, se convirtió en una "gota de insistencia permanente" sobre la clase política y dirigente de Buenos Aires y todas las provincias. A través de su vocero y amigo, el joven abogado y diputado mendocino Tomás Godoy Cruz, San Martín presionaba con una lógica implacable: era "ridículo" seguir acuñando moneda y portar pabellón nacional mientras se seguía declarando vasallaje a un rey al que se le hacía la guerra. Para él, la independencia era la única forma de dejar de estar "a pupilo" y poder entablar relaciones internacionales sólidas, presentándonos al mundo como una nueva nación.

La influencia de Cuyo en Tucumán fue, por tanto, decisiva y planificada. Los diputados de la región no fueron meros asistentes, sino ejecutores del plan político sanmartiniano. No es casual que el sanjuanino Francisco Narciso de Laprida presidiera la sesión histórica, ni que el 9 de julio fuera finalmente ese "golpe magistral" que el Libertador tanto había urgido. San Martín vio en esa declaración el acto de coraje necesario para que la guerra no terminara en ruina, sino en honor.

Con el sustento jurídico del Acta de Independencia finalmente alcanzado, San Martín pudo dedicarse de lleno a su gran obra militar: el Ejército de Los Andes, el primer cuerpo de ejército profesional adiestrado en suelo americano con el objetivo estratégico de la libertad continental.

Al comenzar enero de 1817, tras casi tres años de transformar a su "Ínsula" en una fragua de heroísmo y administración ejemplar, el Libertador iniciaría la epopeya del Cruce de los Andes, despidiéndose de su "querida tierra mendocina" con una proclama cargada de gratitud y amistad. En definitiva, si el 25 de Mayo de 1810 fue el despertar impulsado por la mente brillante de Belgrano, entre otros ilustres patriotas, la Declaración de Independencia en 1816 y el posterior cruce del coloso andino fueron la obra cumbre del accionar sanmartiniano nacido en Cuyo.

En nuestra tierra, el Gran Capitán no solo forjó armas y soldados, sino que moldeó la voluntad de un pueblo y la arquitectura de una nación, demostrando que la verdadera fuerza transformadora surge cuando la coherencia y las virtudes cívicas se ponen, sin reservas, al servicio de un ideal superior: en este caso la libertad de América.

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